Tecnología

La dosis tecnológica

La Razón
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United Airlines proyecta a sus pasajeros un vídeo de emergencia protagonizado por deportistas en una presunta olimpiada de imprevistos en vuelo. Se prodigan en mojigangas y contorsiones ante los siempre gratificantes problemas aéreos. Al saltar la mascarilla de oxígeno, un jugador de baloncesto mantiene enhiestos sus índices haciendo girar balones. Nada se escapa a la dictadura del «show»: hemos perdido 3.000 pies, pero antes del accidente final, una breve pausa para la publicidad... En 2014, el pasajero Scott Welch presionó REC una vez incendiado su avión. Mientras grababa llevaba la mascarilla para poder respirar en la humareda. Sonrió para unos «selfies» que quería dedicar póstumamente. Es una muestra de la exhibición perpetua de nuestra «Generación yo». La tecnología ha alterado los patrones de sueño, las relaciones, amenaza el aprendizaje de la infancia y genera adicciones. La dependencia provoca problemas psicológicos, exposición a enfermedades físicas y nuevos subtipos sociales como los parentrazzi –mitad padres, mitad paparazzi–, siempre dispuestos a grabar a sus hijos. Alter, autor de «Irresistible. ¿Quién nos ha convertido en yonquis tecnológicos?» (Paidós) explica por qué una pantalla de dos dimensiones es una versión inferior del mundo al que representa. Ciertamente en unos años el tratamiento de aquel primer adicto a las Googleglass será como aliviar un leve dolor de cabeza. «Había estado utilizando las gafas de realidad virtual 18 horas al día e incluso en sueños lo veía todo como a través de ellas. Cuando se relajaba, su dedo índice subía una y otra vez hacia el lateral de su cara: buscaba el botón de encendido pero ya no estaba ahí».