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El fin de las lolitas

«Vogue» no contratará a modelos menores de 18 años tras los casos de acoso en la moda. ¿Protección a una infancia cada vez más sexualizada o influencia del puritanismo que se ha instalado ahora en Hollywood?

  • El fin de las lolitas

Tiempo de lectura 4 min.

27 de agosto de 2018. 13:04h

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Elena Genillo.  26/8/2018

«Lo que me enloquece es la naturaleza ambigua de esta nínfula –de cada nínfula, quizá–; esa mezcla que percibo en mi Lolita de tierna y soñadora puerilidad, con la especie de vulgaridad descarada que emana de las chatas caras bonitas en anuncios y revistas...». Aquella «Lo, Lolita, Dolly, Dolores» escandalizó a la puritana sociedad americana de los 50, pero, con todo, fascinó y se convirtió en una de las obras maestras de la Literatura del siglo XX. De haber sido hoy, el movimiento #MeToo hubiera echado para atrás al mismísimo Nabokov. Su sombra es tan alargada y sus tentáculos tan poderosos como para hacer tambalear industrias enteras. Lo reconoció hace unos días la revista «Vogue». En su editorial, adelantó que «a raíz de las declaraciones del #MeToo», a partir de ahora todas las publicaciones de Conde Nast se regirán por un nuevo modelo de conducta para evitar las «historias de hombres y mujeres presionados con favores sexuales».

La Biblia de la moda ha dictado nuevas normas. Ahora las editoriales «se crerarán en espacios seguros, zonas libres de acoso con vestuarios privados» en las que solo podrán aparecer modelos mayores de 18 años. «En reconocimiento de la vulnerabilidad única de los menores que ingresan en una carrera en la que tienen poco control y donde el abuso ha sido demasiado común, el nuevo código de conducta estipula que ningún modelo menor de la edad de 18 será fotografiado para el editorial (a menos que él o ella sea el sujeto de un artículo, en cuyo caso el modelo será vestido y representado de una manera apropiada para su edad)», reza el comunicado de ''Vogue''.

Esto significa que, por ejemplo, la hija de Cindy Crawford, Kaia Gerber, la «it girl» del momento, codiciada en todas las pasarelas internacionales y musa de diseñadores como Karl Lagerfeld, no podrá aparecer en su portada hasta el año que viene. Es indudable que «Vogue» tiene el poder de sentar cátedra en el sector, así que si dictamina que la hija de Crawford no puede ser portada, es probable que las grandes firmas sigan su senda en política de contratación. «No es correcto para nosotros, no es correcto para nuestros lectores y no es correcto para los jóvenes modelos que compiten por aparecer en nuestras páginas. Aunque no podemos reescribir el pasado, podemos comprometernos con un futuro mejor», podía leerse en su comunidado, que también puede interpretarse como una llamada de atención al mundo de la moda.

Una decisión que aplaude el psiquiatra infantil y director médico de la clínica Psikids, Javier Quintero: «Cualquier medida encaminada a proteger a los más jóvenes debe ser bienvenida. No podemos pasar por alto que este tipo de revistas tienen una enorme influencia en los arquetipos y sus traducciones sociales». Y advierte de que «no debemos forzar el desarrollo, cada edad tiene su papel y la importancia de la adolescencia es crucial para la construcción del adulto. A lo largo de la historia, tristemente tenemos muchos casos de “juguetes rotos”, jóvenes arrollados por la fama y que han tenido vidas poco dichosas».

La sexualización de la infancia y la adolescencia no es un fenómeno nuevo. Antes incluso de la «Lolita» de Nabokov, «las niñas y también los niños han jugado a parecer mayores y a hacer cosas de adultos». El cambio, en opinión de Quintero, «está en el entorno». «A los padres y a la sociedad ahora les parece bien. Se toman decisiones sobre la educación de los menores, sin atisbar las consecuencias que pueden tener en su futuro, dejándose llevar por las modas del momento».

Aunque no puede dudarse de la buena intención de Conde Nast, lo cierto es que el grupo editorial no puede permitirse otro paso en falso. Debe recordarse la metadura de pata que cometió en 2011 al sacar en un reportaje para «Vogue París» a un grupo de niñas maquilladas y con tacones, vestidas con sugerentes modelos de Versace y Louboutin e interpretando poses seductoras. Esta publicación, de las más vilipendiadas de la icónica publicación, le costó el puesto a la redactora jefe Carine Roitfeld, una de las mujeres más influyentes de la moda en los últimos 10 años. Y fue la razón por la que, menos de un año después, Conde Nast se comprometiese a proteger a la infancia prohibiendo la contratación de menores de 16 años.

«No corrige errores»

Ya sea porque el movimiento #MeToo ha pasado de revolución a tendencia, o porque urge poner coto a la incisiva sexualización y sobreexposición de los menores en revistas y redes sociales –véase a la hija de Kardasiam convertida en «influencer» con tan solo cinco años, por poner solo un ejemplo– «Vogue» ha dado otra vuelta de tuerca a su política y prohibirá por decreto a las lolitas. Nada de menores y nada de poses demasiado sexualizadas. Si esta medida prospera en la industria, ¿se estará perdiendo la moda estrellas a la altura de Kate Moss o Gisele Bündchen, descubiertas por cazatalentos cuando no superaban la quincena?

Para el Premio Nacional de Moda 2017, el diseñador Moisés Nieto, esta medida «está cargada de buenas intenciones. Me alegro de que se lleve a cabo». Sin embargo, «creo que es algo excesirva en su práctica, ya que no corrige los errores de la industria que provocan este tipo de situaciones».

Por su parte, el catedrático de Teoría de la Información y reconocido especialista en Semiótica de la Moda, Jorge Lozano juega con otra hipótesis: «Todo esto coincide con una vuelta a un puritanismo exacerbado que ha transformado Hollywood. Antes esta industria era sinónimo de juerga, licencias y divertimentos, y hoy se ha convertido en el el centro inquisitorial de Occidente». Respecto a la prohibición de «Vogue» de contratar a lolitas , Lozano considera que «la edad no puede considerarse un metrónomo». Y apunta: «El personaje de Nabokov era un canto a la coquetería en el sentido de George Simmel cuando dijo que “la coqueteria es como el arte para Kant, una finalidad sin fin”».

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