
El bisturí
Yolanda Díaz se cuela en el guateque socialista
Hay quien dice dentro de las filas socialistas que de no ser por mera necesidad, Pedro Sánchez no la mantendría ni un minuto más.
Yolanda Díaz se ha convertido en el verso suelto, la nota disonante, una especie de Peter Sellers a la gallega, pero sin gracia, en el guateque que pretende celebrar el Gobierno a costa de la economía. No, a la vicepresidenta y ministra de Trabajo no la quieren ni sus camaradas de Sumar, ni los miembros de Podemos a los que dejó tirados, ni sus compañeros de gabinete, sabedores de que detrás de su sonrisa ofidia y de su verbo suelto y amable hay alguien del que no te puedes fiar. Su pasado colmado de traiciones en Galicia y en Madrid la delata. Hay quien dice dentro de las filas socialistas que de no ser por mera necesidad, Pedro Sánchez no la mantendría ni un minuto más dentro del Ejecutivo, pero como todo voto es útil para seguir en el cargo, no queda más remedio que soportar su ansia desmedida de protagonismo, escándalo de Íñigo Errejón mediante. Ignorante quizás de que su cuenta atrás en el propio Gobierno y en la política hace ya mucho tiempo que ha empezado, la vicepresidenta busca esta legislatura prorrogar su minuto de gloria sellando pactos sin orden ni concierto con los sindicatos, siempre solícitos a su llamada porque saben que a río revuelto siempre pescan algo. Si hay que subir el salario mínimo, se sube. Si hay que reducir la jornada laboral, se reduce. Si hay que ganar en popularidad a costa de la competitividad empresarial, se hace. No hay más que llamar a Pepe Álvarez y Unai Sordo para que los líderes de UGT y CC OO acudan raudos a recoger los frutos mediáticos de un diálogo que más que social es sindical, y del que huyen como si fuera la peste los empresarios. El problema de Díaz es que la demagogia riñe mal con las reglas de funcionamiento del mundo económico, el crecimiento y la prosperidad global. Lo sabe Carlos Cuerpo, el ministro de Economía, y por eso le planta cara. De ahí, por ejemplo, la parálisis del Estatuto del Becario y de la reducción de la jornada laboral, un golpe en la flotación de autónomos y empresarios, y también de la administración, y que se ejecutará cuando corresponda, pero no ahora, porque no es el momento. Desde este punto de vista, la decisión de Cuerpo de actuar como barrera de contención frente a las fantasías electoralistas de la vicepresidenta dice mucho en su favor, porque no todo vale con tal de cazar sufragios entre los votantes incautos. No estaría mal que Óscar López emulara a su compañero en Economía y ejerciera de una vez por todas como ministro de Función Pública, actuando también como dique de contención de las boutades de la gallega, a la vista del tremendo impacto que tendría la medida en su ámbito de actuación, en lugar de empecinarse en dar de bruces contra el muro de Isabel Díaz Ayuso en Madrid. Se equivoca gravemente Díaz en tildar de mala persona a Cuerpo. Lo más fácil para él sería plegarse a los sueños populistas de la gallega y participar también en la foto de familia, pero lo sensato, lo racional, lo coherente es andarse con pies de plomo ante iniciativas que dispararían los costes empresariales, en un momento además en el que las compañías afrontan unos gastos disparados por culpa de la inflación y el pago de tributos. Entre menos jornada o más empleo, Cuerpo ha optado de momento por lo segundo.
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