Hércules, fundador de España

Entre las leyendas que procuran explicar el origen de numerosas ciudades, incluso la creación de los Pirineos, encontramos la figura de este semidiós mitológico, en uno de los mejores ejemplos de la rica cultura española

Puede ser que el título sea algo pretencioso pero tampoco anda del todo desencaminado. Cualquiera que haya viajado lo suficiente por nuestro país, coincidirá conmigo en el generoso número de leyendas nacionales que circulan en torno a este héroe griego, a partir de la creación de ciudades, mitos, tesoros. Los hay quienes incluso aseguran que su figura sirvió como base para la religión cristiana. Hijo del padre de los dioses (Júpiter) y de una mujer mortal, nacido el 25 de diciembre, se dice también que logró descender al infierno y salir de allí con vida, y el mito termina con que, tras su muerte, fue sentado junto a su padre en el cielo. Pero no vamos a complicarnos descifrando cuánto de verdad y de mentira habrá tras estas afirmaciones porque sería una pérdida de tiempo y no es el tema del artículo.

Hércules en Roma, Heracles para los griegos. Conocido por su fuerza sobrehumana y su cólera divina. Protagonista de las moralejas que escribieron los sabios antiguos y de alguna que otra película de Disney. Las sagas sitúan su figura en torno al siglo XIII antes de Cristo, en una época cercana a la que pudo vivir Moisés, y apenas existen referencias en su mito original que ubiquen al personaje en nuestro país. Sin embargo, leyendas posteriores lo han desperdigado a lo largo del mapa peninsular, de punta a punta. Veamos dónde podemos encontrarlo.

Fundador de ciudades

Abreviando la historia del semidiós, digamos que tras matar a su mujer y a sus hijos en un arrebato de locura inducido por la diosa Hera, Hércules fue obligado a ponerse al servicio de su primo Euristeo, rey de Argos, para completar diez trabajos (que posteriormente serían doce) y ganar así algún tipo de redención. Entre estos trabajos destaca su combate con el gigante Gerión, una terrible criatura formada por tres cuerpos y de sádicas intenciones, para robarle su ganado de toros. Primer detalle, los toros mientras hablamos del país cuyo animal más representativo es el toro.

La leyenda sitúa al monstruo en la isla Eriteia, en la región que hoy conocemos como Cádiz. Tras aparecer Hércules con su maza y armadura de piel de león, el gigante huyó, lo cual es comprensible, lo más al norte y lo más rápido que pudo, hasta alcanzar la región que hoy conocemos como Galicia. Allí ocurrió el enfrentamiento definitivo, allí triunfó el semidiós, y tras matar a Gerión utilizando flechas envenenadas, decapitó al gigante y lo enterró bien profundo bajo tierra. En honor a su victoria fundó la ciudad de Crunna, hoy Coruña.

Pero hay más. Después del trabajo la leyenda continúa en Sevilla, que según el mito fue fundada por él mismo y nombrada Ispal en honor a su hijo Híspalo. De esta manera, todos los habitantes de la península recibirían el nombre de hispanos debido al vástago de Hércules. Un dato curioso, cuanto menos.

Sigamos, ahora en Toledo. Entre las decenas de leyendas que buscan apropiarse de la fundación de la capital manchega, entra aquella que atribuye su primer asentamiento al semidiós, hasta el punto de que todavía hoy puede encontrarse una cueva conocida como la Cueva de Hércules y que también posee su propia historia.

En tiempos visigodos se dijo que Hércules había escondido un brillante tesoro en esta cueva, aunque se rumoreaba que no se debía entrar porque el héroe habría puesto una maldición contra quien lo hiciera. El desdichado que buscó comprobar la veracidad del hechizo fue el rey Rodrigo. El mismo que perdió su reino a manos de las tropas musulmanas en el 711. Entró en la cueva, abrió un cofre adornado con ricos grabados y, oh desilusión, los suculentos tesoros que guardaba desaparecieron y en su lugar aparecieron dos rollos de pergamino. En uno de ellos, bajo los dibujos de unos guerreros de apariencia árabe, se leía la siguiente inscripción: “Cuando sea abierta esta casa y se entre en ella, gentes cuya figura y aspecto sea como los que aquí están representados, invadirán este país, se apoderarán de él y lo vencerán”. El resto es Historia.

Cádiz, Barcelona, Seo de Urgel y Tarazona también han sido señaladas como ciudades fundadas por Hércules.

