Diario de una cuarentena con niños: Día ocho

¿Cómo castigar a un niño sin salir de su cuarto si no puede ir a otro sitio?

Hemos superado la semana de encierro y los niños siguen aceptando la situación mucho mejor que los adultos. Después de días de observación, es la única conclusión a la que se puede llegar. Por tanto, creo haber descubierto una forma muy sencilla para soportar mejor el confinamiento y mitigar esta sensación de angustia e impotencia, INFANTILIZÁNDOTE. Ala, ya está, ya he resuelto el problema. ¿Alguien se ahoga en su casa, no puede más, quiere gritar, pero piensa, para qué, si gritar no me va a sacar de aquí? Si la respuesta es sí olvídate de todo lo que has aprendido en los últimos años, desde la adolescencia, porque ha quedado demostrado que era mentira, y vuelve a tener seis u ocho años. No queda otra. Simplemente, no hay alternativa. Todos niños, todos, ya, ahora. “Te voy a cortar la cabeza con unas tijeras, tonta, gorda, abuela”, le dice Pablo con sus adorables cinco años a Camila, su hermana mayor. Bueno, quizá no es buena idea volver a ser un niño, pero la verdad es que incluso en el insulto y la amenaza son más adorables que un adulto.

Son curiosos los insultos que utiliza un niño de cinco años para humillar a su hermana. No son arbitrarios. Están muy bien escogidos. Tonta, dice, dejando claro que en su escala de valores la inteligencia es un bien superior. Gorda, añade, demostrando tristemente que ya ha adquirido los estilizados cánones del cuerpo humano que prefieren a los delgados. Abuela, grita al final como si fuera lo peor del mundo, ratificando que para un niño la edad siempre es un handicap, que los adultos somos lo peor, algo de lo que huir, una deformación, una repulsión, un virus. Los niños creen ser seres superiores. ¿Qué le responde su hermana? “¡Me importa, tonto del culo! ¡¡Ya no te dejo jugar conmigo!!” Está claro que la peor clase de tonto es la de los culos, al menos su tono de voz lo demuestra.

No es que la tensión que provoca el aislamiento empiece a hacer mella en ellos. Ni mucho menos. Se han peleado siempre y siempre han sido muy torpes con los insultos. Con los golpes no, son muy buenos con las patadas y los tirones de pelos, pero con las palabras les falta inventiva. Pero bueno, una patada vale más que mil palabras. El niño la empuja y Camila le araña la mano con rabia. Pablo suelta un chillido y la tira del pelo con violencia. “¡Papaaa!”, grita Camila y me mira como si tuviese que intervenir e impartir justicia. ¿Soy mala persona por tomar apuntes cuando se están matando?... No, es broma, no estoy tomando apuntes. ¡Pablo, basta!, digo. “Ha sido ella”, insiste él. “Camila, basta”, digo entonces. “¡Pero si yo no he hecho nada!”, dice ella indignada.

Los dos me miran como si esperasen que tuviese que dar la razón a uno y solucionar la situación. Por supuesto, los dos quieren que les de la razón a ellos. Padre, profesor y ¿ahora juez? “Sabéis qué, sentaros aquí”, les digo a los dos y los hago sentar en el suelo para hacerles un truco de magia. Les regalaron el juego del Mago Pop y es realmente fácil hacer alguno de sus trucos. Desde pequeño, siempre he preferido a los magos que a los jueces. Se sientan, sí, obedecen, pero siempre obedecen a medias y en el suelo se siguen pegando. “¡O paráis ahora mismo o os juro que no vais a salir de vuestro cuarto en un mes!”, exclamo y al oírme me hago gracia. “No pienso jugar nunca más contigo”, dice Camila entonces. Siempre le amenaza, sabe que el otro es pequeño y la adora, así que vive a expensas suyo. ¡Camila, prou!", digo yo, que sé todas sus artimañas. “Jo, sólo me gritáis a mí”, dice entonces Camila, que juega la carta de la víctima, otra de sus artimañas.

Sí, estoy aprendiendo mucho de los niños con el encierro. Ahora están callados, pero en tensión. ¿Dónde está su madre cuando la necesitas? “Tonta, gorda, abuela”, la grito y ella, sin dejar de mirar su ordenador, me contesta “¡Me importa, tonto del culo!”. JA, ya me siento mejor. ¿Mis hijos? También, y se ríen. Sí, la única forma de no volvernos locos ante la perspectiva de quedarnos así mucho tiempo es INFANTILIZARNOS, creo que ha quedado demostrado.