Cuatro pueblos abandonados en España que no dan ningún miedo

Ya ha pasado Halloween y el miedo, ahora llega el turno de descubrir un lado más amable de los pueblos que conforman la España vaciada

El pueblo de Craco abandonado, en Italia.Mele Coronatopixabay

Los seres humanos hemos conseguido lo impensable. Fuimos capaces de crear una serie de entornos absolutamente contrarios a la naturaleza, expulsamos de estos cada resquicio de vida ajena que nos fuera posible, en ocasiones los rodeamos con murallas para asegurarnos el encierro, los llamamos ciudades, terminamos por salpimentarlos con todo tipo de estruendos horribles como bocinazos de coches y motores y vibraciones escandalosas y gritos y, tras hacer todo esto, nos metimos aquí dentro y nos sentimos seguros. El hombre de ciudad camina con paso resuelto entre los tronidos de las brocas pero tensa el cuerpo cuando escucha los sonidos suaves de un pueblo abandonado. Un hilo se estira en el urbanita, al encontrarse en el centro de cualquier lugar que antes fue una ciudad plagada de ruidos y ahora es puro silencio. No nos sentimos a gusto. No nos fiamos.

Será por eso que los pueblos abandonados provocan en nosotros ese temor estúpido, al sentirnos desnudos de ruidos, y es habitual encontrar artículos sobre localidades abandonadas para exprimir una noche de terror. Hoy buscamos lo contrario. Renegamos de nuestro lado humano y damos unos pasitos tímidos de vuelta a nuestro estado natural. Conseguimos desprendernos de nuestro miedo al silencio. Aquí vienen cuatro pueblos españoles que resultan imprescindibles para sacudirnos los temores y disfrutar de ellos.

Turruncún

Turruncún.Miguel Ángel GarcíaCreative Commons

Situado al este de La Rioja, muy cerquita de su frontera con Navarra, se puede encontrar con facilidad debido a su privilegiada posición en un altozano. Está completamente abandonado desde los años 60 del siglo pasado, todo coloreado del tono del barro desgastado de sus edificios que se quiebran. Visitarlo aporta sensaciones quebradizas, precisamente, igual de satisfactorias que un palito seco al partirse con un chasquido. Devuelven de alguna manera nuestro poder sobre el entorno, al saber que debemos andarnos con cuidado porque de lo contrario, de apoyarnos en la pared equivocada, provocaremos uno de estos chasquidos. Pinos y arbustos engullen muy despacio la localidad, de la que ya no quedan en pie más que la torre de su campanario y muros aleatorios de sus otros edificios. Y mezclados con este panorama de fragilidad, semienterrados en una porción de tierra removida junto a la iglesia, todavía pueden encontrarse los restos (ya huesos) de los moradores de lo que un día fue un cementerio. ¿Escalofriante? No lo creo. Solo es un dibujo que nos explica cómo pasa el tiempo, qué estrategias utiliza para renovar los paisajes que le han tocado.

Jánovas

Jánovas.Juanje 2712Creative Commons

Siguiendo esta línea del tiempo renovando sus paisajes, llegamos a Huesca. Y es cierto, el tiempo no puede chasquear los dedos y sacar de la nada nuevas piedras y montañas y llanuras, no funciona así, sino que debe trabajar con lo que tiene y moldear el barro con la piedra que encuentra hasta darle la forma que desea. Utiliza en su favor la vegetación que crece rápido. En Jánovas nada de esto habría ocurrido si la empresa Iberduero - que hoy llamamos Iberdrola - no hubiese intentado realizar un proyecto hidroeléctrico que amenazaba con inundar la localidad, y hoy no veríamos centenares de arbustos y arbolitos mordisqueando la piedra hueca. La historia es que quisieron hacer este embalse pero los vecinos se negaron en redondo, algunos incluso llegaron a dinamitar sus propias casas antes de regalárselas a nadie, y la energética tuvo que utilizar métodos más disuasorios para echarlos. Expropiaron casas con la colaboración del gobierno, se cortó la luz a los vecinos, talaron frutales y olivos, se araron los campos sembrados... En 1984 lograron vaciar el pueblo. Y, ironías de la vida, en 2001 se determinó que el proyecto de Iberduero era inviable y no se llevó a cabo. Hoy Jánovas está allí, sospecho que todavía esperanzado por que un día vuelvan a repoblarlo.

Aramunt Vell

Capilla de San Fructuoso en Aramunt Vell.Teresa LlenaCreative Commons

Este pueblo medieval abandonado en Lérida viene con moraleja. Resulta en un entramado de edificios delicioso, cargado de personalidad propia desde que sus casas exteriores crean un anillo parecido a una muralla en torno al resto de la localidad. Solo era posible acceder a su núcleo a través de dos pequeños portales. Un pueblo amurallado por el propio pueblo, que llegó a tener una población considerable a principios del siglo pasado y fue uno de los primeros pueblos catalanes en contar con luz eléctrica. Hasta tres ermitas podían encontrarse como símbolo evidente de su importancia. Hoy son ruinas y apenas pueden apreciarse esquirlas de color azul en sus altares. Un color azul y desnudado que contrasta bruscamente con el tono húmedo de los ladrillos. Las calles estrechas y el anillo que rodeaba a la localidad volvieron inútil este pueblo en tiempos del automóvil, cuando fueron necesarias las aceras más anchas y comenzó a resultar pesado el tener que utilizar nada más que caballos en el interior de Aramunt Vell. Lo original no siempre es lo más práctico. Cansados por esto y la escasa riqueza de la tierra, terminó por ser abandonado en 1972. Hoy cuenta con un centro de formación para reconstruir edificios y nada más que un puñado de casas rehabilitadas en la parte más baja de su altozano.

Miravete de la Sierra

El río Guadalope a su paso por Miravete de la Sierra.Sarandreu84Creative Commons

He querido dejar el más bonito para el final. Este pueblo turolense no está abandonado al completo porque todavía aguantan en él 42 personas, de 2.500 que llegó a tener a principios del siglo pasado. Lo incluyo en la lista no solo por estar prácticamente abandonado, sino para mostrar también al lector ese paso tan corto que separa una localidad vaciada y una que rebosa vida. Miravete de la Sierra se encuentra en esta delicada frontera: aquí todavía se susurran escasos ruidos de ciudad pero, siendo tan suaves, los cubren casi por completo los chillidos libertadores de la naturaleza. Aunque no pueden evitarse ciertas dosis de nostalgia al pasearlo. Esta localidad tiene su origen en la Edad de Hierro, fue utilizada como terreno de caza por importantes reyes aragoneses, rezumó vida durante siglos. Hoy, un pequeño puente deja paso al río Guadalope sin molestarse por las cosquillas del agua. La naturaleza, inscrita en ese río y en las arboledas de su alrededor, parece esperar con impaciencia a que la localidad se vacíe de forma definitiva, para saltar y devorarla como solo ella sabe hacer: sin musitar un solo ruido.