Tierra antrópica

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22 de enero de 2019. 16:55h

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Ramón Tamames 22/1/2019

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Hay muchas indicaciones de que la Tierra puede ser un cuerpo celeste antrópico (así lo plantean Wheeler, Rees, Bryson y otros), en medio de un sistema planetario extraordinario. En el que tenemos un Sol a una distancia de 150 millones de kilómetros, que nos proporciona un calor tibio. Con una Luna grande, de 1.737 kilómetros de radio, que es el mayor satélite conocido en proporción a su planeta, y que nos asegura una estabilidad espacial portentosa.

Además, disfrutamos de un calentamiento global de temperatura apropiada para la vida; que sólo ahora, con los gases de efecto invernadero puede hacerse excesivo. Nos favorece también el campo magnético complejo del interior de la Tierra (NIFE, SIAL, etc.) que nos defiende de radiaciones exteriores que de otro modo serían letales, principalmente por los rayos ultravioletas.

Nuestro planeta privilegiado experimentó un triple proceso evolutivo (del universo, de la materia, y biológico), que llevó a los humanos a lo que son actualmente. Permitiendo su continuidad en un ramal calmoso de la Vía Láctea, la espiral de lo que es nuestra galaxia, lejos de las incidencias de supernovas y rayos gamma, agujeros negros, etc.

Y la gran pregunta es: ¿podrían ser tales circunstancias una señal significativa de que puede haber una Inteligencia Superior (IS, Dios), que protegió el desarrollo del proyecto humano y que sigue protegiéndolo, con algún designio definitivo de observarnos; tal como planteó Isaac Asimov, en el sentido de que el nuestro es un «planeta de montaje», para ver desde algún lugar virtual cómo funcionamos?

Y además de toda esa protección antrópica, desde la formación de la

Tierra hace 4.500 millones de años, ¿no habrá una prospectiva para culminar toda su evolución con el desarrollo acelerado autoinducido por la inteligencia artificial y demás avances de la ciencia y la tecnología? Algunas grandes preguntas sobre temas hasta ahora aporéticos, imposibles de contestar con suficiente precisión.

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