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El gran timo

La Razón
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Mucha gente quedó noqueada al descubrir que no encontraba las canciones de Prince en internet. El problema fue especialmente arduo para los medios, acostumbrados a ilustrar sus artículos con vídeos diseminados en Youtube y similares. Resulta que la gente de Prince, legítimamente mosqueado con los chupópteros, rastreaba la red en busca de contenidos subidos de forma ilícita. No es el único, tal y como atestiguarán los fanáticos de Bob Dylan. En los días siguientes la red fue enriquecida con una miríada de temas suyos. Imagino que la familia decidió aflojar la tenaza. Asombra descubrir, en los comentarios anónimos que acompañan los citados vídeos, los testimonios de cientos de personas, presumo que muy jóvenes, deslumbradas con el talento del de Minneapolis. No lo conocían. Ignoraban la profundidad y el genio de su burbujeante legado. Hubieran permanecido en la inopia de no ser porque ahora pueden escucharlo sin pagar un céntimo. Se han acostumbrado de tal forma a que los contenidos culturales circulen de forma líquida, ajenos a cualquier jurisdicción y por supuesto gratuitos, que ni siquiera conciben la posibilidad de trabajarse un poco su nivel cultural. Hablamos de Prince, una de las figuras capitales de la música durante los ochenta, omnipresente en los medios durante años, mil veces citado, y no de un oscuro cantor de blues fallecido en los años treinta. El mono erguido del siglo XXI vive a base de deglutir fast food y sólo catará los alimentos dispuestos frente a su hocico. Indisciplinados y vagos, consideramos una aberración la idea de pagar por la música. Ni siquiera concebimos la posibilidad de informarnos, de acudir a una enciclopedia del rock o consultar libros monográficos, revistas especializadas o artículos de periódico. La facilidad con la que mangoneamos el trabajo ajeno y el eminente desprecio hacia los compositores, cantantes, etc., se justifica mediante un utopismo muy conveniente. La pretensión de abolir el capitalismo empieza y termina en el ámbito de la creación cultural. Uno de los síntomas más evidentes de la desorientación ideológica y moral de estos días lo encontrarán en el apoyo que recibe la piratería. Santificando a los gorrones creemos enfrentar a Disney y las majors de Hollywood cuando en realidad trabajamos en calidad de tonto útil al servicio de las grandes teleoperadoras y/o los gigantes de la distribución de contenidos. Al tiempo que socavamos el legítimo modus vivendi de los poetas. El tablero obliga a que los propietarios de los derechos deban notificar por escrito a Youtube y similares de todas y cada una de las copias de las canciones subidas ilegalmente si aspiran a que sean retiradas. O como explica Robert Levine en Billboard, «En lugar de vender los derechos de su música a una plataforma, las discográficas ofertan un producto del que las plataformas básicamente ya disponen». Pueden «usar la música para ganar audiencia sin necesidad de adquirir previamente licencias», lo que permite negociar a la baja. Normal que Prince desconfiara de unos cocodrilos que intercalan canciones como cebo de la publicidad y colorista carnada de un público onanista.