Hans Christian Andersen: La Sirenita era él

El escritor se refugió en la isla de Fyn durante la boda del guapo aristócrata Edvard Collin, que había rechazado su amor a causa de su fealdad y por cuestiones de clase

Ilustración de la sirenita junto a su creador, Hans Christian Andersen
Ilustración de la sirenita junto a su creador, Hans Christian AndersenLa RazónArchivo

El gran escritor de cuentos de hadas, Hans Christian Andersen siempre fue el protagonista de sus relatos. Él era, por supuesto, el patito feo. Desgarbado, de extremidades kilométricas, andares singulares, y ojerosos ojos sin brillo, siempre deseó convertirse en cisne, pero nunca lo logró. De clase humilde, siempre deseó el aplauso y la admiración de las élites para compensar su complejo de inferioridad. En “La princesa y el guisante”, él era quien esperaba ser descubierto por la realeza como uno de los suyos. Él era la mujer que dormía sobre 20 colchones y notaba el guisante, demostrando que, a pesar de no saberse de antemano que tenía sangre azul, ella era especial. Aunque de todos los personajes que creó, uno era el que más se parecía el escritor danés, “La sirenita”.

Si la escritura sirve para alguna cosa es para cambiar el relato determinista de la realidad, corregir sus fealdades y así adaptarnos mejor a él. “Todo lo que ves puede convertirse en un cuento de hadas y puedes convertir en historia todo lo que tocas”, aseguraba el escritor cuya vida fue una constante de infortunios qué él intentó embellecer con sus relatos. De pequeño, fue abusado en el colegio bajo la explicación de que “esto fortalecerá tu carácter” y ya como adulto sufrió el constante rechazo de sus amantes. “Todopoderoso Dios, tú eres lo único que tengo, tú que gobiernas mi sino, ¡debo rendirme a ti! ¡Dame una forma de vida! ¡Dame una novia! ¡Mi sangre quiere amor, como lo quiere mi corazón!”, escribiría en su diario.

De esta desesperación nace su amor y admiración por el joven y guapo Edvard Collin, hijo del director del Teatro Real de Copenhague. “Languidezco por ti como por una joven calabresa… mis sentimientos son como los de una mujer. La feminidad de mi naturaleza y nuestra amistad deben permanecer en secreto”, le escribe en una de las pocas cartas que se atreve escribirle. Muchas otras quedan ocultas para siempre en un cajón, aunque la mayoría las destruye.

Collin, por su parte, frívolo, coqueto y conspirador, al principio se siente complacido por los halagos del que ya es el gran escritor de cuentos de hadas, pero pronto ve que le es imposible complacer los sentimientos de ese hombre tan extraño. Además, existe un gran handicap, Andersen, de origen humilde, hijo de una lavandera y un zapatero, no es más que un hombre sin atributos. “Que me vean hablar contigo me molesta tanto como cuando alguien araña la superficie de un cristal”, acabará por escribirle.

Al saber que Collin se ha comprometido y va a casarse, Andersen se refugiará en la isla de Fyn, aislado y sin ganas de ver a nadie, y comenzará la narración de una de las historias que le han hecho famoso. En ese confinamiento voluntario escribirá “La sirenita”, siempre con la idea de Collin como ese príncipe inalcanzable por el que Andersen renunciaría todo, hasta de su propia humanidad. El sentimiento de culpa por sus pulsiones homosexuales todavía le turba y lo plasma en la historia de amor no correspondido más famosa de todos los tiempos.

El cuento comienza con la descripción de un mundo submarino donde vive el rey del mar con su madre y sus seis hijas. La pequeña, la célebre sirenita, es la más hermosa, con la voz más delicada, pero también la más extraña, solitaria y ensimismada consigo misma. Vemos aquí como Andersen se aparta de los demás a partir del personaje de la bella sirenita. Ella está sola y ansía como nadie ver el mundo de los humanos y todas sus maravillas. El deseo de amar y ser amado está representado en esta fascinación por lo terrestre, pero al mismo tiempo la tierra es un terreno prohibido para las sirenas. Andersen aquí nos presenta sus pulsiones homosexuales, unos sentimientos arraigados prohibidos todavía por la sociedad bienpensante del siglo XIX.

Y aquí aparece el príncipe que será la perdición de la pobre sirenita. Ella guarda en las profundidades del mar una estatua de un ser humano y de pronto parece transmutado en la vida real, lo que enloquece de amor a la pobre princesa. Andersen ve en Collin todo su ideal de amor y vuelca en él toda su esperanza de felicidad. El enamoramiento es abosluto y la fijación obsesiva también.

A pesar de todo, ella renunciará a toda su vida por poder estar con el príncipe y se pondrá de acuerdo con una bruja del mar para convertir su cola de pez en piernas a cambio de su lengua. Si consigue enamorar al príncipe y que le dé un beso de amor, ella podrá convertirse definitivamente en humana. Sino, perecerá para siempre. Aquí hay otro de los puntos que los estudios queer han querido destacar del cuerpo. El sentimiento de culpa de Andersen es tal, que niega a las sirenas tener alma. Sólo los hombres la tienen. Es decir, si él es la sirena, él no tiene alma, y sólo el amor se la podrá restituir. Sólo si es correspondido, su homosexualidad no será una perversión aberrante.

El final es de sobra conocido. El príncipe coqueteará con ella, pero acabará por casarse con otra, dejando a la sirenita en el mar a punto de la extinción. Sus hermanas, para salvarla, le ofrecerán una daga mágica. Si mata al príncipe y su mujer después de la boda, conseguirá recuperar su figura de pez y no desaparecer de la faz de la tierra, pero ella renuncia ya que su amor por aquel hombre es demasiado tarde. Andersen le envió primero el cuento a Collin, seguro que con el fin de conmoverle y, por qué no, enamorarle. No lo consiguió. La belleza de la voz de la sirenita fue siempre la belleza de las composiciones de Andersen, pero su magia no funcionaba siempre. Así se sentía el escritor aquellos días, como una sirena con la voz más bella del mundo al que le hubieran arrancado la lengua.

Alice Munro aseguraba que la verdadera razón que se convirtió en escritora fue “La sirenita”: “En cuanto terminé el cuento salí fuera y estuve dando vueltas y vueltas alrededor de mi casa. Inventé entonces un cuento con un finalfeliz, porque pensaba que la sirenita tenía derecho a ser feliz”, confesaría. Eso mismo pensaba Andersen, pero la realidad a veces no puede reescribirse.

En su última voluntad reflejó el deseo de ser enterrado junto a Collin y su mujer, Henriette. Sin embargo, a pesar de que le enterraron en el mismo cementerio, poco después los restos del matrimonio eran trasladados al panteón familiar de los Collin. Ni después de la muerte Andersen pudo vencer su soledad. “Creo que uno debería llamar las cosas por su nombre. Pero si alguien no se atreve hacerlo en su vida real, al menos debería hacerlo en forma de cuento de hadas”. Así eran los cuentos de Andersen, su refugio a tanta soledad y sufrimiento.

Ahora que Disney está a punto de devolver a la actualidad al inmortal personaje con su nueva adaptación en imagen real, es bueno recordar quién era en realidad la inspiración de esta Sirenita, un hombre vedado al amor que llenó sus diarios de su gusto por la masturbación, porque el amor de los demás siempre era cruel y doloroso. En París, incluso, aseguró que visitaba los burdeles de la ciudad sólo para hablar con las chicas y marcharse. Una vez de vuelta a su hotel, se masturbaba. Como Alice Munro, todos deberíamos escribirle un final feliz a esta pobre sirenita.