Sánchez, el magnánimo
La oposición no se limitará a discursos más o menos bufos o incendiarios en las Cortes
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Entre las declaraciones más extraordinarias de un presidente de gobierno presuntamente democrático están las realizadas hace pocos días por Pedro Sánchez, esas en las que se jactaba de haber vacunado «a todo el mundo» sin preguntar «su origen, ni su creencia, ni lo que votaban». La frase retrata un personaje… y una política. En cuanto a lo primero, no es necesario glosarlo más de lo que se ha hecho: está claro que Sánchez no considera dignos de ser vacunados a quienes no le votan. Bueno es saberlo, sobre todo siendo probable que buena parte de su electorado comparta su opinión. De otro modo, no se atrevería a decirlo.

En cuanto a la cuestión política, la declaración es, tanto o más que una afirmación, una incitación. Como tal, proporciona una buena pista de cómo concibe Pedro Sánchez el futuro. Un escenario verosímil, aunque ni mucho menos seguro, es el de que la coalición social-podemita pierda las próximas elecciones y resulte ganador el PP, que necesitará con toda seguridad a VOX para llegar al Gobierno. Este horizonte es el que explica los fake news y los bulos monclovitas como el del chico maltratado de Malasaña: no tanto para ilegalizar a VOX, como para crear un clima tóxico y una agitación callejera que dificulte al PP la coalición con su socio natural por la derecha.

Hay más. Sánchez y su gobierno social-podemita están tomando medidas que perjudican seriamente a la economía española. Las subidas del salario mínimo son un impedimento para la creación de empleo, como la indexación de salarios y pensiones al IPC. La creación indiscriminada de empleo público, la subida de sueldo a los funcionarios y la de las pensiones constituyen otra serie de medidas que van a frenar el progreso de la economía y a hacer imposible mantener el Estado social tal y como lo conocemos. En todo esto no hay sólo demagogia. Se está minando el terreno con plena conciencia, para que el siguiente gobierno se enfrente a la tarea de frenar, reformar o directamente anular medidas insostenibles, pero pensadas para agradar a una parte de la opinión pública. El ataque a las eléctricas figura entre las últimas medidas de esta índole que se han tomado. Y lo estarán, bajo la apariencia de diálogo y reencuentro, las decisiones de la negociación entre el «Gobierno de España» y el «Gobierno de Cataluña».

Entonces cobrarán todo su valor declaraciones como la destinada a escenificar la magnanimidad infinita de Sánchez, digno continuador de Tito o Marco Aurelio. Cualquier medida de reforma, aunque sea pequeña, razonada, apoyada por la evidencia empírica y, muy probablemente, por las instituciones europeas, será respondida con una feroz campaña que recordará que la derecha sólo gobierna para los suyos. Y la oposición no se limitará a discursos más o menos bufos o incendiarios en las Cortes. Se escucharán en todos los medios afines y, sin la menor duda, en la calle, con violencia. Ese es el panorama que le espera a cualquier futuro gobierno de centro derecha, agravado por los nacionalistas crecidos gracias a Sánchez. Por eso convendría pensar en algo más que zancadillas y codazos internos.