La Ciudad Prohibida, una prisión de los emperadores chinos

Una caja dentro de una caja que está dentro de una caja. Así describen la ciudad donde residieron 24 emperadores chinos, hasta la caída de la monarquía en 1911. Era una jaula púrpura de la que nadie entraba ni salía sin el permiso expreso de los reyes. Hoy es un museo que atrae a millones de turistas al año.

Philipp Saal (nombre del dueño)

La importancia del palacio

Miles de años de tradición monárquica en el mundo han dado pie a increíbles construcciones palaciegas para albergar a sus cortes. Centros de cultura y de la vida política del estado. Cuánto más poderoso era un gobernante, más amplio, más alto y más bello era su palacio, como gritando al mundo entero: ¡Cuidado! Soy capaz de construir este palacio y mucho más. Será mejor que te mantengas lejos de mis fronteras. En las monarquías más autoritarias, estos palacios también servían como muestra de su poder al propio pueblo, imitando el mismo grito que los mantenía lejos de cualquier idea de sublevación. Tras los muros de mármol de los palacios se guardaba el rey de que sus súbitos vieran su verdadera figura, y mostrando únicamente las grandiosas construcciones, su parte humana era desconocida para la mayor parte de la población. Era el palacio, el castillo, sus muros decorados, la única imagen que el gobernante ofrecía a su pueblo. Una imagen de belleza y fuerza indestructibles. Es por esto que hasta bien entrado el siglo XVIII, la mayoría de las rebeliones contra monarcas se realizaban por sujetos de la propia corte, los pocos afortunados que conseguían penetrar estas densas murallas y conocían al verdadero monarca, al de piel y hueso. Ellos eran los únicos inmunes al hechizo del poder.

En el Palacio de la Armonía Suprema se guardaba el trono imperial y se realizaban las ceremonias más emblemáticas, como el aniversario del emperador o el Año Nuevo chino. FOTO: kwerzog (nombre del dueño)

El culmen de esta idea lo encontramos en Zijing - chen, la Ciudad Prohibida de Pekín. Construida durante los primeros años de la dinastía Ming y relanzada todavía más bellamente por la dinastía Qing, fue durante cinco siglos la residencia de veinticuatro emperadores chinos, hasta la creación de la república China en 1911. ¿Qué impulsó a convertir la Ciudad Prohibida en el centro político de la China Imperial? Como suele suceder en casos de semejante envergadura, fueron un cúmulo de causas. En primer lugar, la inestabilidad inicial de la dinastía Ming. Constituida tras la expulsión definitiva de los mongoles a mediados del siglo XIV, no fue bien recibida por quienes todavía apoyaban a la vieja dinastía Yuan. Fue su tercer emperador, Yongle, cuyo nombre se puede traducir como felicidad perpetua, quien decidió trasladar la capital del imperio desde Najing - la capital del sur - hasta Beijing - la capital del norte -, y crear el impresionante conjunto palaciego que afirmaría definitivamente su poder.

Una jugada maestra del emperador, que se aseguró el trono, para él y sus descendientes, durante los trescientos años siguientes. En segundo lugar, era necesario mantener el control sobre la frontera norte de China. Colindante con Mongolia y Rusia, era por definición histórica el punto más expuesto del imperio y precisaba de una mayor observación que, por ejemplo, el sur, donde el Himalaya actuaba como muralla natural contra los hindúes.

La Ciudad Prohibida, centro neurálgico del gobierno chino

¿Y por qué la Ciudad Prohibida? ¿Por qué no construir un único y enorme palacio, o una torre que llegase a tocar el cielo? Durante sus primeros años, la Ciudad Prohibida era conocida popularmente como “una caja en el interior de una caja que está en el interior de otra caja”. Y a esta enorme caja sembrada con cientos de edificios y bellos jardines la rodeaba una muralla púrpura, en relación con el color púrpura con que se representaba a la estrella polar de la astrología china. Alrededor de esa estrella giraba el resto de la bóveda celeste, y era por eso que la Ciudad Prohibida se construyó imitando esa misma estrella en el mundo terrenal, como un eje central en torno al cual gravitaría la vida social y política de la China Imperial. Era el centro de su mundo. Y en su núcleo se escondía, rodeado por cojines, concubinas y estatuas de jade, la imponente figura del emperador. Fue una jugada maestra de la psicología social, el golpe definitivo para imponer el control de la dinastía Ming en China durante los tres siglos siguientes.

