Las grullas y el volcán

Las fronteras históricamente tienen un valor relativo y están ahí para cruzarlas. En esto manda, sobre todo, el hambre

Sugiere Jaime Lamo de Espinosa que se ofrezca a los palmeros que el volcán de Cumbre Vieja ha dejado sin nada, cobijo en la España vaciada. «Desgraciadamente –escribe el exministro de Agricultura en la Carta del Director de “Vida Rural”, en la que se ocupa esta vez del lobo– siguen ardiendo las plataneras en La Palma, cuya producción representa la mitad del PIB y de ellas dependen casi seis mil productores. Una terrible tragedia. Es preciso actuar muy rápidamente y con enorme eficacia. Y si algunos palmeros quieren emigrar de la isla a la península, hay pueblos vacíos con sus tierras que podían acogerlos entusiásticamente. El Gobierno debería ofrecerles esta posibilidad gratuita a los que la quieran aceptar».

En esas cavilaciones andaba yo, antes de ponerme a escribir, cuando he oído el ruidoso gru-gru de las grullas. Vienen de las prósperas y frías tierras del norte de Europa y vuelan hacia las cálidas tierras del sur, donde pasarán el invierno. Falta poco, si no ha ocurrido ya, para que España se convierta también en invernadero acogedor para los jubilados de esa Europa norteña y luterana.

Como un resorte, he salido a contemplarlas. Y allí estaban, en el cielo azul ligeramente enmarañado. No era un bando muy grande. Volaban con velocidad de crucero y en perfecta formación. Llevaban en sus alas más de dos mil kilómetros, pero no daban señales de cansancio. Seguramente han pasado la noche en la laguna de Gallocanta, un buen dormidero entre Daroca y Jiloca, en las estribaciones ibéricas. Vuelan hacia las cálidas dehesas de Extremadura, donde los ornitólogos las fotografiarán desde el chajurdo. Algún bando se hospedará en Doñana, donde acostumbra a veranear el presidente del Gobierno, y las más atrevidas se descolgarán a África. Mientras ellas cruzan el Estrecho por el aire, observarán abajo, como puntos negros perdidos en el mar, las pateras de los emigrantes africanos que navegan a duras penas en dirección contraria.

Es el eterno trasiego de hombres y aves. Las fronteras históricamente tienen un valor relativo y están ahí para cruzarlas. En esto manda, sobre todo, el hambre. Es el motor de los grandes movimientos migratorios, además de la guerra, las epidemias y los desastres naturales . En eso pensaba yo y en los palmeros que, de la noche a la mañana, se han quedado sin casa, sin tierra y sin nada –sólo han podido rescatar el álbum de fotos: la memoria– mientras seguía a las grullas por el cielo de Madrid en dirección al sur. Poco a poco se ha ido apagando el monótono gru-gru y el bando se ha perdido en el horizonte lejano.