Volver al siglo VII

El yihadismo se ha convertido en el principal enemigo para la estabilidad de Occidente, de las sociedades democráticas que tienen su base en los principios del Cristianismo. Miles de personas están en la primera línea del combate contra esta amenaza. Los medios de comunicación se deben empeñar, bajo los principios de contar la verdad y denunciar los ataques a la libertad, en este combate global.

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Guerra de religión

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Sobre el autor

Jesús María Zuloaga

Subdirector de LA RAZÓN, he dedicado los últimos 31 años a la información sobre las bandas terroristas que constituían una amenaza para España, en especial ETA. Ahora, me ocupo, junto con otros compañeros del diario, del problema del yihadismo

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Uno de los objetivos fundamentales que persigue el Estado Islámico con sus ataques bélicos y terroristas es la imposición a todos los seres humanos de la religión musulmana en su versión más rigorista de la Sharia. En el número 15 de la revista “Dabiq”, el último de los publicados ya que ha sido sustituido por “Rumiyah”, dedicaban varias páginas a explicar cómo piensan “derribar la cruz” de Cristo. Estamos ante una realidad que estos días se ha hecho presente con la difusión de un vídeo en el que se amenaza de nuevo la minoría cristiano copta de Egipto, contra cuyos fieles los yihadistas han cometido verdaderas atrocidades, por la única razón de profesar una religión diferente. No lo olvidemos.

En la grabación, el supuesto autor del atentado contra la Iglesia de San Pedro y San Pablo de El Cairo. que causó al menos 28 muertos, afirma, dirigiéndose a la facción del Estado Islámico que ataca desde el Sinaí, los “Soldados de Jerusalén” (“Ansar Bait al Maqdis”), y a los terroristas que están encarcelados: “hermanos en cautividad: alegraos, creyentes, no flaqueéis ni os aflijáis. Juro a Dios que muy pronto liberaremos El Cairo y os liberaremos. Llegaremos portando explosivos, juro que lo haremos, así que alegraos creyentes”.

Al principio, aparecen imágenes de las manifestaciones de cristianos coptos, que representan un 10 por ciento de la población egipcia, en el que gritan lemas como “Egipto es nuestro país hasta el día del juicio final”.

Desde el mundo cristiano no se quiere admitir, probablemente con una táctica acertada pero discutible, que estamos ante una guerra de religión. Si se admitiera, tal vez habría que implicarse de una forma más directa en el asunto y es algo que, sin duda, debe ser objeto de estudio.

Sin embargo, y vuelvo al primer comentario de este blog, hay que hacer caso, por más que nos duela, de lo que escriben y manifiestan los terroristas. Desconozco la cifra exacta de cristianos que han sido asesinados por el Estado Islámico, directamente o a través de sus franquicias, pero seguro que es alarmante y se cuentan por miles. Los católicos debemos rezar, como nos pide el Papa Francisco, por los que mueren sin renunciar a su fe pero quizás habría que dar algún paso más.

Está todavía en la memoria el vídeo de 2015 en el que se ve cómo terroristas del Estado Islámico decapitan a 25 cristianos coptos en Libia. Sin olvidar a las cuatro religiosas de las Misioneras de la Caridad, la Congregación fundada por la Beata Madre Teresa de Calcuta, asesinadas en Yemen; las matanzas de Nigeria a cargo de Boko Haram (franquicia del Estado Islámico); el sacerdote francés de Normandía...la lista es interminable.

Son los terroristas los que han planteado el conflicto como guerra de religión contra los cristianos y deben tener la respuesta adecuada. Las sociedades occidentales, que tienen sus bases en el pensamiento cristiano, no pueden convertirse en espectadores de las atrocidades de unos fanáticos para imponer la que dicen la única religión verdadera. Por cierto, curiosa religión que al final de tus días, si has participado en la “guerra santa” contra los “cruzados” (cristianos), te ofrece un cielo lleno de mujeres y sexo.

Ellos lo llaman guerra de religión. Nosotros lo evitamos, pero, meditemos, no vale para nada ya que el que está dispuesto a hacer el daño lo tiene perfectamente claro. Y no se van a detener por una cuestión semántica.

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