El emperador Yongle fue el creador de la Ciudad Prohibida FOTO: anonymus (nombre del dueño)

Durante el resto de su historia, se entremezclan largos periodos de apatía con episodios de brusquedad, como el ocurrido durante la Segunda Guerra del Opio, cuando fuerzas francesas y británicas asaltaron el palacio. También sufrió la ira de las fuerzas leales a la dinastía Qing cuando esta se hizo con el poder, aunque posteriormente fue reconstruida todavía más ostentosa que antes. A lo largo de cinco siglos únicamente podían entrar en la ciudad miembros del gobierno y la realeza, además de un auténtico ejército de sirvientes a su disposición. Hasta 20.000 eunucos llegaron a habitar en la ciudad. Y diferentes palacios dentro del recinto servían de residencias. La emperatriz y las concubinas del emperador pasaban largos y aburridos días paseando el Jardín Imperial y los lagos interiores, y todas ellas habitaban el Palacio de la Tranquilidad Terrestre. El emperador elegía su residencia a su antojo, no había ninguna fijada. Bien podían descansar en el Palacio de la Armonía, o en el Palacio de la Pureza celestial.

Celestial, armonía, son palabras habituales en las dinastías chinas. Siempre dieron una gran importancia a la espiritualidad, y la arquitectura de la Ciudad Prohibida lo muestra perfectamente. Toda ella está mirando hacia el sur, y su puerta principal es precisamente la Puerta Meridional. Esto se debe a que la tradición china pensaba que los malos espíritus llegaban del Norte - evidentemente influenciados por la amenaza mongola -, mientras que era del Sur de donde venían los espíritus buenos. A ellos les miraban y les abrían las puertas. A los malvados les daban la espalda en señal de rechazo, y si intentaban entrar en la ciudad utilizando sus sucias artimañas, chocaban sin remedio contra la muralla.

Las dos caras de la Ciudad Prohibida

Pero como ocurre con toda moneda, la Ciudad Prohibida también tenía dos caras. El hermetismo que creaba con el pueblo respecto al emperador era bidireccional, esto es, que el pueblo no conocía a su emperador y el emperador tampoco conocía a su pueblo, encerrado como estaba en esta caja dentro de otra caja. Dejando a un lado el maravilloso esplendor que el palacio mostraba a sus impresionados visitantes, los pocos que tuvieron el honor de cruzar su puerta, la Ciudad Prohibida asfixiaba a sus habitantes dentro de las murallas, alejándolos de la realidad china. Aquí no había sequías, las lluvias torrenciales no hacían peligrar a los cultivos. Nadie pasaba hambre, ni sufría en la ciudad de los emperadores, y los combates diarios de la población por su supervivencia se les antojaban irreales, como un sueño independiente a ellos. Y es muy peligroso para un monarca desentenderse de las necesidades de sus súbditos, bien lo sabe Luis XVI de Francia. Así cumplía su función de prisión la Ciudad Prohibida. Encerraba en su jaula de lujo púrpura a la corte y dejaba a la intemperie a los ciudadanos. Visto el aislamiento de 500 años que vivieron los emperadores, no es de extrañar que China sea ahora una república.

La Ciudad Turista

Una imagen vale más que mil palabras. La Ciudad Prohibida ya no es un misterio para nadie. FOTO: B.M (nombre del dueño)

Uno puede imaginar que todo cambió drásticamente tras el ascenso del comunismo en China. El emperador Pu Yi había sido expulsado de la Ciudad Prohibida en 1924 y con la victoria definitiva de Mao Zedong en 1949, el recinto pasa a llamarse el Museo del Palacio. Las obras de arte que había albergado los años anteriores fueron enviadas a Taiwán e Inglaterra durante los últimos años del gobierno democrático y solo quedaron las paredes desnudas abiertas al público, como muestra implacable de la desaparición definitiva de la monarquía. La Ciudad Prohibida pasó a ser la Ciudad Turista - un concepto que me voy a permitir acuñar -, como tantos otros lugares prohibidos de la antigüedad. Desde 1987 forma parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y visitantes de todo el planeta acuden a raudales para embelesarse con su belleza.

Pero todavía quedan resquicios de tradición imperial en el bien formado entresijo de la moderna sociedad china. En el año 2001, Starbucks abrió una sucursal dentro del recinto y las presiones populares obligaron a cerrarlo en el 2007, considerando una falta de respeto que la vieja ciudad sagrada fuera profanada de esta manera. También hay quejas porque dos tiendas de souvenirs no permiten la entrada a ciudadanos chinos, únicamente atienden a los extranjeros, para así mantener el elevado precio de los productos que venden. Esta es ahora la Ciudad Prohibida. Construida por emperadores, saqueada por republicanos y disfrutada por occidentales.