Lecciones del abismo fiscal

No sería una sorpresa que haya otra recesión en Estados Unidos, pero sería atribuible a una serie de malas políticas del Gobierno, no a la reducción del tamaño del Estado

Una de las muchas cosas que aprendí de Milton Friedman es que el verdadero costo del Estado es el gasto público, no los impuestos. Dicho de otro modo, el gasto público se financia con impuestos actuales o con deuda, y el endeudamiento equivale a impuestos futuros, cuyo efecto sobre el desempeño económico es casi el mismo que el de los impuestos actuales.

Este razonamiento se puede aplicar al insostenible déficit fiscal de Estados Unidos. Como es bien sabido, eliminarlo implica reducir el gasto o aumentar los impuestos.

El punto de vista convencional es que una solución razonable y equilibrada incluirá un poco de ambas alternativas. Pero, como diría Friedman, estos dos métodos se deben considerar diametralmente opuestos. Reducir el gasto implica achicar el Estado; aumentar los impuestos implica agrandar el Estado. Por eso, para eliminar el déficit, los partidarios de achicar el Estado (por ejemplo, algunos republicanos) se inclinarán por apelar exclusivamente a la reducción del gasto, mientras que los partidarios de agrandar el Estado (por ejemplo, el presidente Barack Obama y la mayoría de los demócratas) preferirán apelar exclusivamente a los aumentos de los impuestos.

A partir de estudios de la estabilización fiscal en países miembros de la OCDE, el economista Alberto Alesina descubrió que a la hora de eliminar el déficit fiscal, recortar el gasto público tiende a ser mucho mejor para la economía que aumentar los impuestos. Una interpretación natural es que el ajuste del gasto es más eficaz porque trae consigo la promesa de reducir el tamaño del Estado, lo que favorecerá el crecimiento económico.

Para un tamaño cualquiera del sector público, los diversos métodos de recaudación impositiva no son todos iguales. Por ejemplo, para recaudar una cantidad dada se puede apelar a un impuesto general sobre la renta, un impuesto sobre la nómina, un impuesto al consumo (por ejemplo, sobre las ventas o el valor agregado), etcétera. También se puede optar entre recaudar ahora o en el futuro (variando el déficit fiscal).

Un principio general de eficiencia de los sistemas impositivos es que para recaudar una cantidad dada (que se corresponderá a largo plazo con el gasto del sector público) debe usarse aquel modo que cause la menor distorsión posible al conjunto de la economía. En términos generales, este principio implica que la tasa impositiva marginal debe ser similar para diferentes niveles de ingresos, para diferentes tipos de consumo, para gastos actuales o futuros, y así sucesivamente.

Según esta perspectiva, un defecto del sistema de impuestos sobre la renta de los individuos que se aplica en Estados Unidos es que la tasa impositiva marginal es alta en la base de la pirámide (debido a los topes de ingresos de los que depende el acceso a los programas de bienestar social) y en la cima (debido a la estructura progresiva del impuesto). Es decir, el Gobierno está yendo en dirección equivocada desde 2009, porque aumentó abruptamente las tasas impositivas marginales en la base (mediante una enorme ampliación de los programas de transferencias) y, más recientemente, en la cima (al elevar los impuestos a los ricos).

Uno de los métodos de recaudación más eficientes es el impuesto sobre la nómina que se aplica en Estados Unidos, cuya tasa marginal es cercana al promedio (por la ausencia de deducciones y la gran uniformidad de la estructura impositiva). De modo que la reducción de la tasa del impuesto sobre la nómina en 2011-2012 y la disminución en la uniformidad de la estructura (por el lado de Medicare) fueron errores desde el punto de vista de la eficiencia impositiva.

Los republicanos deberían tener presentes estos conceptos cuando evalúen los cambios al sistema impositivo y el gasto público en 2013. Permitir que se produjera el «abismo fiscal» tenía el atractivo de obligar a reducir seriamente el gasto público, pero lo que no era atractivo era la composición de los recortes (ninguna reducción en las prestaciones sociales y demasiada reducción en defensa). El correspondiente aumento de la recaudación por lo menos era uniforme, a diferencia de la despareja suba de impuestos en la cima tal como se aprobó.

Pero la parte más importante del acuerdo que evitó el abismo fiscal fue la restauración del eficiente impuesto sobre la nómina. Según mis estimaciones, el aumento de dos puntos porcentuales en la recaudación procedente de los sueldos de los empleados equivaldrá aproximadamente a 1,4 billones de dólares a lo largo de diez años. Este importante refuerzo de la recaudación no se tuvo en cuenta en los informes típicos, porque la exención del impuesto sobre la nómina en el bienio 2011-2012 siempre se consideró transitoria desde el punto de vista legal.

Es cierto que algunos modelos macroeconómicos, entre ellos los de la Oficina de Presupuesto del Congreso, predijeron que no evitar el abismo fiscal hubiera provocado una recesión. Pero esos resultados salen de modelos keynesianos que siempre predicen que a un incremento del tamaño del Estado le corresponde un aumento del PIB, pero nunca incluyen los efectos negativos del crecimiento del sector público y la incertidumbre sobre el modo en que se resolverán los problemas fiscales.

No sería sorpresa que haya otra recesión en Estados Unidos, pero sería atribuible a una serie de malas políticas del Gobierno y a otros factores, no a la reducción del tamaño del Estado. De hecho, pensar que hay que evitar recortes del gasto público en el «corto plazo» para hacer más improbable una recesión es absurdo. Si achicar el Estado es buena idea en el largo plazo (como yo creo que lo es), también lo es en el corto plazo.

Copyright: Project Syndicate, 2012