Los ministros (y ministras) ya no son famosos

¿No estaremos dando más importancia de lo que merece el espectáculo de la política, tan alejado de la vida real?

Moncloa/Fernando CalvoEFE/MONCLOA/Fernando Calvo

A la gente le tiene sin cuidado la crisis de Gobierno, a la que tantas vueltas le damos los periodistas. Los problemas de la gente, como ha escrito León Gross, no están en el retablo de la escalinata de La Moncloa, sino en otras cosas. No he oído a nadie hablar de los nuevos ministros (o ministras). Ni en casa, ni en la calle, ni en el bar, ni en la playa. Apostaría por que pocos ciudadanos con los que me encuentro, y cuanto más jóvenes menos, conocen el nombre de los mismos ni de qué se ocupan sus voluminosas carteras ni de qué pie cojea cada uno. Con los años, hasta llegar a los actuales tiempos políticos, líquidos y alejados de la calle, los ministros (y las ministras) han ido perdiendo gradualmente prestancia y categoría social. Han dejado de ser famosos. La mayoría son casi seres anónimos e insignificantes, que no destacan en su especialidad y que disfrutan, como caído del cielo, de un trabajo temporal bien pagado. Eso es todo. No es extraño que salgan del Ministerio -basta ver la cara de los destituidos- con menos prestigio que cuando llegaron. Se da el caso, sin embargo, de que el presidente Sánchez, según dicen, ha nombrado esta vez ministros (y ministras) para foguearlos y dar a su figura lustre y visibilidad con vistas a próximos carteles electorales en Ayuntamientos y Comunidades.

Por inercia, después de docenas de años analizando cambios de Gobierno, vuelvo a las andadas, como regresa la burra al trigo. ¿A quién puede interesar las maniobras del presidente Sánchez para controlar el Gobierno y su partido? ¿Qué interés puede tener para nadie la opinión de un periodista sobre los ministros (y las ministras)? Dicho de otro modo: ¿No estaremos dando más importancia de lo que merece el espectáculo de la política, tan alejado de la vida real? Me viene a la cabeza, a este propósito, una historia descabellada. Ocurrió en los cursos de verano del Escorial, que dirigía José Antonio Escudero. Una tarde Paco Umbral, secundado por Claudio Rodríguez y otros escritores famosos, iluminados seguramente por el alcohol, propusieron en señal de protesta airada hacer, con nocturnidad, publicidad y alevosía, una hoguera en la terraza del hotel Felipe II con la prensa económica al grito de “¡Más poesía y menos economía!”. Hoy cambiarían, a la hora de prender fuego, la economía por la política.