Volver a Madrid

«Vuelvo para ser madrileño igual que en Nueva York fui neoyorquino»

Julio Valdeón

Me atormenta el narcisismo del reportero sentado. Pero dejen que les cuente que vuelvo a Madrid, y tocaba anticipar el viaje en la columna. Me domicilio en la ciudad que nunca abandoné, de vuelta de dieciséis años en Nueva York. En el Harlem negro no aparqué coches, como sostiene mi amado Raúl del Pozo, pero sí tuve vecinos que trataban de colocarte paquetes de heroína cuando venían a romperles las piernas, estuve en los clubs donde cantaba Billie Holiday y cené pollo frito como si estuviéramos en Clarksdale, a orillas del Mississippi, bebiendo y riendo con todos los parias, pobres, que viajaron al norte siguiendo los acordes celestes de Louis Armstrong y la promesa de un futuro lejos de Jim Crow. Dejaremos Brooklyn, donde nacieron nuestros dos hijos, donde viví con Mónica desde que dejamos la 112 y el Spanish Harlem, para pisar el cielo de Madrid siguiendo las enseñanzas de Joaquín Sabina, banda sonora entre Bob Dylan y Quevedo, entre Cernuda y los Stones. Rompeolas que me cautiva y enamora desde que con 5 años mis padres me llevaban al Zoológico de la Casa de Campo, refugio del adolescente que visitaba como quien va a La Meca los peluches del Café Gijón y las librerías de viejo, Madrid fue mi credo y mi cuelgue en los libros de Francisco Umbral que leía para no leer los libros que los profesores me ordenaban en clase, mi ruta mental y literaria con chispas de Burning y artículos de Larra, mi talismán, mi puerto. Yo quería escribir en Lavapiés, Retiro o Vallecas como otros sueñan con marcar un gol delante de los focos o ganar un Óscar. Más todavía ahora que pasean su nombre por las tapias los caudillos de todas las taifas, confabulados para atacar a la ciudad que bien resiste, balada de Ramoncín, homenaje de Trapiello, redacciones de Chaves Nogales, territorio plural, cambiante y feliz que sigue siendo un contragolpe abierto contra los vicios de la boina. Vuelvo para ser madrileño igual que en Nueva York fui neoyorquino y porque amo los lugares, invivibles pero insustituibles, que no te preguntan de dónde vienes y donde no interesan tu pedigrí o creencias.