Diario de una cuarentena con niños: día diez

El coronavirus ayuda a relativizar todos los dramas cotidianos que antes nos atormentaban

Jugamos a las adivinanzas. Camila tiene una bastante buena: “A ver si lo adivináis. No soy un animal, pero luego soy un animal. ¿Qué soy?”, dice y hace un extraño gesto con las manos. No sé si es una pista o será una de esas actrices que gesticulan mucho al hablar. Esperemos que sea una pista. Vuelve a decir la adivinanza y hace el mismo gesto, así que es una pista. Menos mal. “¿Os rendís?”, pregunta, al ver nuestras caras de incredulidad. Mi cara de incredulidad es esta: ¡ehhhh$*! Aún así, no me rindo. “No, nunca”, digo heroico, para enseñar a mis hijos que no hay que rendirse nunca, que venceremos si persistimos, que superaremos esta crisis si nos empecinamos en... y ahora son ellos los que me miran con incredulidad. Su cara de incredulidad es esta ¡papaaaa$%&(! Dios, sí, nos rendimos, vale.

“¡El huevo!”, contesta al final Camila y vuelve a hacer el mismo gesto con las manos. “Primero es un huevo y luego se abre y sale el pájaro. Ahí aparece el animal”, dice. Vaya, eso es bastante ingenioso, pienso, y me siento orgulloso. Pero entonces empiezo a pensar si el huevo no sería, en realidad, un animal ya, al ser una criatura en gestación, y entonces me pregunto si este tema tengo que discutirlo con una niña de ocho años, y cuando me respondo que sí, que es importante que se de cuenta que un huevo también es un animal, Pablo habla y me contradice. “Me toca, me toca”, grita. “Me siento en el váter y salgo marrón, qué soy”. Ja ja ja.“¡Un huevo!”, grito.

Dios, para cuándo una “sitcom” con una familia en un encierro. Queremos ver “Los problemas crecen” pero con una familia en cuarentena. Porque vaya si crecen, crecen tanto que en realidad ya no son problemas, son huevos.

Lo digo porque Pablo empieza a rascarse la cabeza sin parar. Estamos en el día diez de encierro y es imposible, improbable, impensable que tenga piojos. Por favor, sería el colmo. Pablo nunca ha tenido piojos, y hace muchos días que no tiene contacto con nadie. Sería ridículo que descubriésemos que tiene piojos precisamente ahora, cuando estamos en cuarentena. Pero en este estado del mundo todo es posible, todo es probable, y vaya si tenemos que pensarlo absolutamente todo. Su madre le pasa el peine y sí, tiene ¡un piojo! Pequeño, pero piojo, demonios. Y no sólo eso, sino que encontramos varias liendres. ¡Dios mío! Y aquí iba a hacer una escena, un lamento, un grito a lo Charlton Heston en plan: “¡Yo os maldigo!”, pero con los hospitales colapsados, la gente sufriendo y la economía paralizada, por favor, un piojo nunca había sido tan pequeño.

Le hacemos el tratamiento y esperamos matar a todos los descendientes de ese parásito. Lo hacemos con saña, con entusiasmo, con fervor, vamos a acabar con ellos, hasta nos damos un poco de miedo. Tanto odio no es bueno. Un poco sí, reafirma la personalidad, pero tanto crea genocidas. No, los piojos no son importantes, pero vaya si son una molestia. Ahora mismo nos pica todo. “Mira, ahora puedo ir a la tele”, dice Pablo, echando la cabeza atrás y aguantando un anillo con la nariz. Y sí, es todo un talento, tiene una capacidad mágica para hacernos reír y obligarnos a sentir mejor. Y encima ahora tiene la cabeza tan desinfectada que brilla y lo confundimos con una lámpara. “¿Cuál es el único odio que pica?”, pregunta Camilia entonces y todos contestamos a la vez “¡Un huevo!”