El Mundial de los Derechos Humanos

Estas semanas de partidos cruzados no bastarán para transformar al régimen qatarí en un Estado de derecho

FOTO: JUAN IGNACIO RONCORONI EFE

En Qatar estos días se juega al fútbol, pero la competición, en realidad, va por otro lado. La anomalía del campeonato más anómalo que se recuerda se sitúa en un ámbito muy distinto al de la extemporánea época del año en que se celebra o al de la excentricidad de esas aficiones postizas que exhiben colores, banderas y cánticos prestados, como en un carrusel de disfraces; la peculiaridad tampoco se centra en el escándalo del suculento negocio que orbita en torno al balompié, ¡oh, sorpresa!, como si recreásemos una versión actualizada del capitán Renault frente a los modos FIFA, en una especie de simulacro de descubrimiento sobrevenido este noviembre que se destapa aún más cínico por su forzado estupor. No, la idiosincrasia del torneo no radica en ninguna de estas extrañezas varias, sino, más bien, en asumir que estamos en el tiempo de la «realpolitik».

La estrategia de aislar tiranías puede resultar útil en circunstancias concretas y puntuales, pero la historia se empeña en mostrar el valor de las grietas, de las rendijas insospechadas que, a modo de caballos de Troya, van deshaciendo autocracias. Como aquellas fisuras que fue abriendo el turismo en esa España de los 60, que dormitaba en blanco y negro y terminó despertando en tecnicolor. Pero, sin que la ingenuidad perturbe la percepción, lo cierto es que estas semanas de partidos cruzados no bastarán para transformar al régimen qatarí en un Estado de derecho, ni harán brotar su sepultado espíritu laico, ni mejorarán las condiciones de vida de sus mujeres, ni garantizarán el elemental respeto LGTBI, pero sí marcarán nuestra conversación pública, poniendo a cada quien en su lugar: frente a censuras y prohibiciones se imponen el silencio y la valentía iraníes, las manos alemanas como mordazas y la proliferación de camisetas y zapatillas arcoíris. Mucho de lo que vemos nos indigna, sí, pero, paradójicamente, el Mundial de Qatar es ya el Mundial de los Derechos Humanos.