Diario de una cuarentena con niño: Día 14

Cuántas veces puedes asustarte al oír a las siete de la mañana “papi, papi, puedo disfrazarme”

¿Cómo saber que la vida no puede dar mucho más de sí? El ansia constante de disfrazarse, de ser otro, de escapar. El carnaval existe porque la vida, tal cual, no daba más de sí, así que se inventó una semana en que era obligado disfrazarse, ser otro, divertirse. Sólo se necesitaba una semana al año, sólo eso, y todo podía volver a su cauce. En tiempo de coronavirus, necesitamos más. La vida no da mucho más de sí, así que necesitamos urgentemente cinco semanas de disfraces. Sí, carnaval no queda tan lejos, pero y qué, lo necesitamos. Es más, quiero que el carnaval no sea una excepción, sino una regla. Exijo inmediatamente una comparecencia de Pedro Sánchez vestido de abeja Maya diciendo que lo peor está por llegar, pero todos nos disfrazaremos, seremos otros, y al menos nos divertiremos por ley. Creo que no hay otra forma de divertirse actualmente.

Esto lo veo en Camila y Pablo, que en el 14 día de encierro empiezan a notar cierto peso rutinario, un algo, no sé, un aburrimiento en los huesos que les hace correr, pero lento, levantarse, pero lento, hablar, pero lento. ¿Comer? Bfff, sí, pero lento. Ah, pero se disfrazan y es como si les hubiesen dado una descarga eléctrica y empiezan a correr a lo loco. “Papi, papi, podemos disfrazarnos”, preguntan a las siete de la mañana. Estaba soñando con un lago y un amor y un poema y entonces han aparecido dos niños histéricos gritando si podían disfrazarse y el lago se ha convertido en que tenía pipí. Supongo que me han robado todo el amor y la poesía. “Sí, sí, lo que queráis”, he contestado con las defensas bajas.

Así que han desayunado vestidos de bailarinas, claro que sí, y han hecho clase de matemáticas vestidos de bailarinas, por supuesto, y las bailarinas deben ser unas hachas en matemáticas, porque comparado con ayer estos niños ahora podrían haber diseñado un cohete. Luego les ha tocado castellano e igual. Las bailarinas también deben hablar la mar de bien. Han escrito unas redacciones preciosas. Quizá Cervantes iba disfrazado de bailarina cuando escribió “El Quijote”. Ahora mismo yo estoy disfrazado de bailarina al escribir esto para ver si funciona siempre. ¿Funciona? No, no lo he hecho, no me he atrevido, tonto, pero debería.

Es curioso, luego les ha tocado clase de baile y a pesar de ir disfrazados de bailarina lo han hecho fatal, demostrando que los disfraces son más necesarios que nunca, porque no sirven para ser el disfraz, ni mucho menos, sino para ser nosotros mismos, pero mejores. En serio, tengo un gran consejo para todos los que sientan el peso y el estrés de 14 días de encierro. Es muy sencillo, disfrazaros de algo, de lo que sea, poneos un calzoncillo blanco en la cabeza y decid que sois una monja, pintaos un bigote y decid que sois el conde de Vermandois y necesitáis el lavabo inmediatamente para inventar el bidet. Sí, lo que sea, porque no hay mejor forma de esconderse del mundo que ser otro y ahora lo que necesitamos es escondernos. El tiempo de confinamiento tiene que ser carnaval siempre. Mis hijos me lo han enseñado. Y ellos, lo juro, no se equivocan nunca. ¿Por qué? Porque van todo el día disfrazados y para ellos es como si nada de todo esto estuviese sucediendo.