Diario de una cuarentena con niños: Día 15

Día XV: Piojos

Nos habían engañado. No es verdad que las madres que nos coloreamos el pelo para parecer más jóvenes seamos inmunes a los piojos. Es una leyenda urbana eso que dicen que los piojos mueren en cabellos que se han hecho un tratamiento de color. Porque hoy, mientras hacíamos algo parecido a una sesión de yoga, después de saludar al sol, me he rascado la cabeza y he sacado un bicharrajo asqueroso y bien alimentado. Era un piojo. A ver, ¿cómo puedo tener piojos si hace catorce días que no salgo de casa? Bueno, salí un día para ir al kiosko, pero sólo me crucé con los siete ancianos que me increparon por tardar en despachar y un hombre que paseaba a dos galgos al otro lado de la acera.

Otro mito falso que he descubierto es que los piojos no saltan ni vuelan, sólo se arrastran. Eso sí, son más rápidos que Michael Phelps en el agua. Así que el culpable está en casa y mis piojos no han saltado de libro en libro por la redacción hasta alojarse en la cabeza de mi compañero Carlos Sala, que también ha encontrado un piojo en el pelo de su hijo Pablo.

Como pasa con el coronavirus, los más sospechosos son los niños que hacen de vector de transmisión. Primero cojo a Marc, lleva días que se rasca y yo llevo días revisando su cabeza y no encuentro nada. En la guía para ocupantes de Bill Bryson “El cuerpo humano” (RBA) leí que hay una tremenda cantidad de picores para los que no tenemos explicación. De hecho, al leer esto, puede que alguno sienta la necesidad de rascarse en algún lugar que hasta hace un momento no picaba. Pero no hagan como la paciente de Massachussets conocida como “M” que tenía una picazón irresistible en la frente, después de haber tenido un herpes zoster, y una noche se rascó con tanta ansia que atravesó el hueso del cráneo y llegó hasta el cerebro.

El libro no es apto para hipocondríacos porque dice cosas como que el picor crónico puede ser debido a tumores cerebrales o trastornos autoinmunes. Si nuestra capacidad de sufrimiento está a punto de reventar las costuras por culpa de un virus desconocido, sólo nos faltaba conocer más amenazas.

La canguro de Marc y de Bruna, una señora salerosa de República Dominicana con la que estos días hacemos videollamadas, siempre dice: “¡De algo nos tenemos que morir!”. Según recoge Bryson, la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud dice que hay algo más de 8.000 cosas que pueden matarnos y al final escapamos de todas, menos de una.

Yo de lo que quiero escapar ahora es de los piojos. Hago venir a la hija de tres años con pelo largo y rizado. Vamos, un nido. Veo un liendre y me siento como cuando ganas una partida del Cluedo. He descubierto el origen del crimen. Salgo corriendo a la farmacia a por veneno para acabar con los bichos antes de que monten una rave. Una “pioja” pone diez huevos al día y si logra vivir 40 días antes de ser aniquilado, puede llegar a poner 200 huevos. Se me ponen los pelos de punta al pensarlo. Pero poner los pelos de punta no es un método eficaz para acabar con estos malditos parásitos.

La farmacéutica me grita al entrar: “¡Eh, quédate ahí, no te acerques!”. “Vale, sólo vengo a buscar alguna loción para matar piojos, le juro que no hemos salido de casa en 14 días”, le digo avergonzada. “Sí, están viniendo muchas familias con el mismo problema”, dice sorprendida. Pero, ¿cómo puede ser?

Lo comento en el grupo de whatsapp de las amigas más cercanas y descubro que no soy la única que tiene parásitos en la cabeza. Un misterio más por resolver.

Al llegar a casa, nos embadurnamos las cabezas con una loción apestosa y la dejamos actuar con un gorro de plástico de esos que hay en las bañeras de los hoteles. Sigo con el protocolo de limpiar la ropa de cama a 60 grados -los piojos viven el la ropa 24 horas- y cuando estoy alimentando a la lavadora, Marc y Bruna entran entusiasmados y gritan: “¡Está nevando!”. Me lo he creído y salgo al patio. “Sólo nieva encima de nuestra casa”, dicen. ¡Qué suerte tenemos! Porque ver nevar sigue siendo algo único.

Hoy, 27 de marzo, debía acabar la cuarentena. Esta tarde teníamos la fiesta de cumpleaños que cada trimestre hacen los niños de la clase de Bruna. Nadie se acuerda. Estamos embobados viendo copos de nieve imaginarios, mientras en nuestras cabeza está habiendo una matanza cruel.