La «democracia» del camarada Iglesias

No se trata de una nueva izquierda, sino el viejo comunismo de toda la vida que ha camuflado su totalitarismo hasta el momento en que ha mostrado su cara más inquietante

Lorena Sopêna i Lòpez Europa Press

A la pregunta ¿hay comunistas demócratas? se puede responder que sí, pero pocos. Algunos idealistas creyeron en el comunismo a lo largo de su tormentosa y cruel historia, pensando que era la solución para conseguir el progreso y la igualdad. El problema es que esos ingenuos acabaron asesinados, encarcelados o exiliados. El comunismo ha sido, es y seguirá siendo una doctrina totalitaria que se adapta como un camaleón a las circunstancias para conseguir el objetivo final de establecer la «dictadura del proletariado». Esta mutación hace que cambie su denominación y se adapte a las circunstancias de cada país. El Diccionario Filosófico (1764) de Voltaire recoge la conocida frase: «El peor de los Estados es el Estado popular» que Cinna le dirige a Augusto en la tragedia de Corneille y Máximo sostiene que «es la monarquía». La historia ha demostrado que la cita sobre el Estado popular es muy certera y los populismos, de cualquier signo, son una tragedia terrible. La raíz de las doctrinas autoritarias es siempre populista. Y Pablo Iglesias es un populista y comunista de manual.

La monarquía, que tan poco le gusta, ha ido evolucionando con la sociedad y nada tiene que ver con la monarquía de la Antigüedad. Por cierto, es interesante reflexionar por qué los regímenes comunistas establecen sistemas de sucesión hereditaria del poder y crean su propia «aristocracia» de partido. El populismo no es un mal de nuestros tiempos, sino que existe un hilo conductor que encontramos a lo largo de la historia. Un criminal comunista como François-Noël Babeuf, el jefe de la conspiración de los iguales durante la Revolución Francesa, eligió el sobrenombre Gracchus en recuerdo de los hermanos Graco, dos tribunos de la plebe, aunque eran aristócratas de la familia Cornelia. Babeuf murió guillotinado en mayo de 1797. Robespierre el Incorruptible y los jacobinos, una impresionante colección de asesinos de acomodado origen, también buscaban en la igualdad, pero utilizando la guillotina a destajo. Los revolucionarios franceses eran tan demócratas que asesinaron a más de 200.000 compatriotas en la Guerra de la Vendée. No hay revolución de carácter popular, no me refiero obviamente a las científicas o económicas, que no haya provocado un baño de sangre en nombre del pueblo.

Las rusa y china, ambas comunistas, son el paradigma del horror del concepto de democracia popular perpetrada por los defensores del proletariado. Al igual que escuchamos ahora en algunos líderes de Podemos, se trataba de acabar con el capitalismo, la burguesía y el liberalismo. En un primer momento mostraban su cara más amable y eran gente culta, algo lógico formando parte de las clases altas y medias. No hay más que ver a los ideólogos y sus obras para constatar su origen como aristócratas o ricos burgueses como Marx o Engels. Una vez alcanzado el poder se desataba una crueldad sin límites destinada a exterminar a los elementos «indeseables» para el comunismo. Stalin lo practicó con una brutalidad ilimitada cuando ocupó parte de Polonia gracias a su pacto con Hitler. Decenas de miles de polacos fueron asesinados por ser políticos, militares, intelectuales, burgueses o aristócratas. Los «compañeros de viaje» en las democracias occidentales olvidaron rápidamente estas cuestiones para apoyar a la Unión Soviética y a las democracias populares que impuso tras la Segunda Guerra Mundial.

Otra característica sorprendente es la enorme ingenuidad de empresarios, intelectuales y periodistas en nuestros días ante la llegada del comunismo. La victoria de la Revolución Rusa y el horror de la Guerra Civil contra los rusos blancos provocó la reacción de las democracias europeas frente a la monstruosidad del comunismo. Lo mismo sucedió gracias a la Guerra Fría en los países sometidos a la dictadura del proletariado. La Unión Soviética, consciente de que no podía ganar una guerra frente a Estados Unidos, intentó extender su revolución por el mundo mientras los partidos comunistas en las democracias occidentales ofrecían su cara más amable. Con la caída del Muro de Berlín y el fin de la opresión comunista, la Europa del Este les dio la espalda. Habían sufrido la horrible distopía igualitaria y sabían que es una de las doctrinas más criminales de la Historia.

Asia, África y América fueron el campo de batalla entre la democracia y el comunismo. Sin lugar a duda se cometieron crímenes terribles por parte de Estados Unidos y sus aliados, pero quedaron eclipsados por las brutalidades perpetradas por los partidos comunistas cuando alcanzaron el poder. La persecución de los disidentes, las catástrofes humanitarias provocadas por sus políticas económicas y la ausencia de libertades son una verdad histórica incuestionable. Los camaradas tenían muy claro que instalarían una nueva «aristocracia» de partido y reeducarían al pueblo para que fueran buenos ciudadanos comunistas. Algunas de estas democracias populares, como China o Corea del Norte, han llegado hasta nuestros días. Ahora tenemos, también, el nuevo concepto de populismo caudillista hispanoamericano, tan grato para el camarada Iglesias, en Venezuela y Cuba que son las democracias plenas a las que tendríamos que aspirar según su delirante concepción de la democracia.

España es una de las grandes democracias del mundo a pesar de las teorías comunistas y populistas, que no tienen nada de nuevo, sino que son tan viejas como sus admirados maestros. El tiempo está demostrando que la presencia de Podemos en el consejo de ministros es una anomalía democrática y un grave factor de distorsión dentro del propio equipo gubernamental. Todo indica que irá a peor. Es verdad que las coaliciones siempre son complicadas, pero en este caso el esperpento alcanza límites increíbles. No se trata de una nueva izquierda, sino el viejo comunismo de toda la vida que ha camuflado su totalitarismo hasta el momento en que ha mostrado su cara más inquietante. Los políticos, periodistas e intelectuales que vieron con simpatía su llegada ahora empiezan a comprobar las consecuencias terribles que tiene para la sociedad y la economía.