Coronavirus

Diario de una cuarentena con niños: Día 38

He contado cuantas veces al día me llaman “Papi” en confinamiento y he llegado hasta las 95 veces

Una imagen del juego de "Ladybug" al que el niño de cinco años está enganchado por mi culpa
Una imagen del juego de "Ladybug" al que el niño de cinco años está enganchado por mi culpaArchivo

Una vez empecé a contar las veces en que mis hijos me llamaban a lo largo del día. En días laborables, con colegio de por medio, la media llegaba a las 15 veces al día. Los fines de semana, el número subía hasta las 47 veces. Los domingos, por alguna extraña razón, siempre subía un poco más, es curioso. En confinamiento, los niños me llaman un mínimo de 98 veces al día, y en fines de semana podemos llegar hasta los 115. Y los domingos, vamos, ni los cuento. ¿Por qué? No lo sé. Lo único que sé es que en confinamiento, muy pocas personas me llaman ya por mi nombre, así que después de 38 días voy a presentarme, me llamo Papi.

Papi es un nombre fácil de recordar. Los niños siempre tienden a la facilidad, es un don que tienen. Te llaman papi y no, por ejemplo, Ernesto Villaécija, si alguien se llama de verdad Ernesto Villaécija, simplemente porque es más fácil de recordar. Yo podría ser perfectamente Ernesto Villaécija. No tengo referentes que me indiquen lo contrario. Incluso estoy convencido que Ernesto Villaécija es un gran padre. Si yo soy un gran padre, ¿por qué no voy a ser Ernesto Villaécija? Mi mujer creo que también utiliza un diminutivo fácil de recordar para llamarme, así que mi nombre está desapareciendo y si está desapareciendo, bien podría ser Ernesto Villaécija. Acabo de comprobar si lo ponía en mi DNI por si acaso. No soy Ernesto Villaécija. ¿No soy entonces un gran padre? No lo sé, pero el encierro prolongado tiene estas cosas, te preguntas cosas absurdas sin parar.

Esto quiere decir, simplemente, que son los niños quien convierten a alguien en padre, no al revés. Son ellos los que deciden y determinan, y por eso siempre son los protagonistas de cualquier familia. Quien no acepte esto, tanto da, porque lo acepte o no, siempre es así. Esta tarde, por ejemplo, hemos jugado todos a juegos de mesa y a ellos se les veía muy felices pues cumplían el rol al que están determinados, el de protagonistas. Es curioso, pero en 38 días no hemos jugado tantas veces los cuatro juntos. Tendremos que hacerlo más veces.

Lo que sí hemos intentado muchas veces y hemos fracasado una y otra vez es ver una película en familia. Echamos mucho de menos el cine, porque te obliga a quedarte en la sala y prestar atención a la pantalla. En casa, cuando se acaban las palomitas, te das cuenta que el 85 por ciento de las películas familiares son un aburrimiento absoluto. Esta vez, hemos empezado “Pan”, una versión de los orígenes de Peter Pan. Carmen se ha ido a los cinco minutos a hablar con una amiga. Al cuarto de hora, yo he cogido el ordenador para acabar un artículo pendiente. Y antes de que me pudiese dar cuenta, Pablo había desaparecido misteriosamente también.

Al final, Camila ha mirado a su alrededor y se ha visto sola viendo un tostón de película. Ha cerrado la tele furiosa. “¡Esto no es peli en familia ni es nada! ¡Estoy sola, sola!”, ha gritado y yo la he mirado y he pensado, si fuese una planta, qué razón tendría. Pero si fuese una planta, no miraría una película, al menos no una así. Camila es una niña de ocho años, pobrecilla, que se toma muy en serio la palabra de los mayores. Si le prometen una película en familia, espera una película en familia. Sería ridículo que le prometiesen una película en familia y esperase una burra, eso sí que no tendría sentido.

El misterio ahora era dónde estaba Pablo, y sobre todo dónde estaba mi móvil. He supuesto que las dos cosas estaban relacionadas. He empezado a indagar por ahí y lo he descubierto escondido detrás de una cama. Como sospechaba, tenía mi móvil y estaba jugando a un juego. Tiene cinco años, y sé que los psicopedagogos consideran una herejía que niños tan pequeños jueguen con dispositivos electrónicos, pero vamos, no conozco ningún psicopedagogo que haya tratado a un niño después de 38 días de confinamiento, así que les den.

El niño estaba jugando a un juego de la serie de dibujos “Ladybug y Catnoir”. Le he cogido el móvil y le he prohibido volver a cogerlo. Él sabe muy bien que lo volverá a coger, y yo también, así que no sé qué comedia estamos interpetando, pero lo hacemos muy bien. Quizá lo hacemos porque lo hacemos muy bien. “El móvil no es tuyo”; dice al final. En eso se equivoca, claro. “¡¡¡Papiii!”, exclamo cuando se lo vuelvo a arrancar de las manos. Y aquí no se equivoca, ese soy yo.