Vacunas, psicosis y política

Carajal de confusión lo hay, pero si alguien no lo ha creado son los medios de comunicación. Ya saben, los mensajeros

CIRO FUSCOEFE

En los medios de comunicación estamos sobradamente acostumbrados a ser señalados como responsables de desaguisados cuya responsabilidad compete casi exclusivamente a los dirigentes políticos, – «cuando las noticias son malas…matemos al mensajero»– y con la psicosis que afecta a la campaña de vacunación en nuestro país –ya de por sí lenta y trabada– tampoco se ha dado una excepción. Razón por la que, cuando se le pide sentido de la responsabilidad a periodistas y comunicadores, no vendría nada mal tener en cuenta al mismo tiempo algunas realidades sobre la administración de fármacos o vacunas que retratan claramente a los administradores de lo público.

Si miramos el prospecto de la aspirina, del ibuprofeno o de ese paracetamol que llevamos en la guantera del coche o nos presta un compañero de trabajo ante una eventual migraña, veremos una nada despreciable cantidad de efectos adversos, desde los raros pasando por muy raros de consecuencias no precisamente agradables. A partir de ahí, si nos detenemos en la vacuna de Astrazeneca, «bicha» de la injustificada psicosis comprobamos que efectos no deseados como la generación de trombos se manifiesta en porcentajes infinitamente más reducidos y es aquí donde aparece la «madre del cordero» que explica el porqué de los miedos ante una vacuna que salvará millones de vidas mientras en otros casos casi ni nos ocupamos de mirar el prospecto, a saber: La ingesta de un paracetamol, como la de otros muchos fármacos que nos echamos cotidianamente a la boca es una decisión estrictamente personal e individual y bajo esa condición asumimos cualquier consecuencia adversa, pero resulta que la administración masiva de un compuesto de vacunación a millones de personas obedece, de un lado y en origen, a una decisión política llevada a cabo por dirigentes a los que se vota y de cuya gestión tienen que responder, decisión política que se extiende a otros apartados como la estrategia en la administración del fármaco por territorios o edades, o simplemente la mera elección de unos u otros compuestos de laboratorios. Esta es gran cuestión porque, si del paracetamol solo responde el individuo, de la vacunación masiva responden unos gobiernos que no siempre están por la labor de asumir costes de imagen por muy ínfimas que sean las consecuencias de un efecto adverso. Carajal de confusión lo hay, pero si alguien no lo ha creado son los medios de comunicación. Ya saben, los mensajeros.