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Cuatro años viviendo con nuestros hermanos americanos en tiempos difíciles, me permiten rebatir con contundencia este falso movimiento revisionista

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Herencias FOTO: Barrio

Me llevó a nuestra querida Córdoba el proyecto «1781 Tribute» promovido por la Academia de las Ciencias y las Artes Militares (ACAMI) que revaloriza las relaciones entre España y aquellos nacientes Estados Unidos que luchaban por su independencia. Se sumaba a la cita, un concierto de la Orquesta de Cámara de Viena interpretado en el irrepetible escenario de la Mezquita Catedral dirigido por Mario Hosen. El programa incluía –piano y orquesta– la participación de una excepcional María Dolores Gaitán –impulsora además del Festival Internacional de Piano (FIP) que enriquece desde hace 12 años a las ciudades que riega el Guadalquivir–.

Con esta fascinación que siempre produce la que fuera una de las ciudades más habitada, culta y opulenta de Europa durante su Califato, me llegaban los ecos de una fiesta que se celebraba en un «patio» cercano. Me sonaba a cumpleaños; dos generaciones. Alguien debió declarar «de obligado cumplimiento» el disfraz. Y mi observación se detuvo al ver, sin ser Carnaval, tanta vestimenta relacionada con Roma. No podía distinguir si de la Córdoba fundada por Marco Claudio Marcelo que fue capital de la Hispania Ulterior Bética, o la sitiada por Julio Cesar en plena guerra civil entre pompeyanos y cesaristas.

Tampoco tenía que ir muy lejos para admirar los bellos arcos del Puente de Augusto, la Muralla y su pórtico, el Teatro donde se ubica hoy su Museo Arqueológico, el Hipogeo de la Diputación, las termas, cloacas, acueductos, mosaicos, fuentes y mausoleos romanos.

Enseguida me vino a la cabeza esta corriente iconoclasta que está invadiendo nuestra América, alimentada por corrientes de izquierdas que siempre buscan romper y nunca crear, que reniegan del pasado; por supuesto aplaudidas por nuestros separatistas que ya no saben que inventar para romper la imagen de aquella «mitad del mundo que fue de España» como la define magistralmente Ramón Tamames (1) erosionando insaciables, a nuestra propia España actual.

Imagino que todos estos iluminados, piensan que las Legiones romanas conquistaron la Iberia dando bendiciones y abrazos. Y que el oro que sacaban de Las Médulas –con el que Roma financió parte de sus guerras– se repartía entre los menesterosos; que no conquistaron la Península, valiéndose de unas tribus enemistadas con otras. Cuando lo real es que repartieron estopa donde hizo falta. Con buenos proyectos levantaron acueductos y diseñaron calzadas. Pero quienes los trabajaban eran jornaleros y prisioneros. En Segovia quienes extraían piedras de las canteras para su Acueducto, quienes las transportaban y montaban –piedra sobre piedra, nunca tan bien dicho– eran hispanos; las órdenes, una alimentación de subsistencia y más de un latigazo sí eran romanos.

¿Y se nos acurre ahora reclamarle a este excepcional Mario Draghi que Italia ha sabido encontrar para salir de la crisis, que nos devuelva el oro de Las Medulas? ¿Hay que derribar y proscribir de nuestros museos y calzadas, las estatuas de Julio Cesar o de nuestro Trajano?

Valoramos lo positivo de su presencia, su Derecho eternamente vigente, su capacidad de organización, su culto al agua como bien social, su lengua, el legado que nos transmitieron sobre la cultura griega.

Por supuesto: también nosotros extrajimos oro para pagar contiendas y utilizamos a tribus enemistadas. Pero también promulgamos Leyes de Indias, organizamos y construimos. Basta leer aquellas palabras de Isabel la Católica escritas en su testamento de noviembre de 1504: «no permitan ni den lugar a que los indios reciban agravio alguno»; manden que sean bien y justamente tratados y si algún agravio han recibido, lo remedien». Antes, había determinado que seguían siendo los propietarios de las tierras que les pertenecían con anterioridad a la llegada de los españoles, cuando ya en 1500 dictaba un laudo que prohibía la esclavitud. A comienzos del XVI ya había universidades y hospitales en Santo Domingo, Lima, Quito, Santiago…

Me entienden de sobra quienes se empeñan en romper antes que en unir, quienes aplican parámetros del siglo XXI sobre lo que sucedió en el XV o el XVI.

Y aunque pareció que rompían con esta historia común quienes compartieron en el XIX las mismas corrientes de la Ilustración y lucharon por nuestra Independencia contra Napoleón, seguíamos hermanados por lazos de sangre. Aplicaron una ley universal: los soldados de colonias o protectorados que lucharon por la independencia de su metrópoli –India, Argelia– reclamarán indefectiblemente su propia independencia.

Cuatro años viviendo con nuestros hermanos americanos en tiempos difíciles, me permiten rebatir con contundencia este falso movimiento revisionista. Si había algo que valorase un amigo colombiano, salvadoreño o guatemalteco, era que le consiguiese en España el escudo de armas de su familia. Y cuando les acompañaba en conmemoraciones y «gritos de independencia» les comentaba sonriendo: «el malo (1), querido hermano, sería tu abuelo».

Mientras, el escudo de armas familiar, presidía el salón principal de su casa. ¡Herencias!

(1) Ramon Tamames. Una historia verdadera, casi increíble. Espasa 021

(2) Utilizaba un adjetivo más contundente.