Sociedad

Tiempo de terraplanistas

La tecnología debería habernos liberado de atavismos, pero lo que tenemos ahora es una turba empeñada en perpetuar el pensamiento de nuestros abuelos. En la civilización del espectáculo, una idea que hace unos años nos allanó Mario Vargas Llosa en un ensayo, la verdad está más gastada que los pies del Cristo del Pardo y lo que nos ha sobrevenido hoy es una revuelta de creacionistas, terraplanistas y antivacunas que viene a desacreditarnos las certidumbres probadas con premisas de escolar. Siempre ha resultado más sencillo vivir en el mundo de las fantasías y las creencias inventadas, como Don Quijote, que veía gigantes donde solo había molinos, que en otro asentado en las evidencias científicas, que resultan unas ecuaciones más desabrigadas, aburridas y tediosas.

A este tropel, al que no descabalga de sus asientos ninguna arquitectura racional, habría que añadir a los negacionistas del cambio climático, esos nuevos Hijos de San Luis, que todavía andan justificando en las ágoras públicas que estas intensidades en las temperaturas son lógicas porque en verano hace calor. Hay una movida liada de sequías, riadas, incendios desgobernados, desbordamientos y granizadas imprevistas que ha dejado a Europa como si se la hubiera pasado por una centrifugadora. A la vista del paisaje, resulta ya complicado justificar estos hechos con eslóganes de asesor, pero jamás hay que confiarse, que esta gente posee la misma maleabilidad que los ufólogos, a los que ya puedes exponer los razonamientos que convengas, que nunca los sacarás del sólido convencimiento de que ahí fuera existe toda una antropología de alienígenas dispuestos a visitarnos.

Hasta hace nada encontrábamos todavía portavoces y mandamases con suficiente callo para asegurar delante de las cámaras que esta ventisca de temperaturas al alza era de una lógica estacional y que, en todo caso, por algo se han inventado las piscinas. Después de este estío todos estos planteamientos van a tener los mismos asideros que esos amigos nuestros que todavía juran que la Tierra es plana. Aunque, claro, la diferencia es que unos lo tienen por un relato asumido, casi un artículo de fe, y las creencias de los otros responden más a unas conveniencias de sesgo económico.