Sitges, el cementerio Sant Sebastiá

El Cementerio en Sitges, es un simple terreno de planta irregular, pero algo en él es especial, haciendo que nos planteemos cómo seguir viviendo lo que nos queda de vida.

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23 de agosto de 2018. 10:07h

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Maica Rivera/ Foto. Miguel Berrocal.  23/8/2018

El Cementerio en Sitges, es un simple terreno de planta irregular, pero algo en él es especial, haciendo que nos planteemos cómo seguir viviendo lo que nos queda de vida.

Situado frente al mar está rodeado por un muro blanco –típico de los cementerios mediterráneos–, y, por la belleza de sus esculturas, pertenece a la Ruta Europea de los Cementerios, reconocida por el Consejo de Europa desde el año 2010 con la mención .

A día de hoy, la ruta la conforman sesenta y siete camposantos pertenecientes a cincuenta y cuatro ciudades de veinte países. Este itinerario presenta a los cementerios como lugares importantes de visita para aprender sobre nuestra cultura.

Más de dos siglos...

El primigenio cementerio de Sitges se encontraba en el junto a la iglesia parroquial, pero en 1773 el obispo de Barcelona decidió el traslado a otro emplazamiento, y el 23 de febrero de 1814 se bendijo el nuevo camposanto con el nombre de Sant Sebastiá.

La ermita homónima que destaca en una de sus fachadas es posterior a su construcción, siendo edificada en una de las diversas reestructuraciones y ampliaciones que se realizaron hasta alcanzar su aspecto y dimensión actual.

En el camposanto ya no se celebran enterramientos. En su interior, a la vez que las inscripciones de los epitafios desconciertan por encontrarse algunas de ellas en inglés... Quizs esta mezcolanza indique que la muerte ha decidido competir con el caos de la vida para no ser tan temida.

El valor artístico –principalmente de estilo modernista– y antropológico de todo el conjunto, así como la paz que se percibe en el recinto, hacen del lugar un punto de gran interés para el viajero.

La Historia es la suma de todas las historias unidas

Entre los pobladores del cementerio se encuentra Pepeta Moreu. Fue el amor imposible de Gaudí. La única mujer que recibió una propuesta de matrimonio del arquitecto. Se cree que se conocieron en torno a 1880 y tras cuatro años de cortejo por parte del genial artista, ella le rechazó.

Antoni Gaudí se refugió en la que sería la pasión de su vida, La Sagrada Familia, encargo que recibió en 1884. ¿Quién sabe qué habría sucedido con el proyecto de “su” templo si él se hubiera casado y llevado otra vida?

Al contemplar la inscripción del nicho en el que Pepeta yace, la imagino tocando su piano mientras Gaudí escucha... Es el efecto de los cementerios y sus tumbas: desvelan verdades que hacen pensar que sucedera si llevásemos otra vida.

Posiblemente, de todas las certezas que este cementerio encierra, la de Pepeta sea la más representativa de como la historia es la suma de todas las historias unidas.

En el interior del cementerio Sant Sebastiá

Frente al mar, los cipreses sobresalen coronando el blanco muro con ramas que el camino al cielo indican, no sea que las almas, ante el azul del Mediterráneo, se dirijan a él confundidas, pues, según una antigua leyenda, si lo hacen se convierten en criaturas marinas.

Una sencilla puerta al entrar, y tras ella, desarma la serenidad que se respira. Se yerguen las esculturas modeladas con tanta maestría que transmiten

Las paredes que en el exterior son un uniforme muro blanco, en el interior son una composición de múltiples losas que cierran los nichos, tan distintas entre ellas, que parece forman una abstracta pintura: blanco, ocre, gris, negro...

la parte central, pequeos senderos de guijarros invitan a perderse entre las tumbas. Se mezclan sepulcros con lpidas y cruces sencillas. Deambulando entre ellos, el olor de la muerte va envolviendo, ganándole la batalla al de la vida..., y poco a poco deja de distinguirse el aroma del mar, el de los rboles, y el de las flores que all respiran. Es su respiración la que desarma al entrar, por su resignación a no tener fragancia alguna.

Entre las estatuas, un poco extraviada, pienso en lo efímera que es la vida y me hago tantas preguntas que no podría responderlas ni viviendo mil veces, ya que todas ellas implican decisiones escogidas.

En mi pasear, hallo un resquicio en el muro que separa del Mediterráneo. Es una especie de ventana rectangular y alargada que permite que entre un poco de brisa, y allí, en el “lado” de la muerte, pienso en la vida.

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