Diario de una cuarentena con niños: Día nueve

Día IX: “Mamá, quiero salir de casa”

Después de haber hecho reír a su prima Emma, la adolescente enamorada de 15 años a la que un virus impide ver, besar y explorar el cuerpo de su primer amor, quien llora hoy es Bruna. Sólo ha pasado una semana de confinamiento y la hija de tres años quiere salir de casa. Está agarrada a la manija de la puerta de entrada y berrea desconsoladamente. “¡Quiero salir!”, consigue decir entre llantos con la cara embadurnada de lágrimas y mocos. “¡Oh, Dios mío, mocos!”, señalo con el dedo. Los mocos son la peste, el enemigo, el diablo vestido de verde o blanco, según los gérmenes que habitan ahí dentro. Porque sin los mocos, la mayoría de los virus que provocan los resfriados no podrían sobrevivir sobre una superficie más que unas pocas horas.

Tengo la suerte de que el confinamiento me ha cogido leyendo el último libro que el profesor y periodista Bill Bryson dedica a explicarnos cómo es el cuerpo humano. En esta delicia de obra que lleva por título “El cuerpo humano” (RBA), Bryson nos guía por un apasionante viaje hacia nuestro interior. Y cuenta cosas como que el virus de la gripe puede sobrevivir durante dos semanas y media en un billete si va acompañado de un micropunto de moco. “Al parecer, el método más eficiente de transferencia de gérmenes es una combinación de papel moneda más moco”, cuenta Bryson a partir de un estudio llevado a cabo en Suiza.

Me he leído tres veces el capítulo dedicado a los virus para ver si encuentro la forma de explicarle a una niña de tres años y a un niño de cinco cómo es el pendejo que no nos deja salir de casa, abrazar a la abuela o tirarnos por el tobogán hasta que la rampa quede como los chorros del oro. Aunque Bryson escribió el libro antes de que el SARS-CoV-2 saltará de un murciélago extenuado a un animal X y del animal X a un humano, el SARS-CoV-2 no deja de ser un virus, “una mala noticia envuelta en una proteína”, que decía el Premio Nobel Peter Medawar. Los virus son unos bichos raros, fuera de las células no están ni vivos ni muertos. No hacen nada, no comen, no respiran ni se reproducen. Pero si los metes dentro de una célula se multiplican con ansia. Lo que más les cuesta a los niños es imaginar a un ser microscópico. Para hacerse una idea de lo pequeños que llegan a ser, les explico que si un virus alcanzara el tamaño de una pelota de tenis, nosotros seríamos tan altos que los aviones chocarían con nuestras rodillas.

Hay millones de virus, pero sólo 263, ahora con el SARS-CoV-2, 264, afectan a los humanos.

Bryson también corrobora que la forma más fiable de transmitir microbios es el tacto. Tocarse es más eficaz incluso que un beso. Habla de un experimento en un centro de investigación británico llamado Unidad del Resfriado en el que un voluntario se equipaba con un dispositivo que segregaba un fluido en las fosas nasales al mismo ritmo que lo hace una secreción nasal. Este voluntario acudía a una fiesta recreada con otras personas. El fluido llevaba un tinte invisible que sólo se veía con luz ultravioleta. La sorpresa de todos fue que al acabar la supuesta fiesta y encender las luces ultravioletas, el tinte estaba por todas partes. “En las manos, en la cabeza, en los vasos, los pomos de las puertas, los cuencos de frutos secos y en cualquier otro sitio que se nos pueda ocurrir”, relata.

Estos días hemos leído y oído hasta la saciedad que las personas nos tocamos una veintena de veces la cara en una hora. Por eso es tan importante lavarse las manos.

Mientras trato de explicar qué demonios es un virus, Bruna sigue colgada en la manija de la puerta. No he logrado captar su atención ni cuando cuento el símil de la pelota de tenis para que se haga idea de lo pequeño que es este microbio y como una cosa tan diminuta ha logrado parar el mundo.

Bruna sólo deja de llorar cuando llega su padre de hacer la compra. El próximo día contaré qué llevaba en las bolsas.

Los ancianos me maldicen en la cola del kiosko, ¿por qué tienen prisa?

Mi marido y yo nos turnamos las escapadas de casa como tirar la basura o ir a la compra. Hoy hacía una semana que no salía de casa excepto para tirar la basura. Es sábado y quería ir al kiosko a por prensa. Me he puesto colorete, aunque no me iba a encontrar con nadie conocido por la calle. Cuando he llegado al kiosko no había nadie. He cogido cuatro diarios, revistas, cromos y un cuento para los niños. De repente, se ha hecho una cola enorme detrás de mi y he empezado a oír como me maldecían e insultaban porque había cogido muchas cosas y la dependienta estaba tardando más de lo habitual en despachar. Al tercer insulto, me he girado y les he preguntado: “¿Por qué tienen prisa?”. Bueno, la verdad es que me he girado y les he mirado mal, con los ojos muy achinados y mordiéndome la lengua. De vuelta a casa no podía dejar de pensar por qué tenían prisa esos ancianos. Se lo tendría que haber preguntado.