No me acuerdo

No me acuerdo de cuando el plan de cada día era irse por ahí de tapeo en peregrinación a beber cerveza y no parar hasta que todo el mundo hubiera pagado una ronda por lo menos más las que se añadían de propina.

No me acuerdo de cuando, para celebrar cualquier cosa, había que organizar una comilona con exhibición de camaradería y sobremesa de canciones.

No me acuerdo de cuando, para amenizar el reencuentro con las amistades, era necesario derrochar simpatía por todos los poros, repartir abrazos a diestra y siniestra rematados con manotazos en la espalda y competir a ver quién era más saludador y bromista y ocurrente y campechano.

No me acuerdo de cuando no podía uno callejear a la buena de Dios por ciudades o poblados sin cruzarse de continuo con riadas de gente a medio vestir, oír voces destempladas a cualquier hora y escuchar conversaciones privadas a todo volumen, bien con interlocutor a la vista o sin él (léase vía móviles).

No me acuerdo de cuando cualquier ayuntamiento al programar sus fiestas no tenía otro interés que atraer al desprevenido turista forastero, a cuyo efecto se montaban espectáculos de honda tradición y raigambre que además de solemnizar el glorioso pasado y reivindicar los rasgos distintivos de la comarca daban lustre a la alcaldía de turno y esplendor a la hostelería local.

No me acuerdo de cuando la categoría y el interés de los viajes se medían por la distancia y la velocidad a que se efectuaba el recorrido, ni de cuando la única razón para visitar un lugar era hacerse una fotografía de lo que ya se había visto previamente antes en los folletos o en las webs porque era un destino famoso y salía en la televisión, ni de cuando, para que un paraje o enclave o monumento resultase atractivo, era requisito imprescindible que acudieran a él multitudes y hubiese que guardar cola.