24 horas de máxima tensión para intentar salvar la Mesa de diálogo

Cruce de llamadas tras la detención de Puigdemont en Cerdeña. El ex president advierte a ERC de que no podrá pactar nada sin él

Un ujier se lleva la bandera española de la Galería Gótica del Palau de la Generalitat tras la comparecencia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, después de la mesa de diálogo sobre Cataluña.
Un ujier se lleva la bandera española de la Galería Gótica del Palau de la Generalitat tras la comparecencia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, después de la mesa de diálogo sobre Cataluña.Quique GarcíaEFE

A las 8 y nueve minutos de la mañana del viernes el presidente de la Generalitat, Pere Aragonés, anunciaba que modificaba su agenda. Anulaba toda su actividad para quedarse en el Palau de la Generalitat. Desde las 10 de la noche del jueves, su teléfono ardía y se preparaba para afrontar una nueva jornada complicada por la detención de Carles Puigdemont en Cerdeña.

El expresidente llegaba a Alguero -Alguer en catalán- para asistir a un acto de folklore catalán convocado por entidades independentistas sardas. La alarma saltó en la policía italiana porque el nombre de Puigdemont figuraba en una lista a causa de la euroorden que emitió el juez Llarena. Esta “argucia” del juez del Supremo desencadenó la -pen-última Dana en la política catalana y española. Aragonés llamó el mismo jueves a Pedro Sánchez. Ni el Gobierno español, ni el catalán -después se supo que ni el italiano- tenían conocimiento de los movimientos judiciales. Oscar López y Sergi Sabrià, los jefes de máquinas del Palau y de Moncloa establecieron una línea caliente.

A primera hora del viernes, Aragonés llegó a la Plaça de Sant Jaume. Había hablado varias veces con Oriol Junqueras y se repartieron las funciones, en esta nueva bicefalia que funciona razonablemente bien en Esquerra Republicana aunque no está exenta de algunas tiranteces entre los equipos de ambos líderes. Junqueras descolgó el teléfono y empezó a llamar a responsables de entidades, instituciones y partidos para escuchar su opinión. Le pidieron mesura en la reacción, que no se dejara llevar por la algarada. Aragonés se afanó a evitar lo que parecía evidente: una nueva revuelta de Junts per Catalunya que iba a aprovechar la situación para cargar contra la Mesa de Diálogo y exigir más audacia en la confrontación con el Estado.

Así fue. ANC y Ómnium habían convocado una manifestación ante la sede del Consulado de Italia en la confluencia de la calle Aribau y la avenida Diagonal. Al conseller de Interior, Joan Ignasi Elena, no le gustó la idea y los Mossos montaron un cordón de seguridad para evitar incidentes con la excusa de que se había tenido conocimiento de la llegada de grupos violentos de extrema derecha y extrema izquierda. Lo cierto es que “si queremos ser un Estado hemos de saber que no se pueden hacer concentraciones ante la sede de otro estado. Esto es de primer curso de primaria en política”, aseguran fuentes del Govern. La consellera de Exteriores de la Generalitat, Victòria Alsina, que se encontraba en Roma en una visita oficial, tampoco parecía muy entusiasmada con la idea de la concentración ante el consulado italiano y menos cuando a primera hora acudieron todos los consellers de Junts per Catalunya con el vicepresidente, Jordi Puigneró. No le gustaba la idea y así lo hizo saber.

Junts estaba calentando el ambiente. En el consulado todos sus líderes agitándose contra la Mesa de Diálogo y denunciando la represión del Estado Español. La CUP envió a su portavoz, Carles Riera, y Esquerra envió una delegación de segunda fila, conscientes de que la manifestación servía a los intereses de Junts. Puigneró convocó a las 10 de la mañana una reunión urgente de todos los consellers de su partido.

