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Cómo sobrevivir a cinco tumores

Tiroides, laringe, los dos pulmones y el corazón. Cinco «cornadas», la primera de ellas recibida hace 10 años, no han podido con Torcuato Romero

  • Los paseos por el parque, junto a su Yorkshire, se convirtieron en parte esencial para su recuperación. Ella no se despega de él
    Los paseos por el parque, junto a su Yorkshire, se convirtieron en parte esencial para su recuperación. Ella no se despega de él / Alberto R. Roldán

Tiempo de lectura 4 min.

05 de febrero de 2017. 09:05h

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Belén V. Conquero Madrid. 4/2/2017

Torcuato Romero es pequeño, «granaíno» sin acento por culpa de una traqueotomía, pero con la gracia andaluza iluminando siempre su rostro. Desprende alegría. Nadie diría que es un superviviente, todo un «ironman», como le describen en su entorno. ¿Cómo es posible que con una constitución aparentemente tan frágil haya superado las cinco embestidas que le ha dado el cáncer? Él se lleva la mano a la sien: «Ésto es muy importante». Su fortaleza mental es su mejor guardaespaldas.

Hace una década, Torcu –como le llaman en casa– se pasaba medio año viajando entre Madrid y Alemania. Trabajaba para una empresa germana de artes gráficas. Era y es su pasión, pero a sus 59 años ya no ejerce. Desde mayo de 2006 su vida es otra. «Volvíamos de Barcelona y me empecé a sentir mal. Hacía días que el fisio me decía que tenía que ir al médico porque tenía unos bultitos en el cuello. Un mes antes había dejado de fumar el paquete y medio que tomaba desde los 14 años», recuerda. Las pruebas del endocrino confirmaron el tumor. Un mes después, el 20 de junio, le quitaron las tiroides. El tumor se había extendido mucho, «el nódulo era como una bufanda».

Tras la operación pasó cinco días aislado en una habitación del hospital, recibiendo yodo radioactivo; el tratamiento más efectivo para terminar con las posibles células cancerígenas que puedan quedar, pero que también debilita los huesos y los dientes. No tiene recuerdos muy malos de esa primera operación porque «a las tres semanas volví a hacer vida normal y me olvidé de lo ocurrido. Me consideraba curado». Pero no.

Seis meses más tarde, los médicos apreciaron una recidiva (las células tumorales habían vuelto a activarse) y tuvo que volver a quirófano y por cinco nuevas sesiones de yodo 131. «Me quitaron todo lo que quedaba, hasta la paratiroides, por lo que no metabolizo el calcio».

El carcinoma de células claras de la glándula tiroides es más prevalente en mujeres, cuando se da en hombres es mucho más difícil terminar con él. «Nosotros creamos resistencias al yodo», dice abnegado. Sólo dos años después de la primera intervención, el cáncer volvía a escena. «Me detectaron otra recidiva». Y le volvieron a abrir. Tenía una fístula que le paralizaba una cuerda bucal y le creaba una leve ronquera. Ese paso por quirófano no fue tan bien y «estuve 35 días sin poder tragar». Volvió a casa sin la herida bien cerrada y en menos de un día ya estaba de vuelta en el hospital por una neumonía. La comida le había llegado al pulmón y estuvo dos meses con una sonda gástrica. «¿Ves esta marca? Por aquí pasaba», describe mientras se toca el vientre. Pero a él todas las incomodidades no le iban a cambiar la vida. «Nada más salir del hospital me fui a Alemania, a una feria». Él no lo sabía, pero un mes después su archienemigo volvería. «Lo que ha pasado este hombre...». Sol no termina la frase. La redactora la interrumpe. «Y lo que has pasado Vd, ¿qué?». Sonríe. Es la esposa de Torcu y sólo se ha separado de él para hacerse cargo de Lolita, su perra.

Le empezaba a molestar la garganta y acudió al otorrino. La tomografía (PET) confirmaba el regreso del cáncer, pero esta vez «tenía una metástasis muy gorda en la laringe. El médico me dijo que no había tiempo para hacer nada, sólo para arreglar mis papeles. Me desahució». Pero él quería luchar y fue a buscar otras opiniones. En la Clínica Universidad de Navarra le confirmaron que su cáncer era operable. Eso sí, iba a perder la voz. «Tenía el cuello muy tocado», reconoce. En Madrid, en MD Anderson Cancer Center también le dieron esperanzas, y tenía un tiempo de espera más corto. El 15 de septiembre de 2008 volvió a entrar a quirófano. «Salí mudo», pero fue capaz de aprender a hablar de nuevo, a través del esófago. «Es duro y no todo el mundo aprende». Él sí y lo demuestra con los vídeos que se grabó y que enseña a los nuevos pacientes que llaman a la entidad que preside, la Asociación Regional Madrileña de Atención y Rehabilitación de Laringectomizados (Armarel). «¿No le cansa hablar?» Sonríe. «Ya no, lo he incorporado a mi vida». Eso sí, el olfato no lo ha podido volver a recuperar, pero «el gusto se reeduca». Este nuevo batacazo le obligó a dejar su trabajo. «Se habla poco de los ajustes emocionales, laborales y económicos a los que también te lleva el cáncer», ni tampoco del linfedema que le creó una voluptuosa papada durante 30 meses.

Ya se había adaptado a su nueva voz cuando en una revisión en febrero de 2012 –su iPad le recuerda cada fecha– descubrieron que había presencia de nuevas células tumorales. Torcu lo describe así: «Se habían ido agrupando hasta hacer un tumor nuevo en el pulmón izquierdo». A otra operación le siguió una convalecencia dolorosa de 30 días. No había pasado ni un año cuando ese mismo nódulo apareció en el otro pulmón y al quirófano otra vez. «No hacía falta que me explicaran el procedimiento, ya me lo sabía».

Tras este nuevo susto volvió a sus revisiones cada tres meses con su endocrino de la Fundación Jiménez Díaz, que dos años después le volvió a dar otra mala noticia. En esta ocasión, las células tumorales se habían asentado en el tabique interauricular. Estaba a las puertas del corazón. A pesar de las reticencias de un primer cardiólogo, la intervención fue un éxito, pero al realizarse tan cerca de la traqueotomía, cogió una infección que le obligó a estar más de un mes ingresado y a sufrir un ictus de 48 horas. Pero él quería seguir disfrutando de su familia y de su afición por la fotografía.

Y aquí está, disfrutando de cada minuto. Eso sí, sin perderse las revisiones trimestrales que, por primera vez, no detectan tiroglobulina. «Las enfermeras me dicen que parezco un torero ‘‘corneaó’’». Se señala todas las cicatrices.

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