Con las manos vendadas

Vengo con las manos vendadas. Para hablar de boxeo. Y de la vida.

Porque el boxeo es vida... vive duro.

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Mi batalla, tu batalla

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Sobre el autor

Jero García

Entrenador de boxeo. Ex boxeador profesional. Enamorado del cine, de los libros, de la vida, del Atleti. Y por supuesto, del boxeo. Eterno aprendiz. Zurdo cerrado. Carabanchelero, de corazón isleño, el ring es mi casa, y este... mi patio de recreo.

- Eres un mierda.
- No vales para nada.
Y sobre frases genocidas entre infantes alguna colleja aterriza.
- Eres un Gordo.
- No te quieren ni tus padres.
Y alguna lágrima cae, no una, muchas. Momentos dolorosos que nunca se olvidan. Palabras que como puñales entran hasta lo más hondo.
- Eres una puta zorra.
- Solo vales para fregar.
Y todas las noches con miedo a que vuelva ese ser, por llamarlo de alguna manera.
- No te pintes, quédate en tu puñetera casa que es donde debes de estar.
- Tú eres mía y punto, ¿quién coño te crees que eres?

Y en algunos casos no solo hieren las palabras, a veces vienen aderezadas de cardenales que quedarán marcados como tatuajes en la piel.
Pero ¡qué cobardía tan grande tienen estos tipos! Por llamarlos de alguna manera, y que sin disculpa alguna utilizan el someter por bandera. Sin razón ninguna, se permiten usar la violencia como forma de empoderamiento.

Hablamos de dos tipos de acoso, el primero, entre iguales o comúnmente llamado bullying y el segundo, denominado y tantas veces nombrado, violencia de género.

Todo esto me da mucho asco y lucho contra ello a diario. A mi manera está lucha la hago mía, sin saber si lo hago bien o lo hago mal, pero lo intento. Y me caeré mil veces pero mil veces intentaré levantarme.

En los últimos tiempos he tenido en boca, en muchísimas ocasiones, esta problemática: campañas, movimientos, charlas, ponencias, entrevistas, declaraciones, muchas, muchas veces. Y no se si me esta pasando como en algunas profesiones que a través de la rutina te anestesias o de tanto verlo y oírlo lo normalizas.

Os explico, el otro día me llega un caso de bullying a la Fundación, niña de nueve años que sufre acoso por parte de un compañero veinte kilos más pesado que la pobre criatura. El niño abusón ha golpeado a la pequeña en numerosas ocasiones, incluso hasta con parte médico. Los padres lógicamente denuncian el caso al colegio donde no parece que les hagan mucho caso y ante la desesperación paterna, la denuncia llega al cuartel de la Guardia Civil. Por favor, póngase en el lugar de estos padres y el desangelo que profesan, para llegar con el miedo por bandera al cuartelillo a denunciar a un niño de nueve años. Repito, de nueve años.


Siguiendo dentro de la lógica, la benemérita aconseja a la padres a que lo denuncien en el colegio pues son los que tienen potestad en el asunto.
Los angustiados progenitores vuelven a la dirección de la escuela, con el aviso de que han hecho una visita a jefatura.


Ante este hecho, parece que el colegio le pone más interés y se enfoca en el presunto problema, ¿presuntooooo? Sí, presunto. Porque según los dirigentes escolares para que sea un caso de bullying tiene que pasar por tres factores: que exista violencia, que sea repetida en el tiempo y sobre todo una, por encima de todas, que no se defienda. ¿Cómooooo? Sí, como acaban de leer, que no se defienda... ¡Por mi madre! ¡Algo está fallando!

Pues con todo esto y más, a veces creo que no me afecta demasiado. Antes me daban ganas de encadenarme en un ministerio o de ponerme a gritar a alarido desesperado... pero ahora para desgracia mía y sobre todo para nuestra sociedad, estas cosas se están normalizando.


Y no quiero que estas cosas parezcan normales, que seamos sumisos a unos comportamientos de los cuales somos responsables cada uno de nosotros.

Somos parte del problema en mayor o menor medida, pero también podemos ser parte de la solución.

Y en estas, lunes por la mañana... Me voy a natación con los gemelos. Todos los primeros de semana me toca chapoteos con mis pequeños, y a veces pienso que con siete meses nadan mejor que su padre, que aquí el que suscribe es un paquete acuático de muchos quilates.


Tras media hora de buceítos y salpicadas de agua tibia, acabamos mi mujer y yo, cada uno en un vestuario, con un vástago por cabeza.

A mí este lunes me tocó Gabi, que es un poco más tranquilo que el “kilowatio” de su hermano Román. Y en esa poca tranquilidad que me da Gabriel al cambiarle, me hace disfrutar más de ese menester: es algo tan bonito, tan maravilloso, tan suyo y mío, tan nuestro, esos momentos que no quieres que acaben nunca, como cuando tu bebé te mira y sonríe.


Y de repente, todo me cambió,: mis corazas, mi sistema de protección al dolor ajeno, todas mis defensas... a la mierda. Miré a mi pequeño y le vi tan frágil, tan propenso a las lacras de esta sociedad que se me resbaló una lágrima por la mejilla. Que no quiero ponerme poético en esto, que no lo merece, que por mi madre les juro que lloré de miedo, de pavor extremo por no saber que hacer ante lo que veo todos los días. Cansado de violencia paterno-filial, de violencia entre iguales, de violencia de género, de exclusión social y demás enfermedades graves que padece nuestra juventud. Y yo, sin saber qué armas dar a mis pequeños para enfrentarse a esta ardua batalla. No lo sé, lo prometo, no lo sé. Pero sí sé una cosa: que no me voy a estar quieto, que lucharé hasta la saciedad por intentar cambiar esto. Y no siendo egoísta haciéndolo solo desde mi núcleo familiar, no... Seguiré haciéndolo desde y hasta donde se pueda llegar, que mis gritos se oigan lo más lejos posible.... ¡Basta Ya! Pero no de estas lacras, que desgraciadamente, por mucho que gritemos no van a desaparecer, ¡Basta Ya! De tanta desidia, de mirar para otro lado, de esconderse como avestruces, hay que ponerse las pilas ¡YA!

Todos somos parte del problema pero también podemos ser parte de la solución.

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