En su despacho de Palau, Pere Aragonés dio un puñetazo sobre la mesa para responder a lo que se consideraba una nueva deslealtad, convocando a las 12 de la mañana a su Consell Executiu harto de que “Junts esté compitiendo por demostrar que son más patriotas. Compiten entre ellos, tensionan el Govern y ponen en cuestión permanentemente la hoja de ruta del president”. “Si vienen al Consell bien, sino allá ellos”, comentaba el entorno de Aragonés dispuesto a llevar la voz cantante. El Gobierno cerraría filas en torno a la amnistía y la autodeterminación, exigiría la libertad de Puigdemont y acusaría a España de represión. Ni una palabra sobre la Mesa de Diálogo. De eso se encargó Junqueras que defendió el diálogo como la única manera de reconducir el conflicto político. Mientras Junts ya la estaba quemando al tiempo que quería quemar la figura del president. No es la primera vez.

“Es increíble, no quieren que se dialogue, no quieren que PSOE, Podemos y ERC dialoguen, pero ellos están en el Govern de Catalunya, no se van. No entiendo que se queden en el gobierno de lo que ellos consideran una diputación cuando luego exigen más contundencia. Si no les gusta que se vayan, pero no lo harán. Tienen demasiados cargos que mantener”, comentaba el entorno de ERC que no ocultaba el hartazgo con sus socios de Govern.

El malestar era muy evidente. Aragonés acertó en sus predicciones. Jordi Puigneró y los consellers de Junts fueron a la reunión de Govern, no se ausentaron, y Puigneró, “visiblemente nervioso y tenso, abogó por la ruptura abogando por romper la Mesa de Diálogo”, según apuntan fuentes conocedoras del desarrollo de la reunión de gobierno. “Le faltó poco para pedir la yihad”, apuntan con una cierta sorna. La reunión fue tensa porque Aragonés no cedió, sobre todo, “porque después de la hoguera no hay nada. Rompemos la mesa y luego qué”, dicen que se transmitió en el Consell. “Quieren aumentar la presión al Estado, quieren aumentar la confrontación, pero no tienen alternativa”, era otra de las diatribas que se escuchaba en los pasillos del Palau que en tres meses asumía la tercera crisis de importancia. “Además, de forma intencionada no quieren diferenciar entre Gobierno y Estado”, algo que Junqueras puntualizó acusando a “algunos aparatos del Estado” de la represión, dejando al margen a Pedro Sánchez y al Gobierno de España.

En un decalaje calculado, Pedro Sánchez y Salvador Illa, Pere Aragonés y Oriol Junqueras salían al unísono para marcar la posición. El vendaval provocado por la detención de Puigdemont no podía llevarse por delante la Mesa criticado con ahínco por el independentismo más radical y por la derecha española. Ambos extremos coincidían en el lenguaje. Solo había una pequeña variante. Para unos se vendía España, para otros Catalunya era la que se rendía, porque los que querían dialogar eran simplemente traidores o miserables, que se rendían y humillaban ante el adversario. “Este lenguaje populista no lleva a ninguna parte. ERC va por libre y no va a variar su hoja de ruta. Hay que hacer las cosas bien y hablar no es rendirse, hablar no es humillarse y hablar es buscar puntos de encuentro. Y el encuentro no es traición”, comentaba un dirigente republicano.

La línea caliente con Moncloa estuvo todo el día activa con la mirada puesta en las manifestaciones. La batalla por el liderazgo independentista continua, pero ERC no parece que vaya a romper con el PSOE, ni en la Mesa de Diálogo ni en los presupuestos, aunque estos pueden ponerse más caros y más cuesta arriba. La libertad de Puigdemont ha bajado la tensión pero Junts seguirá agitando la radicalidad porque la próxima semana es el aniversario del 1 de octubre. Antes, Aragonés interviene en el Parlament para defender su plan de Govern en el que se recoge el Diálogo con el Gobierno de España. Un plan que también lo ha aprobado Junts, aunque parezca mentira.