Moldeando la geografía peninsular

Es de sobra conocida la fuerza de Hércules hasta el punto de que, mediante el simple uso de sus poderosos brazos, era capaz de sujetar la bóveda celeste. Se escucha una leyenda que afirma que fue él quién separó la región que hoy conforman el sur de España y el norte de África (antes unidas por tierra), solo porque así sería más sencillo acceder a la isla en la que residía el desafortunado Gerión, a través de la creación de un paso que uniese el Mediterráneo con el Atlántico. Asombrado por su propia hazaña, quizá haciendo gala de cierta personalidad narcisista, erigió un monumento a ambos lados del estrecho que hoy conocemos como las Columnas de Hércules. Todavía pueden verse en el escudo de nuestro país.

Ahora vamos a por uno de los mitos más asombrosos que relacionan a Hércules con España. Atención al dato. Todavía recordamos a Gerión el malvado, el antropomorfo, el vaquero pistolero, el asesino. Cuenta la leyenda de esta criatura que entre sus atrocidades ocurrió la de asesinar al rey Tubal, nieto de Noé y primer monarca de la península.

¿Cómo? ¿Una figura bíblica relacionada con un mito griego? Ya te avisé de que era asombroso.

El caso es que Gerión mató a Tubal y la hija del último, Pyrene, huyó a los bosques de cierta llanura para escapar de la ira del gigante. Pero el malhechor, que buscaba casarse con la princesa para hacerse con el control de la región, descubrió enfurecido que ella nunca le aceptaría y que, si quería coronarse rey, primero debía matar a Pyrene. Demasiado cansado por el trajín de sucesos ocurridos, pensó que la forma más efectiva para asesinarla consistiría en prender fuego a los bosques, hasta que las llamas la alcanzasen. Así lo hizo y así la alcanzaron las llamas.

La princesa aulló angustiada, pidió auxilio y fue rodeada por las llamas. Hércules, que casualmente pasaba por la zona en busca del gigante, escuchó los chillidos y corrió veloz a socorrerla. Tarde. Para cuando alcanzó a Pyrene, la princesa yacía moribunda y tragando sus últimas bocanadas de vida. Solo hubo tiempo para explicarle su historia al héroe, antes de expirar, y de que este fuese testigo de su belleza inigualable. Entristecido y medio enamorado de la princesa fallecida, Hércules quiso enterrar su cuerpo y colocar unas pocas rocas que señalasen su sepultura pero, ya sabemos cómo son estos héroes, algo despistados, y piedra a piedra se le fue de las manos hasta crear lo que hoy conocemos como los Pirineos. Casi sin esfuerzo, apenas sin darse cuenta.

El truco del almendruco

Llegados a este punto, cualquier lector de mente cuerda habrá imaginado que los hechos narrados nunca llegaron a suceder. Son historias, deliciosa fantasía. Ya tan atrás como los tiempos de Pompeyo Trogo (siglo I a. C) se procuró otorgar cierta veracidad a la historia de Gerión, al explicar que este no era un gigante de tres cuerpos, sino tres hermanos de elevada estatura que atacaron a Hércules después de que este intentase robar su ganado. Pero en el siglo XXI, ni siquiera esta aclaración vuelve el mito uno convincente. Por esta razón nos preguntamos, ¿de qué pluma procedió esta explosión de imaginación española?

La respuesta se encuentra en Alfonso X el Sabio, querido tocayo, en su obra General Estoria. En esta recopilación de Historia colosal dedica 42 capítulos al semidiós, en un intento por explicar sus trabajos y la conexión que estos tuvieron con España. Las ciudades que se supone que fundó fueron especificadas por el monarca castellano, barajándose los sucesos bíblicos con la apasionante vida del héroe griego (y romano), así como la hazaña de los Pirineos y la apertura del Estrecho de Gibraltar.

¿Que llevaría al famoso rey a escribir estas historias? ¿Propaganda, quizá la creación de un mito fundacional donde apoyar la fama de su reino? ¿O lo creía en realidad? En su libro, Alfonso X asegura que los hechos que narra son tan verídicos como los dedos de sus manos, se piensa que realmente creyó en todo este entramado de leyendas y religiones. Incluso afirma que él no hace más que dejar constancia escrita de leyendas que ya llevaban siglos circulando de boca en boca entre los sabios de su reino. Con todo, tenemos mucho que agradecerle. Verdad o no, una buena historia siempre es mejor que un aburrido espacio en blanco.