«Tras la Covid, tengo que dormir sentada por los fuertes ardores»

La intensivista Laura Sanz se infectó hace un año y aún sufre secuelas: hongos y caída de cabello

Laura Sanz, médico intensivista de 37 años del Hospital Beata María Ana, en Madrid
Laura Sanz, médico intensivista de 37 años del Hospital Beata María Ana, en MadridJesús G. FeriaLa Razon

«No me ahogaba, directamente no me entraba el aire», explica la doctora Laura Sanz, quien hace un año se contagió del SARS-CoV-2. A finales del mes de febrero, cuando en España se veía con distancia cómo un virus desconocido paralizaba y confinaba en sus casas a la población china, Laura comenzó a sentir dolor en los ojos y dolores de cabeza.

Un día, tras llegar a casa después de su jornada laboral en la UCI del Hospital Beata María Ana, en Madrid, notó que tenía fiebre. Se duchó y, pasado un rato, volvió a tomarse la temperatura: 38,5ºC. Algo no iba bien, porque «desde niña no había tenido fiebre. Al principio, pensé que era una gripe. Pero al cuarto o quinto día empecé a tener dificultades para respirar. Y le dije a mi marido: ’'Si me falta el aire llévame al hospital’'», relata. Su madre, que también es médico, la auscultó y la mandó hacerse una radiografía. «Recuerdo que me dijo: ’'Laura, ve eligiendo hospital”».

Y así fue. «Estuve entre dos y tres semanas ingresada debido a una neumonía bilateral. Por suerte fui de las primeras, el hospital estaba abarrotado, pero había camas libres. Las mañanas eran muy duras. Lo que más temía era habérselo podido contagiar a mis padres». Compartía habitación con Joaquina, una mujer de 78 años que no pudo superar la enfermedad. «Era un sol, fue como estar ingresada con mi abuela», dice notoriamente emocionada. Se hacían compañía, Laura la grababa y le mandaba vídeos a sus hijos. «Nos regañábamos y todo porque decía que no paraba de hablar y yo que apagara el móvil porque me dolía la cabeza. Me hablaba de su pueblo en Extremadura y me decía que cuando saliéramos teníamos que ir a comprar un jamón. En septiembre, sus hijas se lo trajeron». Y es que al día siguiente de que Laura recibiera el alta, Joaquina, quien tanta compañía la hizo, fallecía. Su recuerdo es lo mejor que se lleva de este trance.

Una vez en casa, Laura se encerró. Los hospitales estaban desbordados y la cama que ella ocupaba era necesaria para atender a pacientes más graves, por lo que tenía que permanecer aislada en su domicilio durante, al menos, dos semanas más: «Estaba contenta de volver, pero me daba miedo por si empeoraba, ya que en el hospital estaba controlada. Ir a la ducha era como hacer una maratón, me ahogaba», recuerda.

Las secuelas empezaron un par de meses más tarde. Un día «noté que mi olor corporal había cambiado totalmente. Me olía a señor y me picaba todo».

Sanz, que ahora tiene 37 años, recuerda que antes de salir del centro hospitalario pidió un tratamiento para los hongos, una infección frecuente en pacientes inmunodeprimidos.

«Salí del hospital con ganas de ponerme bien». De hecho, a los 40 días se reincorporó a su trabajo. Fueron días en los que Laura, no sin esfuerzo, caminaba diariamente de su casa al hospital y en los que los pocos momentos libres que tenía en su puesto de trabajo los dedicaba a subir y bajar escaleras para fortalecer de nuevo sus piernas.

Pero «unos meses después empeoré. A finales de junio, y tras someterse a un tratamiento antibiótico por motivos que nada tienen que ver con la Covid, volvieron los hongos. Además, se me empezó a caer el pelo a mechones. Me encontraba fatal y no sabía por qué. En agosto empecé a tener un dolor en la garganta brutal debido a los hongos. Desde entonces duermo sentada por la quemazón mutilante».

Al mes siguiente empeoró. «De verdad que soy una persona muy optimista, pero en ese momento sólo pensaba que así no podía vivir. Fue un calvario. Me falló el hígado. Mi flora intestinal se vio invadida de hongos al bajarme las defensas».

Esta joven estuvo en tratamiento para los hongos hasta el mes octubre. En cuanto a su problema de cabello, «ahora me veo calvorota, aunque el pelo ya me está creciendo, parezco un espinete». Eso sí, sigue teniendo días malos. «Este problema no está resuelto del todo». De hecho, si antes tenía intolerancia a la fructosa, tras superar la covid-19, «no puedo comer ningún cereal ni almidón. Comía patatas y me ponía a morir, y no hay alergias ni intolerancias como tal». Lo más probable es que tuviera una infección producida por una cándida intestinal que seguramente había arrastrado desde la primera infección bacteriana con la que salió de su ingreso hospitalario.

«Soy médico intensivista e investigo la microbiota. De hecho, colaboro con un grupo de Investigación en Microbiota. El virus me ha dado donde más me duele, en mi campo. Esto se debería curar si baja el nivel de inflamación. Hace unos meses estuve peor, comía una sola vez al día. Perdí cinco kilos en verano, en volumen, el equivalente a haber perdido 10». «A mediados de agosto tuve que cogerme la baja cuando me falló el hígado. Estuve dos meses y medio así. En septiembre toqué fondo. Dos bajas en un año, me daba vergüenza. No entendía cómo siendo joven y todoterreno podía estar así de mal. Ahora estoy mejor en general, aunque tengo días malos».

Joven, deportista (amante del Crossfit), preocupada por su alimentación y ha tenido que ser ella la que de todos sus familiares que se han contagiado de covid-19 peor haya pasado la enfermedad, lo que demuestra que «ninguno estamos exentos de padecer una forma grave de esta enfermedad», añade esta médico intensivista del Hospital Beata María Ana. Por eso no entiende «cómo hay tanta gente en las terrazas. Me parece una insensatez. La juventud con este virus no protege. Todos somos vulnerables ante el virus SARS-CoV-2».