Cine

James Dean: historia de un accidente, masoquismo y cigarrillos

La muerte del protagonista de “Rebelde sin causa” ha sido objeto de todo tipo de especulaciones

La última fotografía conocida de James Dean, horas antes del fatal accidente que le costó la vida
La última fotografía conocida de James Dean, horas antes del fatal accidente que le costó la vida FOTO: Archivo

Vamos a emprender un viaje. Dispóngase a abrocharse el cinturón porque esta es una historia de velocidad, mucha velocidad, en la que tenemos que subirnos en un coche pequeño pero muy rápido. Es un Porsche 550 plateado que su dueño ha bautizado como “Pequeño bastardo”. Con él quiere participar en una competición que se celebrará en Paso de Robles, cerca de Salinas, California. James Dean nunca llegará a su destino.

La mañana del 30 de septiembre de 1955, el joven actor recogió el coche había comprado pocos días antes en Competition Motors, un establecimiento situado en Vine Street, en pleno Hollywood. No era el automóvil que quería en realidad, pero las ganas de poder tener un vehículo potente para formar parte de la carrera era demasiado alto. El Porsche 550 necesitaba todavía algunos retoques, así que lo dejó allí antes de acercarse al Hollywood Ranch Market donde se comió una rosquilla.

Si quería participar en Paso de Robles, el coche debía tener un mínimo de kilometraje que no tenía cuando Jim lo recogió. Por eso pensó que lo mejor sería hacer el viaje hasta esa localidad conduciendo el Pequeño bastardo, una manera también de familiarizarse con la máquina. Ante la posibilidad de que algo ocurriera durante el trayecto, el actor invitó a su amigo el mecánico Rolf Wuetherich. Llenaron el depósito en una estación de servicio situada en Ventura Boulevard, poco antes de tomar la carretera en dirección hacia el norte. En otro vehículo, con un remolque, viajaban Bill Hickman, mentor del actor en estos temas de la conducción, y el fotógrafo Sandford Roth. Los amigos pararon para comer un bocadillo y tomar un refresco en Tip’s Diner, en Castaic.

En aquel momento de su vida, James Dean no era ni por casualidad el gran mito que ahora nos persigue y que podemos encontrar decorando tiendas. No era todavía para el gran público ese fenómeno de masas que personificamos con el rebelde, el eterno rebelde. Había rodado tres películas, aunque solamente se había estrenado una de ellas, “Al este del edén” que le valió el aplauso del público y de la crítica. En el momento en el que tiene lugar nuestro relato, aún no habían llegado a las salas ni “Rebelde sin causa”, ni “Gigante”, sus dos últimas y esperadísimas interpretaciones.

Su vida privada era un misterio. Poco amigo de aparecer en las revistas del momento, los rumores servían para vestir a James Dean con los disfraces más exagerados. Probablemente quien más daño haya hecho a la imagen del actor sea un oscuro personaje llamado Kenneth Anger. Actor infantil, posteriormente pasó a ser un director de culto con títulos experimentales en los que no escondía su fascinación por el demonio, el ocultismo y el cuero. Anger fue el autor de dos libros míticos, “Hollywood Babilona” volúmenes 1 y 2, generadores de las más diversas leyendas urbanas sobre el mundo del celuloide.

Precisamente es en el segundo donde encontramos un capítulo dedicado a Jim a quien Anger dejaba entrever que había conocido. Entre otras cosas, el autor afirmaba que el intérprete era conocido en determinados círculos de Hollywood con el sobrenombre de “el cenicero humano”. Eso se debía a la simpatía de Dean por el sadomasoquismo, encontrando un especial placer en el hecho de que apagaran cigarrillos en su pecho. No solamente eso: también le gustaba sentir en su pecho las pisadas de los zapatos de tacón. David Dalton, uno de los primeros biógrafos de Jim, cree que la historia del “cenicero humano” fue extraída de un dibujo realizado por el propio Jim en el que trazó un círculo en el que escribió precisamente el apodo que le sigue persiguiendo en la actualidad.

El lado oscuro de James Dean era conocido por algunos de sus íntimos, como el director Elia Kazan, el mismo que le dio una oportunidad en “Al este del edén”. En sus memorias, el realizador reconoce que durante el rodaje de esa película instaló a Dean en un bungalow cerca del suyo para poder controlarlo, especialmente de noche donde era conocido por su salvaje vida social.

El escritor Donald Spoto es probablemente quien ha intentado separar el mito de la realidad, las leyendas de las certezas. En su libro “Rebel” (increíblemente todavía inédito en nuestro país) trata de deshacer algunos entuertos sobre la vida de este icono, desmintiendo, por ejemplo, que hubiera ejercido la prostitución en Greenwich Village, calificando todo eso como “cuentos que no deben ser tomados en serio”. Sin embargo, otro biógrafo, Paul Alexander aporta en su libro “James Dean: el boulevard de los sueños rotos” detalles de todo lo contrario. Anger sugiere que la noche del 29 de septiembre de 1955 el actor disfrutó de una de esas noches tan movidas y que llegó a la mañana siguiente algo alterado a recoger su coche. Nadie ha avalado las palabras de Kenneth Anger.

La última firma

Nos habíamos quedado en Tip’s Diner. Dean y Wuetherich volvieron a subir en el Porsche 550 y el actor le dio a todo gas. Un policía les paró y le impuso una multa a Jim por exceso de velocidad. Eran las tres y media de la tarde y el protagonista de “Rebelde sin causa” firmó el documento sin saber que era la última vez que estampaba su rúbrica. Hora y media más tarde aparcaron en Blackwell’s Corner para comprar manzanas. No tardaron en volver a emprender el camino.

Es aquí cuando aparece otro personaje llamado Donald Turnupseed, un miembro de la Marina de 23 años y que se dirigía a su casa a bordo de su Ford Tudor 1950. Es el cruce de la Ruta 41 con la 466 y Turnupseed no ve el coche de Dean, aunque este sí y trata sin suerte de esquivar el Ford. Son las 5:45 de la tarde. El impacto es de una gran violencia. Wuetherich sale disparado y sufre heridas que son curadas en el hospital. Turnupseed no sufre nada grave salvo pequeños rasguños. James Dean muere en el acto a los 24 años. Cuando celebran su funeral, la familia decide cerrar el ataúd para que nadie vea las heridas que han quedado en su rostro. Así podía seguir pareciendo eternamente joven para todos.

Hay un epílogo a esta historia. Por un lado, ironías del destino, Rulf Wuetherich viviría hasta 1981 cuando perece en un accidente de tráfico en Alemania. Por su parte, Donald Turnupseed se negó toda su vida a hablar públicamente de aquella tragedia que lo marcó para siempre, salvo el día después de los hechos en un diario local. También lo hizo en una carta a un amigo fechada el 29 de septiembre de 1956: “Realmente lamento que no hayas tenido noticias mías antes, pero he tenido bastante agitación a lo largo del último año, primero volviendo a la escuela y luego la aventura con Dean. Compré otro auto y una casa, así que ahora estoy teniendo tiempo para recuperar el aliento. Adjunto algunas fotos de los autos mío y de Dean... Gracias a Dios salí de allí de una pieza. Pero eso fue en el pasado y como dije en las partidas de póquer en el barco “Eso fue ayer””. Turnupseed murió en 1995.