Elecciones Estados Unidos: Pence y Harris se conforman con no cometer errores durante el debate de vicepresidentes

El suyo fue un intercambio infinitamente más civilizado que el de Donald Trump y Joe Biden la semana pasada. También más político

El debate entre los dos candidatos a vicepresidente de EE.UU. llegaba en un momento crucial. Con el presidente infectado de coronavirus y acusaciones cruzadas respecto a la gestión de la crisis en los últimos días. A un lado el actual vicepresidente, Mike Pence; al otro la aspirante a sucederle, la ex fiscal y senadora Kamala Harris.

El suyo fue un intercambio infinitamente más civilizado que el de Donald Trump y Joe Biden la semana pasada. También más político. Desde luego también más limpio. Y por momentos mediocre. Aunque la tensión resultaba evidente. Pence como Harris aspiran a contribuir a la victoria en 2020. Más allá, cultivan aspiraciones protagónicas. Quién sabe si el país no verá un presidente Pence o una presidente Harris en 2024. Y luego está el contexto. Los 210.000 muertos y la recesión económica, que han desarbolado la joya de la corona del actual gobierno, o sea, el auge económico de estos años, la esplendorosa marcha de la creación de empleo. Sobre todo y todos pivotaba, omnipresente, la figura de Trump. Que acababa de colgar un vídeo tremendo en su cuenta de Twitter. Donde entre otras cosas presume de que contagiarse del coronavirus ha sido una bendición de Dios. Una bendición disfrazada. Pues le habría permitido insistir en que le suministrarán la terapia, Regeneron, a la que atribuye haberse curado. Ahora Trump jura que la aprobará de forma urgente, aunque todavía está en fase en ensayos clínicos, que será gratuito y que la distribuirá el ejército.

Ante semejante despliegue las actuaciones de Pence y Harris estaban condenadas a palidecer. A sonar y parecer descafeinadas. De alguna manera lo fueron. Quizá porque son conscientes de que a estas alturas de la campaña resulta improbable mover de forma sensible la decisión de la mayoría. Demasiada polarización y pocos indecisos. O acaso porque les importaba más no patinar, no cometer errores.

Pence estuvo sereno, incluso glacial, cuando tocaba defender los aspectos más discutibles de su gobierno; rocoso a la hora de encajar los golpes ajenos y eficiente, dentro de la dificultad, cuando peleó por las histriónicas actuaciones de Trump. Harris, que durante las primarias destacó por sus sobreactuaciones y sus ataques a Biden, apenas aprovechó sus ocasiones para golpear a fondo.

Prefería moderar el discurso, modular el argumentario y confiar en que fuera suficiente para consolidarla. Por supuesto subrayó su pasado como fiscal en California. La mosca que durante dos minutos descansó sobre la nívea cabellera de Pence fue más noticiosa que ninguna de las frases pronunciadas por los rivales. Pence sostuvo que un hipotético gobierno de Biden y Harris subirá los impuestos, impondrá una disparata agenda verde y prohibirá el fracking. Harris alertó de que la administración Trump pretende destruir el Obamacare y prometió reformar los protocolos policiales, devolver a EE.UU. al acuerdo de París para luchar contra el cambio climático y despenalizar las draconianas leyes contra el consumo y venta de marihuana. En su opinión Trump ha corrido a abrazarse con dictadores extranjeros al tiempo que rechazó condenar a los grupos supremacistas en EE.UU.

Pence la acusó de mentir, calificó de insultante la idea de que la policía estadounidense esté envenenada de racismo y recordó los logros de este gobierno en política exterior. Los dos ganaron, al exhibir los principales asuntos de sus campañas, y los dos perdieron, dejando un sabor de boca como de subalternos o secundarios atenazados por el miedo escénico. Fue un debate tan convencional y tranquilo que por momentos pareció digno de los años setenta u ochenta. Lo cual no sería en absoluto malo si no fuera porque no parece que haya logrado cambiar el sentido de ningún voto.