Literatura

Diecisiete elefantes

“Parece que salieron de la reserva por falta de alimentos, pero no se sabe qué buscan ni de qué huyen”

Imagen de algunos de los elefantes que abandonaron su hábitat echándose una siesta durante un descanso
Imagen de algunos de los elefantes que abandonaron su hábitat echándose una siesta durante un descansoLa Razón

Observo con fascinación a los elefantes chinos que migran hace un año hacia el norte. Han recorrido más de 500 kilómetros desde una reserva natural en Xishuangbanna hasta las afueras de Kunming, capital de la provincia de Yunnan.

De la reserva natural salieron dieciséis elefantes y en el camino una elefanta dio a luz una cría porque así es la vida.

La televisión estatal china transmite “on line” la ruta de estos elefantes salvajes y se han desplegado muchos recursos presenciales para protegerlos y alimentarlos. Es una especie en extinción y la gente vigila (como algo personal) la marcha de los elefantes para que lleguen sanos y salvos a destino, que nadie sabe cuál es.

Parece que salieron de la reserva por falta de alimentos, pero no se sabe qué buscan ni de qué huyen. El 24 de abril, dos elefantes abandonaron la manada y hace unos días interrumpieron la marcha porque un elefante se separó del grupo. Esperan el regreso para continuar porque preservan la pertenencia.

Son custodiados por drones y autoridades que estudian su comportamiento, cortan caminos para que puedan pasar, los alimentan con toneladas de comida, desalojan casas en las aldeas que visitan y están pendientes del viaje que va más allá de una migración.

Los aldeanos aceptan el paso local de los elefantes, cuidan y respetan la convivencia porque tienen conciencia ecológica de las especies en extinción y la necesidad de compartir la naturaleza.

Solo hay trescientos elefantes salvajes en la zona de Yunnan y aunque destrozan cultivos y causan daños al pasar por las aldeas, la gente comprende que migran porque en su hábitat natural se han destruido especies ricas para su alimentación, técnicamente reemplazadas por plantaciones rápidas, de mala calidad y otras cosas “visuales”.

No es casual que los elefantes hayan huido de la reserva natural durante la pandemia. Son animales sensibles e intuitivos que presienten cuándo hay que salvarse de lo que no conviene, de lo que ya no existe.

En Oriente, el elefante simboliza la sabiduría, la fuerza, la paz y la buena suerte. Es un animal que conserva su sabiduría hasta la vejez sin perder lucidez mental, quizás por eso nombramos “la memoria de elefante”. Una memoria intuitiva que convierte la experiencia en premonición.

La leyenda más popular es la buena fortuna: el elefante con la trompa hacia arriba es símbolo de abundancia y prosperidad y está en las casas para atraer la buena suerte, en dibujos, manteles, figuras y diversas formas con elefantes.

Pero hay algo más profundo.

Los elefantes representan también la soledad; cuando un elefante presiente la muerte, se aleja de la manada y hace un largo viaje solitario hacia un lugar prefigurado en su memoria donde morir en paz. Es una forma de dignidad para evitar sufrimiento a la familia, la manada y a sus elefantes más queridos.

Además existen los elefantes íntimos de la literatura, como el elefante blanco del Buda y el sombrero de “El Principito”, el elefante invisible: “Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digería un elefante. Dibujé entonces el interior de la serpiente boa para que los mayores pudiesen entender. Los mayores no entienden nada por sí mismos y es fastidioso para los niños tener que andar dando más y más explicaciones. (…) Cuando me encontraba con alguno que me parecía un poco lúcido, lo ponía a prueba con mi primer dibujo, que conservo aún hoy. Quería saber si de verdad era comprensivo. Pero siempre me contestaba: ‘Es un sombrero’. Entonces no le hablaba de serpientes boas ni de selvas vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a su altura, le hablaba de bridge, de golf, de política y de corbatas. Y la persona mayor quedaba encantada de conocer a un hombre tan razonable”.

Los elefantes viven en continuo peligro, los cazan para cortarles los colmillos porque matar un elefante es carísimo entre cazadores y marca un “poderío” brutal en el gueto.

La deforestación y la continua urbanización de espacios verdes espanta a los elefantes porque no encuentran agua ni los doscientos kilos de alimentos que necesitan a diario. Los espanta también la falta de felicidad, atrapados en un lugar que no les permite disfrutar la vida. No les interesa la política, las corbatas, el golf ni la ficción; quieren vivir en paz, disfrutar de la familia, jugar en el agua, compartir la llegada de la primavera, protegerse del frío, pertenecer al grupo que lidera la elefanta más vieja y sabia en el aire vital del corazón.

Observo con fascinación el viaje de estos elefantes salvajes que los científicos no pueden explicar y nadie comprende todavía. Son milenarios, muy inteligentes y este viaje representa el mismo desconcierto que sentimos nosotros ante las circunstancias actuales del mundo.

Nadie sabe nada y es difícil respirar.