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Gallinas

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09 de marzo de 2014. 02:22h

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Alfonso Ussía 9/3/2014

Gussie Fink-Nottle, uno de los personajes gloriosos de Wodehouse, amigo de Bertie Wooster y socio del «Club de los Zánganos», sentía una acusada predilección por las salamandras. Tenía en su casa un estanque con salamandras y podía pasar horas y horas contemplando sus movimientos. Hace unos años, en Marbella se puso de moda pasear con un cerdito. Los cerditos son monísimos, pero cuando crecen resultan poco apropiados para tenerlos en casa. Ahora gustan mucho los cerdos vietnamitas, que son más feos, pero no crecen, y se venden bastante bien. La relación del ser humano con el animal doméstico es muy flexible en cuanto a gustos y preferencias se refiere. Y gracias a la redactora de LA RAZÓN, Carmen Duerto, hemos sabido que el embajador de Francia en España tiene el jardín de su residencia abarrotado de gallinas.

El señor embajador, Jérôme Bonnafont, es en efecto, un enamorado de las gallináceas. En su feraz y jugosa pradera, conviven en armonía gallinas negras de Java, ponedoras comunes, pulardas gallegas, gallinas de Sebrigh, que son unas gallinas que no sirven para nada porque ponen pocos huevos y su carne es mala y correosa, sedosas de Japón, las más cursis del mundo gallináceo, negras extremeñas, pitapintas asturianas y faisanes comunes. Es decir, que exceptuando a la gallina Caponata y la gallina Turuleta, el señor embajador tiene casi todas las gallinas del mundo, si bien le falta la gallina autóctona del País Vasco, la inefable «Goligorri» y la gallina blanca de los caldos, de muy sencilla adquisición.

En la gran ciudad, en un jardín de la calle de Serrano, abundan las gallinas. Ignoraba que estuvieran permitidas por las ordenanzas municipales. Quien escribe, intentó años atrás adaptar un pequeño rincón de su diminuta terraza para gallinas ponedoras, y fueron tantos los problemas planteados por la Concejalía de Animales Amaestrados y Afines, que tuve que renunciar a mi sueño. Me gustan mucho para desayunar los huevos fritos con jamón, y la posibilidad de que fueran huevos de mis gallinas me ilusionaba. Me siento víctima de un agravio comparativo. Mientras el embajador de Francia puede disponer de toda suerte de huevos a primeras horas de la mañana, yo me veo obligado a comprarlos en unos ultramarinos cercanos a mi hogar. Soy muy antiguo y me gustan más los ultramarinos que los supermercados, aunque los primeros puedan ser escenarios de confusiones semánticas. –Manolito, baja a la tienda del señor Arturo y le dices de mi parte que te dé quince euros de huevos–; –señor Arturo, de parte de mi madre que si tiene usted huevos me dé veinte euros–; –Toma los veinte euros, niño, pero díle a tu madre de mi parte que esa no es manera de pedir las cosas–.

Otros personajes crían gallinas, pero lo hacen en sus campos, en grandes extensiones. Alejandro Sanz, en Cáceres, y Ana Rosa Quintana en su huerto ecológico, que algún día me explicará en qué consiste ese huerto. Y también los duques de Terranova y el vicepresidente del grupo Atresmedia, Maurizio Carlotti en «Serranillos Playa», para indignación de los patos que por allí pululan y que se han sentido colonizados por las gallinas de Carlotti, de gran calidad por otra parte.

¡Pero en una embajada! Las gallinas, cuando están malhumoradas, arrean unos picotazos de padre y señor mío, y no resulta cortés recibir a los invitados con un ataque masivo de gallinas cabreadas. Un perro avisa antes de proceder al mordisco en la pierna. Una gallina jamás deja ver sus intenciones. Pica en los tobillos del invitado y se va a sus cosas, que son cosas difíciles de interpretar.

De tal modo, que hagan caso a quien esto escribe y no acudan a la residencia del embajador de Francia con los tobillos sin proteger. ¡Olalá!

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