Campos de batalla en España: una derrota carlista en Mendaza

A las afueras de una minúscula localidad navarra, todavía puede pisarse el mismo suelo que pisotearon los ejércitos carlistas e isabelinos en esta batalla

Campo de batalla de Mendaza.
Campo de batalla de Mendaza. FOTO: Alfonso Masoliver

Los políticos de hoy nunca hablan de las Guerras Carlistas. A mí eso me extraña y estoy seguro de que a muchos otros también les sorprenderá. No me extrañaría nada si tampoco hablasen sobre la Guerra Civil, pero esta sí que la mencionan, entonces cuesta entender por qué no llegan a susurrar siquiera una sílaba acerca de la retahíla de conflictos y masacres que moldearon como las manos de un alfarero trastocado la sociedad de nuestro país, hasta transformarla y empujarla al conflicto posteriormente conocido como Guerra Civil española y del que todo el mundo habla. Entonces nosotros sí que vamos a hablar hoy de la Primera guerra carlista. Es importante que hablemos de ella por dos razones: la primera, porque no importa qué centímetro de terreno pisemos hoy en Navarra o País Vasco que encontraremos semienterrado en el suelo un pedacito de Historia relacionado con esta serie de conflictos; la segunda, porque es importante conocer nuestros orígenes más allá de aquellos tan llamativos y mencionados en el televisor.

Fíjese el lector que la Primera guerra carlista fue un follón de mucho cuidado pero que, si buscásemos resumir con un puñado de palabras de qué se trataba, quizá podríamos decir que fue un conflicto protagonizado por Isabel II (hija de Fernando VII) y su madre María Cristina (esposa de Fernando VII), contra Carlos María Isidro de Borbón (hermano de Fernando VII), todo esto porque ambos bandos codiciaban para sí el control de la corona española. Que mientras los isabelinos se caracterizaron por una ideología liberal (antes se utilizaba esta palabra para designar a los más progresistas) o moderada, además de ligeramente anticatólica (asesinaban a monjas y sacerdotes cada poco tiempo y fueron ellos quienes orquestaron la desamortización de Mendizábal pero aun así utilizaremos esta palabra para no ofender a nadie, ligeramente), los seguidores del carlismo eran de un corte más conservador y profundamente religioso. No pretendo decir que aquí acaba la explicación sobre el conflicto pero nos servirá para empezar a comprender cómo se formaron entonces esas “dos españas” que han ido evolucionando y distanciándose progresivamente a lo largo de los siglos siguientes. Incluso podríamos encontrar a los famosos requetés (carlistas catalanes) combatiendo del lado sublevado durante la Guerra Civil, hasta aquí encontramos su influencia.

El tío Tomás

Que todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos sobre la mar. Que agua pasada ya no mueve molino. Pero cuando los caminos sobre la mar y el agua en general aparecen manchadas entre 1833 y 1840 con la sangre de 126.000 españoles y 20.000 combatientes internacionales, y ese molino con tropezones de carne supone el último paso de España hacia su declive frente al mundo, pues merece la pena hablar de todo esto, aunque solo sea hoy.

Zumalacárregui se entrevista con el pretendiente carlista, don Carlos María Isidro
Zumalacárregui se entrevista con el pretendiente carlista, don Carlos María Isidro

Hoy estamos en los campos de Mendaza, al sur de Navarra, cogidos con fuerza de la mano del tío Tomás. Así es como llamaban las tropas carlistas al mejor de sus generales, al más astuto de todos ellos, al mismo que falleció en 1835 por la infección que le provocó una bala alojada en su pierna y por la torpeza del galeno: Tomás de Zumalacárregui. El que puso de moda la boina roja. No hablamos de él en el televisor pero todos estudiamos su nombre en el colegio. Y cuando pisamos la tierra seca y arada de Mendaza, escarbamos en la arena con las manos y nos pasamos el polvo por toda la cara, solo para relamernos las comisuras y memorizar su sabor, deberíamos tener su nombre grabado a fuego en nuestros pensamientos: Tomás de Zumalacárregui. El tío Tomás. El lobo de Las Amezcoas. El mismo veterano de la Guerra de Independencia que, después de haber sido prácticamente recluido en Pamplona por los partidarios de Isabel II, consiguió huir de la ciudad para reunirse con el grueso del ejército carlista, tomó el mando para alivio del pretendiente y se dedicó durante los meses siguientes a vestirse con la piel de los fantasmas.

