Frentes de guerra

Había sorprendido a todos con su entusiasmo al partir... jóvenes de veinte años empeñados en la grandeza

El ejército alemán cruza la frontera polaca el 1 de septiembre de 1939
El ejército alemán cruza la frontera polaca el 1 de septiembre de 1939 FOTO: Archivo

Los vecinos sólo vieron a un tipo más fuerte, con el petate al hombro y el timbre de la victoria. La novia se llevó la alegría del reencuentro y el padre, bueno, el padre tenía el consuelo de verlo vivo tras la invasión de Polonia. Pero su madre percibió las diminutas arrugas en torno a los párpados y el ligero temblor de las manos y una cierta distracción cuando se le hablaba y las pesadillas nocturnas. Había sorprendido a todos con su entusiasmo al partir... jóvenes de veinte años empeñados en la grandeza. Atrás quedaron el piano y los ratos de música con el padre, que hacía el dúo con la flauta travesera. Delante, las llanuras polacas, empantanadas en aquel septiembre de 1939, invariablemente llenas de barro y ocas. Las ciudades lejanas, Varsovia, Cracovia, castigadas por la artillería inclemente. La gente huyendo con lo puesto, atesorando un colchón atado en un carrito de bebé. Viejos con unos ojos desolados, preguntándose si el invasor sería esta vez germano o ruso (ese pueblo pillado entre dos grandes, siempre con ansia de más). Regresó tras la campaña, en octubre, y le dio tiempo a celebrar en Hamburgo la Navidad. La madre sabía que miraba el árbol, tenuemente iluminado por las velas, recordando que también en Polonia lo pondrían aquel año, aunque apenas tuviesen bollos o galletas para acompañarlo. Ya no tocaba el piano, que permanecía cerrado en la sala. Hablaba poco, salía menos. Repasaba los niños huérfanos, las hermosas calles destrozadas, el vacío que había sentido detonando aquel mortero una y otra vez, una y otra vez. Heinz Schlichting tenía 20 años cuando los alemanes invadieron Polonia y volvió con diez más. En primavera del 40, cuando estallaron las flores y cogía Hamburgo color, más allá del gris de los canales y el verde del puerto y la piedra de los viejos edificios hanseáticos, el soldado se subió a un tren y nunca más volvió. En realidad, ya se había ido mucho antes. El adolescente de los ojos reidores permaneció para siempre en Polonia. Lo que volvió del frente fue un viejo de 21 años que no tardó en dejarse morir. Era un día francés de primavera y el blindado quedó expuesto en el campo, a merced de un bombardero que descargó sin dar en el blanco. Con tan mala pata que los mató, a él y al compañero artillero, cuando saltaron buscando refugio en una cuneta. Alguien sepultó los cuerpos en un jardín cercano y un papel lacónico le explicó a mi abuela Käthe que su adorado hijo había caído por la gloria del Reich. Ella sabía que había muerto mucho antes.