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Elecciones por responsabilidad

Tiempo de lectura 4 min.

15 de septiembre de 2018. 23:08h

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15/9/2018

Esta semana ha sido decisiva para el futuro del Gobierno de Pedro Sánchez: nos ha ofrecido pistas claras de que no hay un proyecto basado en un programa político. Hay, eso sí, mucha ideología, mucha simbología y mucha estrategia comunicativa, pero poca sustancia. Todo indica que su único objetivo es utilizar electoralmente La Moncloa. Se demuestra que gobernar con 84 diputados es un imposible, aunque se cuente con el colchón de Podemos y su alianza de conveniencia: ninguno de los dos quieren elecciones. Todo está en su origen: el triunfo de la moción de censura que llevó a Sánchez a La Moncloa ha sido una de las operaciones políticas más indecorosas que se recuerdan, legítima, pero desleal. Se antepusieron los intereses del propio Sánchez –ni siquiera los del PSOE– a los del país con una realidad irrebatible: el socialismo español estaba en su nivel electoral más bajo. Un todo o nada para relanzar la carrera de un político en sus horas bajas. Incumplió algo con lo que había adornado su moción: la convocatoria inmediata de elecciones. Dejaba claro que este no era su objetivo y el lema de la «regeneración democrática» es la falsa excepcionalidad con la que la izquierda redentora estigmatiza a la derecha. Queda claro que se ha propuesto agotar la legislatura aunque lleve al Gobierno a una situación agónica. Ahora se demuestra que aquella operación tenía el riesgo de paralizar al país en un momento en el que su economía empezaba a recuperarse. Por contra, hay datos que han disparado las alarmas: pérdida de puestos de trabajo, ralentización del turismo, las exportaciones crecen a un ritmo inferior al del año pasado, el comercio minorista ha vuelto a caer y hay una desaceleración en el crecimiento. Tres meses es pronto para ver resultados concretos, pero la gestión errática del Gobierno en asuntos claves –nuevos impuestos, contrarreforma laboral, bloqueo de los presupuestos– no ha ayudado en nada. Gobernar con una minoría tan exigua es difícil, pero prolongar una situación que en nada favorece al conjunto del país es de gran irresponsabilidad. La dimisión de dos ministros y una directora general no son una anécdota, muy al contrario, son un síntoma de la desorientación política que vive. No es una anécdota que tras anunciar que no defendería al juez Llarena en Bélgica ante una denuncia basada en una falsedad –luego demostrada–rectificase; tampoco lo es que la Mesa del Congreso tumbase el plan de modificar la Ley de Estabilidad por la vía de urgencia y aprobar así los Presupuestos; que paralizase la venta de armamento a Arabia Saudí y luego anunciase lo contrario cuando comprobó el perjuicio que podía causar en la industria naviera española ante la amenaza de los saudíes de paralizar algunos contratos; la dimisión de Carmen Montón por una trabajo de máster plagiado y, por último, la confusión creada por el propio Sánchez ante las dudas sobre su tesis doctoral. Esto sí, le queda el cadáver de Franco, que tantos réditos sigue dando. Su Gobierno está hipotecado por el apoyo de los independentistas catalanes en base a una negociación opaca en la que no se acaba de perfilar ni objetivos ni límites y bajo mando, además, de alguien tan nefasto como Puigdemont, que en cualquier momento puede forzar elecciones autonómicas o generales. El Gobierno no representa a la mayoría social, es una suma de partidos que sólo tenía el objetivo de liquidar al PP, y que ahora demuestra su inoperancia. Sabemos que el objetivo de Sánchez no es otro que aumentar sus expectativas de votos desde la tribuna que le ofrece La Moncloa, pero prolongar esta situación va en contra de los intereses de España y puede ir también en contra de los del PSOE. Por responsabilidad, Pedro Sánchez no tiene más salida que convocar elecciones cuanto antes.

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