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Los samurais que "colonizaron" Sevilla

La película «Los Japón», que clausura el festival de málaga, parte de una anécdota poco conocida de nuestra historia: la llegada en el siglo XVII de una misión nipona a España.

  • Hasekura Tsunenaga, fue el samurai al mando
    Hasekura Tsunenaga, fue el samurai al mando

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18 de marzo de 2019. 14:34h

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Gonzalo Núiñez.  17/3/2019

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Hace unos 400 años, un rayo del Sol Naciente cayó en Coria del Río y allí germinó, ignorado por todos, hasta dar en nuestros días. Hay historias de la Historia más atractivas que si fuesen meras leyendas. Todo quedó documentado en la «expedición Keicho», pero se diría inventada por un escritor orientalizante. ¿Samurais en la Sevilla del XVII? Sí. ¿Japoneses naturalizados españoles desde aquellos lejanos tiempos? También. Una comedia de Ávaro Díaz Lorenzo, que clausura el día 22 el Festival de Cine de Málaga, titulada «Los Japón», coge esta anécdota histórica por los pelos para recrear una aventura de hoy en día y nos ofrece la excusa perfecta (más aún estando a cuatro siglos de los hechos) de narrar una expedición fascinante, única.

¿Qué movió a un grupo de japoneses a cruzar por primera vez el Pacífico hasta Europa para presentarse ante Felipe III? Como suele ocurrir, una confluencia de intereses espirituales y materiales. Hacía apenas medio siglo, en torno a 1542, que los cristianos habían llegado al lejano Cipango, tierra mítica antes solo reseñada por Marco Polo. Con los portugueses y los españoles llegaron jesuitas y franciscanos que, en pocas décadas, expandieron el catolicismo por aquel país feraz atomizado en reinos feudales. De la lucha sorda de ambas congregaciones y la aspiración comercial de Date Masamune, «daimyo» (señor) de Mutsu, cuya capital estaba en Sendai (al norte de Japón), surge la loca idea de navegar hacia Oriente en busca de la lejana España.

En la excepcional carta de Masamune a la ciudad de Sevilla, fechada en 1613, escrita en tinta negra sobre papel de arroz dorado, detalla el «daimyo» que «por particular providencia de Dios, viniendo el padre Fray Luis Sotelo a nuestro reino, oimos de él cosas excelentes de su santa ley y juzgámsola por santa y buena siendo el verdadero y cierto camino de la salvación». Fray Luis de Sotelo era un franciscano de familia pudiente de Sevilla que pasó gran parte de su vida en Oriente y aspiraba a establecerse como obispo de Japón. Su influencia en el señor feudal fue inestimable a la hora de emprender un viaje que, pasando primero por Sevilla («entre las naciones del mundo, la más conocida»), gran capital comercial de Occidente, aspiraba a proseguir camino hasta Madrid, sede de la corte, y Roma, asiento del Papa Pablo V.

La otra razón del viaje, la comercial, se detalla un poco más abajo: «También hemos sabido que en esa república se juntan muchos navíos de todo el mundo, y por esa causa asisten en ella muchos pilotos y otras personas muy diestras en la navegación. Vuestra señoría mande juntarlos y averiguar con ellos si es posible navegar derechamente desde el Japón a esa ciudad (...) para que siendo posible nuestros navíos navegen esa carrera todos los años».

La delegación nipona parte de Sendai en 1614, encabezada por Hasekura Tsunenaga, uno de los samurais más célebres de su época. La San Juan Bautista navegó hasta México con Fray Luis Sotelo, Hasekura, varios españoles y 150 japoneses. De Acapulco pasaron al Atlántico y en octubre de 1614 los encontramos ya en las costas de Sanlúcar de Barrameda. Antes de hacer su entrada triunfal en Sevilla, se alojaron en Coria del Río, un pueblo cercano a la capital. El trayecto de allí a la gran Sevilla ofreció un espectáculo inédito en la historia: cientos de japoneses vestidos a su usanza exótica desfilando hacia la ciudad en medio de un gentío inmenso: «Prosiguieron la cabalgada con increíble aplauso de la gente, que ocupaba los caminos principales hacia la puerta de Triana hasta llegar al Alcázar», escribe el cronista italiano Scipione Amati. El encuentro se selló con la mencionada carta, traducida inmediatamente al español, y la entrega de una katana («macana») y una daga al Ayuntamiento.

El despliegue municipal para alojar, acoger y agasajar a los japoneses fue ímprobo. La delegación japonesa visitó la Giralda y la Catedral, asistió a espectáculos de todo tipo y vivió a tutiplén. Tanto que, pasados los meses, el carísimo hospedaje se convertiría en objeto de debate en el cabildo de una ciudad cuyas cuentas estaban en número rojos. Diego Ortiz de Zúñiga reflejó esas quejas: «Esto está durando muchos días y la ciudad está muy pobre y sus acreedores padecen». Los gastos de la delegación japonesa se calcularon en su día en cerca de un millón de maravedíes, según refleja Marcos Fernández Gómez en su estudio «La misión Keicho (1613-1620. Cipango en Europa».

En Madrid, primero, y en Roma, después, la delegación japonesa fue acogida con amabilidad y se celebró el bautismo de los integrantes, entre ellos el del samurai Hasekura. Sin embargo, los recelos impidieron acuerdos concretos. Felipe III no veía con buenos ojos establecer misiones anuales entre ambos países al tratarse de un señor feudal y no del emperador mismo de Japón. Además, las «guerras» entre jesuitas y franciscanos empozoñaban la cosa. Tras el regreso a Sevilla y la partida hacia Japón, la situación político-religiosa dio la última puntilla a este sueño «globalizador». El país oriental empezó a relegar y luego expulsar y torturar a los cristianos y en apenas dos décadas se cerró durante siglos al comercio exterior y las confesiones foráneas. Fray Luis Sotelo murió, de hecho, martirizado, y Hasekura, de fiebres apenas un año después de volver a casa. Solo en Coria del Río germinó parte de esta gesta, custodiada en el ADN de sus vecinos.

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