Si quieres aprender a viajar, pregúntale al maestro Heródoto

Se sabe poco del griego que muchos consideran el padre de la historiografía. Un título que se le aplica tras haber escrito sus Historias, uno de los primeros textos griegos escritos en prosa, tras recorrer a lo largo de su vida amplias porciones del mundo conocido para investigar su pasado.

La necrópolis de Guiza es la mayor del Antiguo Egipto y está compuesta por las pirámides de Keops, Kefrén y Micerino

Cuando el tío de Heródoto, el poeta Paniasis, fue ejecutado por traición durante las Guerras Médicas, el joven historiador se vio obligado a huir de su Halicarnaso natal en busca de un refugio seguro. Se cocía el siglo V a. C. Las polis griegas estaban inmersas por aquél entonces en una cruenta guerra contra el Imperio Persa que se prolongaría durante años, hasta terminar con la victoria griega y una frenada definitiva en el avance del imperio aqueménida, y a dónde ir, dónde podía estar seguro el joven Heródoto, cuando la mitad del mundo conocido se hallaba hundido en el fango de la sangre y del hierro. Eran tiempos en los que viajar se trataba de un juego peligroso, en las carreteras crecían bandidos como las malas hierbas en un jardín descuidado, los choques entre naciones volvían peligroso alejarse demasiado de la seguridad del hogar. Viajar era la salida de los desterrados, los desesperados. Solo un comerciante rodeado por un nutrido grupo de mercenarios tenía alguna posibilidad de sobrevivir.

Viaje a Egipto

Pero viajar tenía un punto a favor. Era barato. Bastaba ofrecer tus manos a un labrador que encontrases por el camino para obtener cobijo y alimento por una noche. Al contrario de lo que ocurre hoy, cuando viajar es sencillo - basta subirse en un avión - pero terriblemente costoso. Parece ser que este hombre sin hogar quiso poner tierra de por medio durante algunos años, y decidió que sus pasos le llevarían al misterioso reino de Egipto. El país del Nilo obraba una inmensa fascinación en los eruditos griegos por aquellos años, hasta aquí acudían para beber de la sabiduría que manaban sus sacerdotes, aprender matemáticas y biología. Parecía un buen lugar donde cobijarse mientras terminaba la tormenta de la guerra.

Algo se torció en el espíritu de Heródoto al conocer Egipto. Sus fascinantes costumbres, los imponentes edificios de piedra parda, sus momificaciones y la riqueza cultural que fluía por el caudal del largo río no tardaron en fascinarle y provocar en él un radical cambio de mentalidad, probablemente influido por el pasado intelectual de su difunto tío. Se formuló la primera pregunta. ¿Por qué volver a recluirme en Halicarnaso, teniendo un mundo entero por descubrir? Quizás no lo supo en un primer momento, pero lo ocurrido a Heródoto es común entre los viajeros del mundo, un estigma que todos cargan, mitad bendición y mitad maldición al impedirles descansar por demasiado tiempo bajo ningún techo fijo. Recibe el nombre común de curiosidad. Una curiosidad insaciable, siendo tantas las bellezas de este mundo que ni mil vidas serían capaces de mitigarla.

Estatua del sabio Heródoto en Viena.Juan Carlos

A esta primera pregunta le siguieron como un torrente cientos de preguntas más. ¿Cómo momifican a sus muertos, exactamente? ¿Quién construyó este o aquél edificio? ¿Más allá de Egipto queda tierra por descubrir? Preguntas y pasos se barajaban en su camino. Probablemente vivió algún que otro tropiezo. Se respondía a las preguntas, existen tres tipos de momificación y cada proceso es así o asá, las pirámides de Guiza las levantaron por orden de Keops y Kefrén y Micerino, debajo de Egipto habitan los etíopes, y rápidamente encontraba nuevos misterios por descifrar. Viajaba ligero, apenas le acompañaba un sirviente fiel, y preguntaba con espíritu de reportero contemporáneo a las fuentes que encontraba. Ryszard Kapuściński lo nombró el primer reportero de la Historia. Incluso se permitía el lujo de dudar. No corría con sus preguntas y bebía las respuestas sin detenerse a probar su sabor, él decía que “me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no a creérmelo todo a rajatabla; esta afirmación es aplicable a la totalidad de mi obra”.

Su procedimiento era sencillo: un paso, una pregunta, una respuesta, una duda, una palabra escrita. Y vuelta a empezar. Así trabajaba el primer viajero de la Historia y así lo han hecho millones tras de él.

Viajes a Persia

Terminó la guerra y Heródoto, ya experto interrogador del alma, se hizo una nueva pregunta. ¿Regreso a casa o aprovecho los tiempos de paz para visitar Persia? Sabemos la respuesta, le catapultó a la Historia, cogió su morral y se dirigió a Babilonia. Algún día escribiré un artículo sobre Babilonia para concederle la importancia que merece, pero hoy diremos que esta ciudad es el origen de las grandes ciudades, una columna base en la Historia del mundo por ser un Jardín del Edén construido por el hombre. Heródoto asió fuerte su morral y caminó hacia Babilonia.

Pasó los años siguientes profundizando en la Historia persa. Le fascinaba conocer las desventuras y aventuras (en su mayor parte desventuras) que vivieron los diferentes emperadores aqueménidas, los movimientos migratorios de los pueblos y responderse a las preguntas. ¿Quién se mueve? ¿Hacia dónde? ¿Por qué? Apuntarlo en sus pergaminos y seguir caminando. Me gusta imaginar a Heródoto como un hombre de mediana edad, con la barba grisácea manchada de polvo, la túnica bien colocada y las sandalias desgastadas. Con una mano aguanta los vaivenes de su morral y con la otra sujeta firme la vara.

En su regreso a Atenas leyó al público sus descubrimientos y rápidamente se ganó el reconocimiento de los sabios. Narraba historias que hasta entonces fueron puro rumor, fantasía del pueblo, para convertirlas en la realidad que basa la razón que por entonces buscaban aquellos sabios. Murió años después, ya anciano, Dios sabe dónde. Tras esta breve estancia en Atenas retomó sus viajes y su leyenda se desfigura, pudo regresar a Atenas y morir en una plaga, o en Macedonia, o en Turius. No importa demasiado dónde murió, si tampoco tuvo importancia dónde vivió este hombre sin tierra. De Heródoto importa lo mismo que le importaba a él, que es precisamente plantar en el hombre la simiente de la duda, abrir la puerta a la Historia de la humanidad y conocer, insaciable y sin descanso. Los grandes hombres son así. Sus obras eclipsan la pequeñez de sus personas.