Turismo pobrista, una práctica de dudosa reputación

Cada vez resulta más habitual encontrar, paseando o pedaleando bicicletas, turistas ricos que buscan traspasar las fronteras de la miseria y aproximarse al lado oscuro de la vida. El turismo pobrista conquista los suburbios de todo el globo transformándose en un negocio millonario.

Durante dos horas, el turista puede conocer de cerca el lado más oscuro de la vida.
Durante dos horas, el turista puede conocer de cerca el lado más oscuro de la vida.

Un cuento breve

Por los suburbios de Alexandria, en Sudáfrica, las casas de hojalata se apiñan unas junto a las otras. Los niños harapientos no juegan, esperan, no saben a qué pero esperan, sentados en el polvo del suelo junto a sus padres sin trabajo. Hoy hace calor en los suburbios de Alexandria y el olor a residuos por la falta de alcantarillado alcanza un hedor insoportable. Las miserias más tristes del ser humano se envuelven en ese calor, sin futuro y sin empleo, y aún así consiguen arrancar briznas de brillo en sus miradas esperanzadas. En aquellas en las que todavía queda alguna traza de esperanza.

De pronto, en el silencio de los suburbios durante su hora más calurosa, se escucha alegre el timbre de una bicicleta. Y otro, y otro timbre abriéndose paso entre las chabolas. Los ojos sin esperanza levantan la mirada del polvo, enfocan la calle y se abren impresionados. Diez personas de color blanco, algo rosadas porque ayer les pegó el sol en el Lodge, pedalean resueltamente con las cámaras colgadas al cuello. A veces paran y hacen una fotografía a un crío, o de una casa que apenas logra sostenerse en pie. Olvidan al crío y la casa antes de seguir pedaleando.

Y qué importa nuestra opinión en un mundo donde cada cual tiene la suya.
Y qué importa nuestra opinión en un mundo donde cada cual tiene la suya.

Una práctica centenaria

Algo así debe parecer cuando se practica el turismo pobrista, una de las últimas modas para ricos occidentales en busca de lo que piensan que es lo auténtico. Esta práctica de dudosa moralidad consiste en visitar zonas de extrema pobreza en Nairobi, Nueva Delhi, Río de Janeiro o Alexandria, especialmente suburbios de las grandes ciudades menos favorecidas. Algunas agencias incluso organizan visitas, al más viejo estilo de los parques temáticos, aceptando la presencia de niños y mostrándoles amablemente el lado más oscuro de una infancia que jamás experimentarán. Uno se pregunta que cara pondrá un niño alemán al encontrarse de frente con los harapos de su homónimo brasileño, con qué gesto absorberá su alma infantil esta terrible realidad sin nombre.

Pero al contrario de lo que se puede pensar, esta práctica conocida como slumming (una variante del término inglés slum, que significa barrio pobre), no es nada nuevo. Las primeras visitas a barrios marginales comenzaron a efectuarse durante el siglo XIX en Londres, cuando familias acaudaladas visitaban el East Side para conocer la pobreza como quien visita un museo. Y al igual que ocurre en los museos, en el turismo pobrista se mira pero no se toca. Puede ser peligroso, o eso dicen las agencias que insisten en organizarlo.

El mundo de las opiniones se encuentra con el mundo real

El colmo de los colmos haciéndose fotos.
El colmo de los colmos haciéndose fotos.

Y qué importa nuestra opinión en un mundo donde cada cual tiene la suya. Los defensores de semejante práctica turística argumentan que de esta manera es posible conocer realidades que muchos no quieren ver, aunque sea durante dos horas, y numerosas agencias aseguran que parte de sus ganancias van destinadas a los barrios desfavorecidos, aunque ha sido demostrado que esta ayuda raramente llega a materializarse. También se aboga por la seguridad de los turistas, porque si visitasen en solitario estas localidades, podría ser peligroso para ellos. Lentamente, hasta convertirse en un negocio que atrae a millones de personas todos los años, el turismo pobrista ha conseguido convertir la miseria en algo exótico.

Sin embargo, la faceta más oscura del turismo pobrista es el voyerismo. Esta conducta se cumple en viajeros que buscan ir más allá en su experiencia con los barrios de miseria y dan un paso más, directo al abismo de la moral, buscando durante la noche algún tipo de satisfacción sexual que cumpla sus expectativas de viaje. Dentro de las actividades que se organizan en el turismo pobrista entra la visita a locales nocturnos, en principio para participar en el ambiente festivo de estas zonas, bailar su música, estudiar su color. Los visitantes más experimentados encuentran en estos locales hombres y mujeres, menores de edad en ocasiones, con los que satisfacer por un precio paupérrimo sus apetitos sexuales más oscuros.

Turistas de la pobreza retratados en una foto.
Turistas de la pobreza retratados en una foto.Rafael Robles (nombre del dueño)

Shanty Town

La guinda en el macabro pastel de la miseria, o el colmo de los colmos, según opine cada uno, se encuentra en Sudáfrica bajo el nombre de Emoya Luxury Hotel and Spa. Este hotel de lujo con 52 habitaciones recrea a la perfección (excluyendo el hambre, el miedo, el polvo y la miseria) uno de los clásicos barrios de chabolas del país africano. Situado cerca de Shanty Town, un pequeño pueblo en el que se representan como en un escenario las condiciones de estos barrios, todo está cuidado a la perfección para dar al visitante la oportunidad de sentirse, muy relativamente, uno más en las chabolas.

De esta manera, rodeado de lujo en la miseria, consigue el turista rico sentirse pobre por un día, sin ensuciarse y sin pasar frío, sin compromisos, para regresar a su hogar sintiéndose un poco más satisfecho consigo mismo.