Jóvenes

Estos días se llenan las calles de jovencitos que acuden a la llamada de la ira, espoleados por los cabecillas con poca cabeza de una casta que se niega a mancharse las manos con adoquines

Lorena Sopêna i Lòpez Europa Press

Los estudiosos de la violencia saben que es fácil inocular el virus de la rabia en la juventud. La inexperiencia junto con las efusiones hormonales y un córtex cerebral en desarrollo inducen a la confusión, al error, al terror… Los soldados en las guerras de antaño eran niños que se hacían hombres en el instante en que reconocían que las armas y la sangre que los rodeaba no eran de juguete. Los encargados de captar a terroristas los prefieren muy jóvenes (las FARC elige a preadolescentes, luego los secuestran y esclavizan mediante un sistemático maltrato sádico). Abusones, déspotas y explotadores dirigen sus objetivos hacia los más inmaduros porque saben que ellos se dejarán seducir, manipular, forzar sin apenas oponer resistencia, y que en muchos casos ni siquiera lograrán darse cuenta de lo que ocurre. Muchos críos son víctimas del engaño de la violencia, de la mugre de la barbarie, del ruido y la furia inherentes a causas que ni siquiera comprenden, ni les atañen, ni les importan. Esos chicos, cuando crecen, un buen día descubren (o no) que tienen conciencia: entonces se vuelven dolorosamente sabedores de que malgastaron su juventud. Demasiado tarde… Estos días se llenan las calles de jovencitos que acuden a la llamada de la ira, espoleados por los cabecillas con poca cabeza de una casta que se niega a mancharse las manos con adoquines, pero disfruta mirando los vídeos de la destrucción estúpida que comandan. Llaman al terrorismo callejero con otros nombres porque quienes lo promueven están intentando transformar el lenguaje para que no nos demos cuenta de que el espectáculo lamentable de la algarada callejera es el mismo de siempre. Quienes lo dirigen también son los mismos. La crónica de los nuevos radicales de regaetón, que riman sus ‘fatwas’ entre vapores etílicos y twets, resulta lastimera pero, como es costumbre, la juventud baila al ritmo que imponen sus disc jokeys políticos. Los alborotadores acortan así su juventud y sus neuronas. Mientras que con cada pedrada, con cada pelota de goma que revienta un ojo…, a sus rabiosos, acaudalados y siniestros jefecillos les crecen un poco más los dientes.