Diario de una cuarentena con niños; Día 12

Seis niñas de ocho años en una videollamada es algo muy, muy raro

“Papá, cuántos días llevamos sin salir”, pregunta Camila. “¿Sabes cuántos días seguidos saliendo habías hecho antes de no poder salir?”, le pregunto yo. Si alguien te contesta una pregunta con otra pregunta es que oculta algo, por supuesto. ¿Qué oculto yo? ¿Qué ocultas tú?, oye. “Papi, no lo sé, dímelo”, insiste la niña. “Vamos a ver, Camila, si no sabes cuántos días habías salido antes, qué importa cuántos días no has podido salir ahora. Está claro que la cifra es lo de menos”, contesto. “Sí, pero cuántos días son, jolines", persiste. Así son las niñas de ocho años de hoy día, lo quieren saber todo, y es imposible engañarlas.

Los contamos. “Son doce”, dice Pablo primero. No sé si ha acertado por casualidad, pero ha acertado. “No, no son tantos, tú no sabes nada”, dice Camila, que da por descontado que si su hermano dice algo es que es una tontería. “Sí, yo sé de coronavirus”, dice Pablo, enfadado por la actitud de desprecio de su hermana. A estas alturas yo ya no sé nada sobre el tema, he vuelto a la casilla de salida, así que se lo pregunto. “¿Sabes lo que es el coronavirus, Pablo?” “Claaaaro, lo sé desde que tenía tres años”, dice seguro. Atención, hace dos años Pablo ya sabía lo que era el coronavirus y no nos avisó, no nos dijo nada, no advirtió a la OMS... ah, pero seguro que la OMS es como Camila, hubiese dado por descontado que un niño de dos años sólo podía decir tonterías y no le hubiesen hecho caso. Maldita OMS, por qué no hizo caso a Pablo.

“Anda ya, tú no sabes nada”, dice Camila después de reírse de la evidente falta de medición del tiempo de su hermano. “Sí lo sé, es un bicho, pica y te mueres”, contesta serio y aquí me doy cuenta que es importante hacer pedagogía con los más pequeños sobre el problema al que todos nos enfrentamos. Vamos a ver niños... Sin embargo, cuando voy a empezar, recibo una llamada de una amiga de mi hija, lo que significa que ahora es tiempo de la videollamada diaria.

Primero empieza con una amiga, pero después deciden llamar a otra y luego, sin entender cómo, hay seis en línea. Se ponen nerviosas porque cuando aparece una, desaparece otra. Están así un buen rato, hasta que se dan cuenta que la videollamada sólo acepta cuatro personas a la vez. Veo de lejos a Camila hablar mirando un móvil y por un segundo pienso que se lo está inventando todo, que no está hablando con tres de sus amigas, sino que está completamente loca, que hace 456 días seguidos que estamos aquí sin salir y hemos perdido definitivamente el juicio. ¿Cuántos días seguidos llevamos aquí sin poder salir? ¿Importa? Sí, sí, maldita sea. Pues pocos, muy pocos, me digo, y respiro aliviado porque mi hija sí está hablando con sus amigas.

Están haciendo el pino y el puente, supongo que porque como no pueden salir, no hay mejor forma de engañar a la realidad que hacer pinos y puentes con sus cuerpos. Luego empiezan a jugar a reto o verdad. Camila se acerca y me pregunta, “¿te has comido un gato?”. Pues no lo había pensado, pero el gato no está. Luego recuerdo que no tenemos gato y suspiro aliviado. Entonces ella se ríe, porque ha cumplido el reto que le había puesto su amiga. Tienen ocho años. Hace unos meses les contaba el cuento de la mujer que tenía tres culos y ahora chillan y gritan y se lo pasan bomba jugando a reto o verdad. Cómo pasa el tiempo pero, sobre todo, por qué no puede puede pasar más rápido.