Con su permiso

Es mi trabajo

De nuevo el sino de los tiempos del cortoplacismo en los que tocarse es políticamente incorrecto y hay más calor en lo digital

Sonrisas
SonrisasIlustraciónPlatón

Marian te sonríe como si el verte le hubiera alegrado el día. No nos habíamos visto nunca, pero su sonrisa tras la barra, mientras me desea buenos días, cargado el aire de la monótona e inagotable letanía de los niños que cantan las bolas de la Navidad, es de esas que te hacen creer que hay luz en los gestos y gente capaz de contagiar vida con sólo acercarse.

Hay una pantalla al fondo del local que transmite la imagen de los niños de San Ildefonso y frente a ella algunos parroquianos atentos a esa particular ceremonia de la lluvia que sólo llega a gente desconocida que sale en la tele.

Yo me he quedado con la sonrisa de Marian.

Me acerco a la barra y pido un café. Ahora mismo, responde sin abandonar su gesto. Ni forzarlo. Parece natural. Al instante está repartiendo otra sonrisa, y otra, entre la gente que entra al bar o en las mesas en las que sirve desayunos. Muchas gracias, guapa, le dice una señora mayor. No se sí lo es, pero coincido con ella en que su expresión resulta luminosa.

Observo un rato más hasta que decido preguntarle, ¿siempre recibes así a los clientes?, claro, responde decidida y hasta me parece que una pizca orgullosa, es mi trabajo. Ya, no es por carácter o por que estés particularmente feliz hoy. No, para nada, si yo le contara, caballero… Pero si yo trato con el público tengo que hacer que el público se sienta bien, y si puedo hacer algo feliz a la gente, pues mejor. Claro. Extraordinario.

Empiezo a sorber el café mientras observo cómo regresa a la barra, organiza los pedidos y conversa con alguien que habla desde la cocina. Luego, ante los clientes, recupera su gesto y sigue repartiendo buen rollo.

Mi trabajo, dice.

Vivimos tiempos de escaso calor en el espacio público. Hay una suerte de desprecio al cliente o al ciudadano en oficios que requieren trato directo y en no pocos casos con personas que buscan auxilio porque tienen verdaderos problemas. Se convierte en cotidiano, o, en terminología más de estos días, se normaliza, un trato no ya frío sino a menudo despectivo hacia quien requiere servicios en barra o en ventanilla; del tipo que sea. Camareros que te tiran el plato, funcionarios que te despachan con algo peor que el «vuelva usted mañana» de Larra, conductores que te dan la turra o se molestan si les pides que bajen la radio, telefonistas que te regañan porque les dices que ahora no puedes atenderles… cada cual seguro que tiene su caso o su ofensa.

Hay una cualidad de insolvencia en el trato, de origen impreciso y amplia extensión, al que acaso no sea ajeno este mundo liviano, fragmentado y bipolar en que vivimos. Estás conmigo o contra mí, si no piensas como yo, ni te escucho, me comprometo solo con lo que me renta, y el sacrificio es una inversión sin riesgo. Eso me parece. Pero no solo hay una precarización en los afectos y ese compromiso tan esquivo, no solo son inestables las emociones. Acaso parte de la culpa la tenga también un universo de relaciones laborales que hemos construido más sobre criterios de rentabilidad que de servicio, que prefiere lo barato a lo bueno, ahorrar a prestar servicio, el beneficio –aunque sea escaso e impermanente– al oficio. Y así, se exige más la disposición, aunque sea fruto de la necesidad, que la experiencia; se sacrifica la excelencia a la posibilidad de controlar mejor al personal. Aun a riesgo de que esa pérdida de calidad nos rebaje el negocio. Eso será mañana, hoy ahorro costes.

De nuevo la inmediatez. De nuevo el sino de los tiempos del cortoplacismo en los que tocarse es políticamente incorrecto y hay más calor en lo digital, donde coleccionamos amigos como fotos, que en las miradas o la conversación. Venga, que pase el siguiente; ya señora, apresure que está usted formando un tapón en la caja. ¿La cita para cuando? Ni lo espere. Demasiado pronto. Las quejas por la web, ¿Que no funciona? Ya lo hará.

Los mensajes de Navidad son márketing tosco, los deseos se expresan en un vídeo que se manda al universo, como si para todos el deseo o el cariño fuera el mismo...

La sonrisa de Marian se eleva sobre todo ello: la desazón, la alegría «fake», el soniquete de una lotería que no le toca a ninguno de los presentes, la frialdad de unas amistades que se sustancian a golpe de tecla, sin cercanía, como robóticas caricias insensibles.

La tele del fondo ha dejado de emitir el Sorteo de Navidad. Ya hay premiados, y en breve aparecerán descorchando champán y gritando su alegría personas a las que no conocemos y nunca veremos de cerca. Afortunados. En la pantalla se ven Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo que se intercambian saludos y una fría sonrisa forzada. Tampoco les ha tocado la lotería.

Pido la nota. Que tenga usted unas muy felices fiestas, le deseo a Marian. Y gracias por su sonrisa. No hay de qué, responde, es mi trabajo.