Cuando el remedio pasa a ser peor que la enfermedad

Es pertinente plantearse si se puede seguir recurriendo sistemáticamente a medidas que perjudican y arruinan a sectores tan determinantes como la hostelería

Cuando el remedio pasa a ser peor que la enfermedad
Cuando el remedio pasa a ser peor que la enfermedad FOTO: Barrio

Sin lugar a dudas, Madrid se encaramó a la Champions de mortalidad por el Covid durante el 2020. Eso atestiguan las frías cifras del Comité Europeo de Regiones.

La presidenta Ayuso sabe que son cifras irrebatibles. Como las saben en el Piamonte italiano. Poco más cabría decir más allá de intentar hallar una explicación ni que sea para que ese liderazgo funesto no vuelva a sacudir la capital española.

Protegerse era prioritario ese 2020, cuando todo empezó como surgido de la nada, cuando en un santiamén nos vimos en casa, encerrados como ratoncitos, de sopetón.

Ese 2020, cuando el Covid irrumpió en nuestras vidas, poco o casi nada se sabía en los hospitales de ese virus, de cómo tratar o, de cómo afrontarlo. Tan despistados iban reputados epidemiólogos que nos decían, unas semanas antes del cierre, que esto no llegaba a gripe y que todos tranquilos.

La hemeroteca es demoledora. No sólo para los aprendices de brujo. Claro está que siempre se acierta más a toro pasado. O con la experiencia que da aprender a vivir con esta pandemia que no nos vamos a sacar de encima. Y ese es el aprendizaje que debieron procesar en nuestros hospitales, los protocolos a seguir y tratamientos. Para salvar vidas y para reducir los contagios, inclusive el del personal sanitario, más expuesto que nadie.

Hoy pese al devastador alarmismo que se sigue generando con la variante Ómicron –una ruina para restaurantes y hoteles que han visto cómo se anulaban comidas de empresas e infinidad de reservas– deberíamos ya interiorizar que la respuesta no puede ser la del proverbio que reza muerto el perro, muerta la rabia.

De Ómicron estamos confirmando que, esta vez sí, no llega a gripe pese a su desbocada contagiosidad. Eso debería aconsejar no actuar recurriendo nuevamente al cierre gubernativo por doquier o a las restricciones que se ceban en sectores ya muy castigados. Llueve sobre mojado. Con unos efectos nocivos multiplicadores por esa alarma social que se genera por la nueva ola –e igual las que seguirán llegando– y la contagiosidad de la variante Ómicron.

Por eso es pertinente plantearse si se puede seguir recurriendo sistemáticamente a medidas que perjudican y arruinan a sectores tan determinantes como la hostelería. La presidenta Ayuso no ha dudado en dar un paso al frente, de nuevo, y acorde con su política ha declinado cerrar el puño. Una política que sin lugar a dudas le ha dado alas y la ha entronizado como lideresa de la derecha tras recibir la bendición abrumadora del electorado.

Las medidas de Ayuso han sido vistas con envidia desde Catalunya por los sectores afectados. El maestro Ferran Adrià presidió la respuesta airada de los restauradores catalanes, hartos de verse impedidos para desarrollar su actividad. Adrià es un genio sin parangón y su huella no es que perdure, es que ha convertido Catalunya y, en particular Barcelona, en una referencia mundial.

Lo confirman gentes de diverso signo y pelaje. El catalán y barcelonista Salvador Sostres, un hombre que vive en los (buenos) restaurantes, suele decir que no hay capital europea que se asemeje a Barcelona en cantidad de restaurantes de nivel y a ese precio. Una tesis que comparte Antonio García-Ferreras, madrileño y del Madrid a muerte, hombre de exquisito paladar y amante de la cocina.

Pues bien, Ayuso ha protegido ese sector vital para Madrid. Mientras la restauración, en Barcelona, ha visto mermada su actividad nuevamente. Y lo cierto es que, según las cifras que proporciona el Ministerio de Sanidad, el impacto de la mortalidad provocada por el virus dista hoy de ser lo que fue y que las cifras, de Barcelona y Madrid, están a la par. De hecho, son dos de las comunidades autónomas con menor letalidad los últimos días.

Seguir por los mismos derroteros no nos va a salvar de la séptima ola, ni el virus parezca que vaya a desaparecer como se desvaneció la gripe española. Todo apunta a que, por lo menos con los datos actuales, seguir en las mismas carece de sentido. Porque estamos en ese punto que indica que puede ser peor el remedio que la enfermedad. Hay que aprender a vivir con el bicho y a normalizar –tomando distancia y con mascarilla o lo que requiera cada circunstancia– la vida (jamás exenta de peligros) e inclusive a mimar, luego de todo lo acontecido, esos sectores que, como la restauración, son referencia mundial y ya han costeado suficiente a sus espaldas buena parte de las medidas más perjudiciales.