Conocedor de que el ejército isabelino superaba con creces (tanto en preparación como en armamento y número de tropas) al suyo, el tío Tomás recicló las técnicas guerrilleras que aprendió de chaval en su lucha contra los franceses, y así se dedicó a aparecer y desaparecer a lo largo de Navarra durante meses, trayendo de cabeza a sus enemigos. Se dice que enterraba sus cañones en determinados puntos estratégicos y que, cuando su ejército pasaba por alguna de estas zonas, los desenterraba, bombardeaba al enemigo hasta hacerlo picadillo y volvía a enterrarlos hasta el mes siguiente. Que tuvo al paisaje por segundo jefe de su ejército. Cosas así. Era un fantasma, un lobo. Un hombre que, de haber sobrevivido a aquél balazo que recibió de rebote durante el asedio de Bilbao, quién sabe, quizá habría cambiado drásticamente el destino de nuestro país.

El mito se enfrenta a la realidad

Pero el tío Tomás no siempre triunfaba. Cuando licenciaba a sus hombres y estos regresaban a sus pueblos, eran rápidamente capturados por agentes isabelinos y ejecutados antes de merendar. Luego convocaba de nuevo a sus fuerzas y se encontraba con que estas habían descendido su número, todo esto sin haber presentado batalla. Y donde los ejércitos isabelinos poseían un entrenamiento militar profesional, los carlistas no dejaban de ser fogosos cabreros y agricultores idealistas que distaban mucho de la preparación de un ejército regular. El tío Tomás no tenía nada que hacer cuando se enfrentó a las fuerzas del general isabelino Luis Fernández de Córdoba, en los campos limpios de Mendaza. Aquella tarde de diciembre de 1834 no tenía nada que hacer.

La Basílica de San Gregorio Osciense, no muy lejos del campo de batalla.
La Basílica de San Gregorio Osciense, no muy lejos del campo de batalla. FOTO: Alfonso Masoliver

Estamos pisando el mismo suelo que pisaron dos ejércitos hermanos hace casi 200 años. La coordenadas de la batalla que nos indica Wikipedia son 42°38′11″N; 2°14′55″O, que terminan por llevarnos a la cima de una pequeña loma que nos permitirá estudiar con facilidad el campo donde se desarrollaron los horribles acontecimientos. Desde aquí observamos, tal y como se podía ver en entonces, las localidades navarras de Mendaza, Cábrega, Asarta y Nazar. No cuesta nada hacer un desdoblamiento de la imaginación para apostarnos también en una de las ventanas de cualquiera de sus casitas, así podremos ser espectadores del combate en segunda fila, tal y como lo fueron los lugareños en su día. Muy lejos de nosotros, parecido un alfiler diminuto, brilla con un tono apagado y dominando todo el valle la Basílica de San Gregorio Ostiense. Y las pequeñas colinas del valle suben y bajan, suben y bajan, ocultando pedazos enteros de tierra a cualquier general que esté situado en uno de los extremos del campo de batalla.

Súbitamente nos asalta un pensamiento perturbador: ¿hará la sangre humana de buen abono para esta tierra de labranza? Pero no tenemos tiempo para contestárnosla. Las tropas del tío Tomás llegaron aquí de madrugada, mientras una parte de su ejército lleva escondida desde la noche anterior entre un bosquecillo de encinas en la montaña de Dos Hermanas, para así caer en el momento oportuno sobre el flanco izquierdo de los isabelinos y masacrarlos. No tenemos tiempo para arrancar una florecilla rebelde que crece en el sembrado, antes de que las botas y las ruedas de cañón la pisoteen. A mediodía apareció el ejército isabelino y la escarcha del invierno se derritió hasta el final. Cuando el general Luis Fernández de Córdoba se encontró con lo que creyó que era el ejército carlista al completo, y al descubierto en un hondo de este mar impredecible de colinas, ordenó a su segundo Marcelino Oráa que avanzara la vanguardia. Pero Marcelino era navarro, había luchado contra Napoleón a las órdenes del guerrillero Espoz y Mina, era astuto y conocía la forma de pensar de Zumalacárregui. Hizo caso omiso de las órdenes de su general y galopó directo a Dos Hermanas, acabando así con el efecto sorpresa de los carlistas que, finalmente, nunca llegó a ser ninguna sorpresa. A partir de allí, la batalla consistió en una sucesión de disparos y alaridos que se dirigían hacia un único final: la primera derrota de Zumalacárregui en campo abierto y la retirada en desbandada de las tropas carlistas.

Dicen que las guerras funcionan así. Un paisaje precioso se convierte en ruido, la imagen se doblega frente al sonido, ocurren uno o dos momentos dignos de escribirse en los libros (pero no de mencionarse en el televisor) y el paisaje vuelve a su posición original, solo que esta vez se quedará manchado. Suceden un número indeterminado de lloviznas y cuando el arado ha pasado sobre la tierra machacada, la mancha desaparece, todo se entierra de nuevo, y muchos años después aparecemos nosotros para escarbar y volver a verlo todo, simplemente por curiosidad.