Los clérigos satánicos del integrismo

«La teocracia iraní puede actuar, como el resto de los regímenes despóticos, con absoluta impunidad»

FOTO: Mohammad Zaatari AP

Este nuevo atentado contra Salman Rushdie quedará impune, porque el responsable intelectual es una gran potencia como Irán. La mano ejecutora es irrelevante. La policía detuvo a Hadi Matar, el autor del apuñalamiento, y las autoridades del Estado de Nueva York le han acusado de intento de asesinato y agresión. La cuestión de fondo es que el escritor está amenazado de muerte por los integristas desde que publicó «Los versos satánicos» en 1988. Un criminal como el ayatolá Ruholla Jomeini, líder supremo de Irán, dictó una fatua en la que llamaba a darle muerte por considerar que su novela era blasfema. Es impresionante que los clérigos satánicos del integrismo puedan perseguir a los discrepantes con absoluta impunidad. La novela provocó en su día una enorme controversia en el mundo musulmán y fue prohibida en algunos países. El autor tuvo que ser protegido por las autoridades británicas, ya que su vida corría un serio peligro. Desde entonces hasta la actualidad, no ha podido vivir con normalidad, porque además de la orden para asesinarlo había una recompensa para quien tuviera éxito. A los clérigos satánicos que gobiernan Irán desde la caída del Sha Mohammad Reza Pahlevi no les importan ni los derechos humanos ni las libertades políticas, porque han instaurado un brutal régimen teocrático que defiende, además, una visión integrista del islam.

Es verdad que la Persia de la dinastía Pahlevi, creada por su padre Reza Jan tras la Primera Guerra Mundial, era un régimen corrupto. Era un general ambicioso que estaba al mando de una fuerza de caballería que se había formado siguiendo el modelo de los cosacos rusos. Logró el poder tras un golpe de Estado en 1921, y el rey Ahmad I, que fue el séptimo y último Sha de la dinastía Kayar, partió al exilio en 1923. Finalmente, fue depuesto en 1925 y el ambicioso Reza Jan fue proclamado nuevo emperador de Persia. La dinastía Pahlevi, sin ningún arraigo histórico, se caracterizó por su corrupción, arrogancia y autoritarismo. El país estuvo bajo la tutela británica, ya que contaba con enormes recursos petroleros. El empresario Willam D’Arcy recibió una concesión en 1901 para explotar y desarrollar su extracción. Fue el comienzo de una poderosa industria que llevó a la formación de la Anglo Persian Oil Company, la futura British Petroleum, que sería controlada por el gobierno británico, tras comprar la mayor parte de las acciones. La lucha por lograr el control de la producción fue una constante, pero Londres se encargó de manejar, influir y dominar el país, como era habitual por parte de las potencias coloniales. El petróleo era demasiado importante para las economías occidentales como para dejar que escapara del control de las «Siete hermanas», las grandes corporaciones petroleras que manejaban el mercado mundial, y de las potencias europeas y Estados Unidos.

Los problemas que tienen nuestras economías provienen de la famosa crisis del petróleo provocada por la guerra árabe israelí de 1973 o de Yom Kipur. La reacción de los países petroleros acabó con el poder de las «Siete hermanas» y provocó la crisis económica de 1974. Desde ese momento, se acabó la intermediación y los productores pasaron a decidir los precios. El petróleo, como sucede actualmente, se convirtió en un arma de guerra. El cerrar el grifo ponía a las economías de las democracias contra las cuerdas. Es cierto que Estados Unidos tiene una dependencia menor, porque es un gran productor y es autosuficiente. Afortunadamente, los gobiernos de la OPEP pueden ser manejados y manipulados, aunque siempre con un enorme coste económico que pagamos las economías más dependientes del gas y el petróleo.

El caso de Salman Rushdie es similar en sus consecuencias al brutal asesinato del periodista saudí Yamal Khashoggi por las fuerzas de seguridad de Arabia Saudí. Las amenazas y sanciones quedaron en nada. Hace unos días, Macron recibía con todos los honores al príncipe heredero Mohamed bin Salman. El petróleo, desde hace más de un siglo, es un bien tan fundamental que quien lo controla sigue teniendo el dominio de la economía mundial. Ahora son unas naciones que están divididas y con intereses políticos contrapuestos. Unas están más cerca de Estados Unidos y, otras, de Rusia y China, pero una gran parte son regímenes autoritarios que no respetan los derechos humanos y que incrementan sus riquezas gracias a nuestra debilidad. Por ello, a los clérigos satánicos de Irán no les importan nuestras críticas y el rechazo generalizado por su apoyo al atentado contra Rushdie. Es tan enorme su poder que se ríen de nosotros.

Este crimen, que dejará graves secuelas al escritor, refleja muy bien el desprecio de los integristas por la libertad de expresión. Ellos deciden lo que se puede publicar o no en su país, pero son capaces de amedrentar a muchos autores musulmanes que temen ser acusados de blasfemos. Al igual que bin Salman puede amparar un asesinato brutal contra un opositor, los clérigos satánicos mantienen la condena dictada por un criminal como Jomeini y se alegran públicamente por el atentado cometido en suelo estadounidense. Putin invade Ucrania porque sabe que las consecuencias y las sanciones son perfectamente asumibles. No importan, porque quiere dar una lección a un «país hermano» que ha olvidado que tiene que ser un buen vasallo y lanza una advertencia a quienes pretendan ignorar que el imperialismo ruso sigue vigente. China intenta amedrentar a Taiwán, porque es consciente de que Estados Unidos está atado de pies y manos. Afortunadamente, en los planes de Xi Jinping no está todavía la invasión. Finalmente, la teocracia iraní puede apoyar el intento de asesinato de Rushdie, porque puede actuar, como el resto de los regímenes despóticos, con absoluta impunidad. Es la realidad de la política internacional que olvidamos desde nuestra cómoda existencia en el mundo de las democracias dependientes del petróleo y el gas.