«Primero me enganché a la cárcel; luego al sida y a la droga»

Necesita voluntarios para su fundación. A sus 94 años, el padre Garralda sigue luchando en favor de los desfavorecidos como el primer día. Tras ayudar en prisiones, el jesuita se desvive por los drogodependientes

Jaime Garralda
Jaime Garralda

A sus 94 años, el padre Garralda sigue luchando en favor de los desfavorecidos como el primer día. Tras ayudar en prisiones, el jesuita se desvive por los drogodependientes

Jaime Garralda ha heredado de su madre «la raza» que le permite a sus 94 años seguir trabajando en favor de los desfavorecidos como el primer día. La energía le viene de Jesucristo. Y es que el padre Garralda, es cura, «jesuita hasta las cachas», como suele decir. Es esta vocación, que surgió hace 70 años, la que le ha ido colocando en un lado u otro, pero siempre junto a los que más sufren. Estuvo en Panamá, y muy a gusto, pero le hicieron volver. En Madrid no encajaba en las casas de la Compañía insertas en barrios acomodados y de ahí se fue al Pozo del Tío Raimundo, donde comenzó su labor, viviendo en una humilde chabola. Ahí nació su extensa labor social y asistencial que desde hace 30 años se canaliza a través de la Fundación Padre Garralda-Horizontes Abiertos. En ese humilde barrio surgieron las casas que acogían a presos que no tenían a dónde ir en sus permisos. Hoy siguen, pero por todo el país.

También surgió el trabajo en las prisiones; casi por casualidad. «Una vecina había acabado en la cárcel de mujeres de Yeserías, en Madrid, y como a todos les daba cosa ir allí, me pidieron si podía ir a visitarla. Fui y me enganché a la cárcel, como luego nos enganchamos a la droga y al sida», explica. Acabaría siendo el capellán de la cárcel, pues su precesor lo dejó por desavenencias con las reclusas: «Le hacían boicot. No le hablaban ni le saludaban. Tampoco iban a misa. Bueno, a decir verdad, él empezaba la misa solo, pero de vez en cuando se abría la puerta y entraban cuatro o cinco que al llegar al altar se levantaban las faldas hasta la barbilla». Después empezó a trabajar en cárceles para hombres. De las prisiones, nacieron nuevas iniciativas: hogares de reinserción, programas para los niños de las reclusas, casas para que las mujeres con hijos terminen sus condenas. «Por lo menos ya no ven los barrotes», añade.

Hoy, el programa más numeroso y que más esfuerzos requiere es el que lidera en Las Tablas (Madrid) donde se levanta el centro de drogodependientes más grande de España. Allí vive con más de 100 hombres y mujeres «recogidos de las aceras, muy castigados por la droga». El padre Garralda les conoce muy bien, es «su abuelo»; sabe de sus alegrías y de sus penas. Y le quieren. Basta recorrer el centro con él para comprobarlo. Nos encontramos con uno de los internos, aunque a primera vista no lo parece. Es el «manitas». Garralda le pregunta:: «¿Volverías a la droga?». La expresión corporal es un «no» que luego se encarga de explicar con palabras. «Así, todos», apostilla el jesuita. «Aquí –continúa– no hay buenos ni malos. Somos todos iguales, personas que siempre tenemos que mejorar. Son buena gente, pero han tenido mala suerte con la droga. Han estado dirigidos por la droga, les exige y tiraniza. Es su enemiga, la odian, pero la necesitan. Cuando descubren que se puede vivir sin ella, tiran para adelante. En el fondo, son los más cariñosos, se matarían por cualquiera de los que les acompañamos. Quererles es la única terapia». Para Garralda no valen las soluciones de bata blanca o de manual, hay que escucharles, convencerles de que valen, de que no son malos. «El desprecio y la humillación que sufren es tal que no se creen capaces de salir. Lo explico con un ejemplo: Si viene un matrimonio con un niño, nunca se les ocurriría hacerle una caricia. Tienen complejo. Se dicen: soy preso, drogata, malo; si lo hago me matan».

Una de las historias que más le impactó fue la de Loli, a la que conoció en la cárcel de Yeserías. «Era la última de los últimos, de los tirados. No pesaba ni 30 kilos. Estaba en una acera ejerciendo la prostitución; hacía lo que podía. De nuevo en prisión se ahorcó. Fui allí y convoqué una oración en la capilla. Se abarrotó. Evidencié que esos desgraciados son los que Dios quiere. Loli, ahorcada con la lengua fuera. Era Loli, amada por Dios. Son escenas de tan abajo, pero siguen siendo personas», añade.

«Jesucristo me metió en este lío»

En el otro extremo están los que han logrado recuperarse: «Un día, paseando por Gran Vía, a la altura de un hotel, me para el jefe de seguridad. Era uno de los chicos que recogimos en una acera. He visto gente salir y volver a ser persona. Es raro pensar lo que cuesta convencerles de que son personas. Tienen un complejo taleguero que les agobia mucho, pero si se les da cariño, cambian por completo».

El jesuita reconoce que en ocasiones ha recibido críticas por volcarse tanto en la atención social. Le criticaron que hiciera misas en las casas, en la cárcel y «ahora lo hace hasta el Papa». «Un día, hace muchos años, me llamó el arzobispo de Madrid para que fuera a verle. Me dijo que le estaban llegando muchas protestas contra mí, pero me pidió que siguiese por ese camino, porque era el de la Iglesia. Y era un obispo muy conservador...». Y es que «el que me ha metido en este lío es Jesucristo».

Junto al jesuita, en Horizontes Abiertos trabajan más de 700 voluntarios de toda España, a los que hay que añadir un equipo multidisciplinar de 120 profesionales entre médicos, psiquiatras, enfermeros, psicólogos... Son los que dan vida a una obra que beneficia «a los marginados». Pero necesitan más, pues la fundación ha crecido mucho en los últimos años y son muchas también las necesidades que atender. «Pedimos gente que quiera colaborar unas horas un día a la semana. Necesitamos voluntarios para estar con los niños, los drogadictos, los marginados. Buscamos personas que quieran ser oxígeno en la cárcel, que recojan moribundos en las aceras. Es muy fácil y siempre estarán acompañados por un voluntario veterano», explica. Y es que, según añade, «lo que salva a un preso o a un marginado es el trato con el no marginado».