La celebración del 12 de Octubre

Es la incorporación del continente americano a la realidad occidental a través de la acción de los españoles

LUCA PIERGIOVANNIEFE

Hubo un tiempo en el que la conmemoración del 12 de octubre como Fiesta Nacional era considerada la prueba de que nuestro país no había sabido establecer efemérides propias para celebrar su existencia, su unidad y su pervivencia. Dado que alguna otra fecha -como la del Dos de Mayo- quedaba descartada por motivos ideológicos que no eran del gusto de las muy exquisitas y exigentes elites progresistas, nos quedábamos sin celebración nacional y, por extensión, sin nación. El Doce de Octubre era por tanto una oportunidad más para celebrar la no existencia de la nación española.

Hoy en día las cosas han cambiado, aunque no tanto. Ahora la crítica a la celebración se centra en el hecho mismo del descubrimiento y la posterior conquista. De un lado del Atlántico, la reivindicación indigenista ha cedido el paso a otra de índole identitaria, que intenta reforzar con el espantajo del enemigo español la adhesión a políticas que bajo su disfraz de populismo se van revelando cada vez más próximas a un comunismo actualizado, o 2.0. El comunismo de las nacionalidades, que acabará, a no mucho tardar, por minar las instituciones y, con ellas, las propias naciones que dicen exaltar. De este lado del océano, por su parte, el fenómeno conduce a una revisión de nuestro pasado que oscurece y devalúa, hasta lo despreciable, aquellos hechos. Aunque muy distinto de lo que ocurre en América, también aquí se trata de reinventar la identidad española a partir de un ejercicio de destrucción de su pasado. Y los pueblos sin pasado, aquí y allá -en todas partes- son fáciles de manipular.

Esta reedición identitaria y neocomunista de la leyenda negra ha tropezado con una resistencia mayor de la que sin duda había esperado. Comprende como mínimo dos grandes líneas que se combinan aunque sin mezclarse del todo. Una de ellas plantea una reivindicación desacomplejada de la acción española en el Nuevo Mundo, incluida la recuperación de lo que tradicionalmente se considera labor civilizadora de los españoles frente al supuesto primitivismo de los americanos. Se vuelven a escuchar así argumentos propios del imperialismo europeo de finales del siglo XIX que, en realidad, aquí no se habían prodigado demasiado, salvo en exaltaciones fuertemente ideologizadas y como calco de la llamada «obra civilizatoria» de las potencias europeas en África. Es cierto que algunos pueblos americanos cometían atrocidades sin cuento, pero eso no hace más legítimo un proceso de invasión y de conquista como el que tuvo lugar, con su cortejo de muertes en masa y cataclismos culturales.

Muchos españoles de aquellos años -sin descartar la Corona- eran conscientes de estos hechos terribles, y desde muy temprano elaboraron una visión crítica del descubrimiento y la conquista. Y aquí es donde se abre la segunda línea de resistencia a la ofensiva identitaria nacionalista y neocomunista. Más que reivindicar aquel pasado, se trataría de entender lo ocurrido, apreciar en lo que valen el impulso de expansión y los hechos de españoles y americanos, así como la significación que de ellos dieron sus protagonistas, incluidos los americanos, de los que los españoles rescataron algunos testimonios extraordinarios. A partir de ahí, lo que sí que cabe celebrar, y esta vez a lo grande, es la consecuencia de aquellos hechos fijados para siempre. Es la incorporación del continente americano a la realidad occidental a través de la acción de los españoles. Aquí ya no hablamos de historia ni, menos aún de memoria. Se trata de una realidad viva, de lo que somos protagonistas todos los habitantes de las naciones iberoamericanas, e incluso una parte importante de la población norteamericana. Claro que tal vez sea eso lo que se trata de destruir con la ofensiva política y (anti)cultural a la que estamos asistiendo.