Un poquito más

Se ha demostrado que los contundentes argumentos históricos no sirven. A los centenares de miles de independentistas que se manifestaron el pasado jueves en Barcelona, les importa un bledo que Casanova fuera un patriota español, que no existiera la guerra entre Cataluña y el resto de España, que Cataluña jamás haya sido nación independiente y que la Diada conmemore la victoria de un Borbón sobre un archiduque Habsburgo. Todo eso, y muchísimo más, lo saben en Cataluña. Pero es papel mojado. Los catalanes independentistas no reparan en el pasado, porque cualquier mirada hacia el ayer no les conviene. Además, que no son ellos los sembradores de sus actuales sentimientos. Han nacido, crecido y formado con la simiente del odio a España. Y han sido los diferentes gobiernos de España los que plantaron la semilla en sus entrañas.

Hay que aceptar la realidad. Quinientos mil independentistas no pueden sodomizar la voluntad de la gran masa silenciosa, pero hay que tenerlos en cuenta. Unos pocos años sin respuesta por parte del resto de los catalanes que no quieren la independencia y del resto de España entregado a bailar la Yenka, y serán dos millones. Por mucho menos, la Segunda República mandó a los guardias a Barcelona y encerró en la cárcel a sus dirigentes. No corren los mismos tiempos. Pero un poquito más de carácter nos vendría bien a todos. A todos los que esperamos una respuesta firme, tajante y ajustada a la Ley por parte del Gobierno de España, que es también el Gobierno de todos los catalanes.

Está muy bien que Rajoy recuerde que el corazón de un andaluz puede latir en el pecho de un catalán. Muy bonito, pero poca cosa cuando en la calle hay quinientos mil ciudadanos manifestándose contra España mientras España les subvenciona el odio. Si el disparate se consuma, en un decenio acudirán millones de catalanes a ofrendar flores, no a Rafael Casanova, sino al pequeño monumento que erigirán en homenaje a Jordi Pujol. En el fondo y en la forma, ha sido Jordi Pujol con su permanente deslealtad a los cretinos e invidentes gobernantes de España el que ha conseguido crear la gran pasión sostenida por la mentira. Y ahí están los resultados. «Oye, que Pujol se lo ha llevado crudo»; «sí, pero ha dibujado el camino de nuestra independencia».

A los independentistas en nada les afecta saber que Cataluña a lo más que ha llegado en la Historia es a constituir un Principado del Reino de Aragón. Que el Conde de Barcelona es el Rey de España. Que si existió hostigamiento y crueldad entre los catalanes de diferentes territorios fue por causas domésticas. Que su Señera es la de Aragón. Y ahí han estado hábiles. La nueva Señera catalana se ha adornado con el triángulo azul y la estrella de cinco puntas de indiscutible estética cubana. Los argumentos no sirven porque se lo pasan por las enaguas silvestres. La Académica Carmen Iglesias pronunció una magistral conferencia en el Club Siglo XXI de Madrid desmontando todas las mentiras del nacionalismo. Asistieron quinientas personas mientras en las calles de Barcelona había quinientas mil. Los independentistas saben que en nada se parecen los casos de Escocia y Cataluña. Se ríen cuando alguno trata de demostrar la gran diferencia entre ellos.

El independentismo catalán está ganando porque los sucesivos Gobiernos de España lo han permitido con cobarde complejo. España, la única nación del mundo en la que hablar o rotular o aprender el español es motivo de sanción y de desprecio.

Si seguimos callados, respetuosos con quienes no nos respetan y jugando a bondadosos hermanos, Cataluña se va aunque no tengan los mentirosos la mayoría. Al menos, un poquito de carácter, una reacción por parte de Rajoy. Por ejemplo, que se dirija a Mas y Junqueras y les diga, ante las cámaras, con luz y taquígrafos y gesto de enfado: «Sois unos malotes, malotes y malotes».